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EL LIDERAZGO SINFÓNICO

La actuación de la Orquesta Filarmónica de Viena en el típico y clásico concierto de año nuevo, estuvo dirigida este año por Daniel Baremboin quien dio un claro ejemplo de un liderazgo diferente al que a veces pensamos en las grandes orquestas sinfónicas, y la diferencia estuvo marcada porque el director realmente no dirigía sino que saludaba a los músicos, mientras ellos tocaban sin necesitar de dirección.

El trabajo en una orquesta sinfónica no es un puesto de trabajo directivo al uso en una empresa. Conviene señalar sus semejanzas y diferencias. La preparación es altísima comparada con cualquier otra carrera profesional. Los estudios de música toman muchos años de preparación y para poder entrar en una orquesta de cierto nivel los requerimientos son muy elevados y el proceso de selección también.

Podríamos decir que los profesores de orquestas prestigiosas son expertos con reconocimiento internacional, un gran talento y una preparación prolongada en el tiempo que a veces actúan en entornos muy variados, una orquesta que puede llegar a tener más de cien miembros, y a la vez lo hacen como solistas o integrantes de pequeños grupos de cámara, o incluso tocan en bandas de música moderna. El entorno geográfico puede contener el mundo entero.

Es una profesión muy vocacional. Quizás extrañe ver cómo se reúne tanta gente para repetir una partitura, en una acción que podemos encontrar grabada en disco. La razón es que hay aficionados, los clientes, capaces de pagar por no solo escuchar sino además ver la interpretación en vivo y en directo. Estamos hablando de sinfonías y conciertos, consideradas como obras de arte por los genios que las compusieron y crearon.

Por lo tanto, la excelencia en el desempeño es de tipo interpretativa, es decir reproducir lo que el compositor escribió. Pero la escritura musical que tiene ciertas concomitancias con las estructuras matemáticas aparece en una partitura con un lenguaje gráfico que ha de ser traducida a sonidos a través del instrumento que el profesor utiliza. Y los sonidos de la música clásica provocan emociones en los propios intérpretes y en la audiencia que asiste a la representación.

Sentir lo que el instrumento produce es, pues, parte esencial del desempeño. Y el sentimiento se transmite tanto por una perfección en el manejo del instrumento, bien sea el violín, el chelo, el clarinete, la trompa, etc., como por la emoción que es capaz de vehicular el instrumentista.  Por eso hay clientes, es decir audiencias que repiten su asistencia a los auditorios y teatros de ópera con una frecuencia pautada en muchos lugares del mundo.

En 1980 el documental de Mao a Mozart recorrió el mundo recogiendo el viaje de un excelente violinista norteamericano, Isaac Stern, invitado a China por el gobierno de Mao para participar en las orquestas sinfónicas del país. Uno de los aspectos que más se destacaban en el filme era que los instrumentistas chinos tocaban con precisión las notas marcadas en la partitura, pero carecían de pasión, de emoción, era una interpretación mecánica que se mostraba incluso por la manera como los músicos agarraban el violín o los demás instrumentos.

 

¿Dónde radica el valor del llamado director titular en realidad?

  • En la visión que tiene de la pieza, es decir si se trata de una reconstrucción que quiere ser fiel a su creador o si tiene una visión personal de la obra en concreto
  • En hacer que cada instrumento o grupo de instrumentos entre en el momento preciso
  • En conseguir la integración de todos los instrumentos entre sí
  • Y sobre todo en comunicar la emoción a los profesores para que se compenetren con su propio instrumento y con el de sus compañeros
  • Para ello es fundamental el lenguaje de su cuerpo, de las manos con batuta o sin ella, de los brazos, de la mirada y del resto del cuerpo, porque el lenguaje corporal es el encargado de comunicar las emociones.

 La responsabilidad principal de un Director de Orquesta se lleva a cabo durante las horas (o semanas, o meses) de ensayos mientras se prepara la presentación de una obra, debiendo poner el máximo empeño en la afinación de la orquesta ya que una orquesta desafinada distraerá al oyente al punto de destruir una gran composición.

En realidad, en el momento de la interpretación ante el público de la obra, el Director ya podría ser prescindible. 

Un Director de Orquesta debe ser un excelente (o tal vez virtuoso) ejecutante de algún instrumento como solista. Además, debe conocer la técnica de la orquestación y por tanto saber exactamente cómo se ejecutan todos los instrumentos de la orquesta, sin necesariamente ser capaz de ejecutarlos. Debe tener profundos conocimientos de Armonía y Composición, ya que la sonoridad de los acordes (armonía) y de las frases melódicas (composición) también son cruciales para la debida interpretación de la obra y su consecuente impacto en el oyente.

Baremboin, en una reciente entrevista a El País,  piensa que se habla mucho del poder del director porque es el que sube al podio, y da la orden de empezar y de parar, pero tiene una tremenda limitación y es la de no gozar del contacto físico con el sonido. Aunque tenga ideas geniales siempre dependerá de que cada uno de los profesores sea capaz de dar la nota correcta.

La falta de liderazgo, continúa, se debe a que los directores viven una ilusión de poder. El verdadero poder no radica en mandar hacer las cosas como el director  las concibe, sino en tratar de convencer a sus colaboradores e incitarlos a pensar conjuntamente.

Para el director argentino, el verdadero liderazgo empieza y termina con la capacidad de transmitir un pensamiento y sobre todo yo añadiría, una emoción. Además ha de poseer la fuerza de carácter y la convicción sobre dónde imponer una decisión, así como la inteligencia de no entrar en situaciones donde te encuentras incapaz de llevar tus ideas a buen fin.

 

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