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Liderazgo canino: Harry el desminador

 “Os voy a contar una historia corta, sacada de una experiencia que tuve en un viaje a Sudán para colaborar en un documental sobre el desminado de minas antipersona. Se trata de Harry, el perro desminador. Sudán, un país asolado por una terrible guerra civil que duró más de cincuenta años, con distintos períodos, y no hace falta conocer mucho la situación como para intuir los miles de minas antipersona y antitanque, se hablaba de más 2 millones, enterradas en sus campos que una vez llegada la paz, hace apenas pocos años, había que desenterrar para que la gente pudera reiniciar su vida y volver a sus antiguos lugares.

En el documental estuvimos grabando cómo se realizaban las operaciones del desminado y nos centramos en un equipo de mujeres desminadoras que trabajaban coordinadas por una ONG, la filial noruega de Save the Children. El otro foco del documental giraba alrededor de una empresa privada que empleaba perros para desminar. Y ahí conocimos a Harry, nuestro Harry el desminador.

Cuando llegamos, Harry nos recibió sentado junto a su amo en un campamento que la empresa estadounidense Ronco tenía instalado junto a las orillas del Nilo, el Nilo Blanco, en la ciudad de Juba, la nueva capital del sur de Sudán.Su jefe, un australiano llamado Craig, nos contó que Harry estaba ya jubilado, gozando de un merecido descanso pues su jubilación le había llegado tras siete años de servicio en las tareas de desminado.

 Harry era un pastor alemán, testigo callado de las sangrantes guerras de ‘independencia’ de la segunda mitad del siglo XX. Había viajado por África, de Angola a Mozambique y al final llegó a Sudán, tras recalar por un tiempo en Bosnia y por las escarpadas montañas de Afganistán plagadas de minas depositadas por los rusos primero y por los talibanes después.

Harry pasó casi toda su vida intentando recomponer los platos que otros, humanos, habín roto. La inteligencia de su raza, lo que nosotros llamamos hoy día tan pomposamente, el talento, había sido el elemento clave para ‘disfrutar’ de un empleo cuasi humano o mejor aún ‘sobrehumano’, teniendo en cuenta la situación actual del mercado de trabajo.

La empresa Ronco utilizaba camiones blindados junto a un elenco de perros debidamente adiestrados, de los que Harry era su decano.

Harry y sus colegas son un claro ejemplo de buen trato, y resulte creíble o no, un paradigma de cómo se debe tratar a las personas en el trabajo.

Harry, tiene pedigrí, la mayoría de los perros que trabajan en esas tareas son pastores belgas o alemanes. Recibió su primera formación cuando aun era cachorro, de manera que a los seis meses su valor de mercado era ya de unos 15.000 euros.

 Su talento, el de Harry, le ha permitido dotarse de unas competencias muy útiles para el desminado de manera que un día, unos cuantos añas atrás, le ofrecieron la oportunidad de ser lo que llamaríamos un ‘expatriado’, trabajando en diferentes países, al igual que cualquier otro ejecutivo de la empresa multinacional donde ha prestado sus servicios. 

Pero su formación no terminó en su infancia, sino que antes de empezar a desminar, Harry recibió un nuevo período de entrenamiento, lo que llamamos la formación para el puesto de trabajo y además se le asignó un tutor, un entrenador personal, un mentor, al que se le denomina adiestrador. Hay que señalar que el adiestrador es exclusivo, eso quiere decir que el perro sólo acepta las órdenes o sugerencias de su adiestrador que le conoce y le va a seguir a lo largo de su carrera profesional.

Estos perros no pueden trabajar en una zona de alta densidad de minas pues se confunden cuando olfatean las ondas procedentes de diferentes objetos en lugares cercanos entre sí, es decir que no pueden actuar en paralelo oliendo varios trozos metálicos a la vez, sino que sólo pueden hacerlo en serie, siguiendo un proceso predeterminado.

Harry y sus colegas tienen jornadas de trabajo adaptadas a sus capacidades, si la temperatura y las demás condiciones meteorológicas son buenas pueden trabajar hasta cinco horas diarias, en otro caso la jornada se reduce a tres, y por ejemplo en Sudán en la época seca el termómetro alcanza los cincuenta grados con facilidad, como nosotros mismos tuvimos la posibilidad de experimentar.

Los perros desminadores necesitan descansar adecuadamente y cuando se sienten mal, tienen algún pequeño trastorno o están ‘deprimidos’, en expresión de sus cuidadores, no necesitan que un veterinario les expida un parte de ‘baja veterinaria’, pues todo el mundo entiende que un perro de esta naturaleza puede tener problemas y lo mejor es que descanse y por lo tanto ese o esos días no sale al campo a trabajar.

Harry no come lo mismo que el resto de los perros sudaneses sino que se alimenta con productos importados de Europa, de Sudáfrica o de Australia, pues Sudán carece de la comida especial que este tipo de perros requiere. Ello origina a veces roces o pequeños conflictos con la gente de las aldeas que no entiende el trato exquisito que se da a  esos perros. Para ellos son sólo perros como los que ellos usan para conducir el ganado, perros que comen las sobras de una comida bien escasa, y les extraña que Harry y sus colegas coman mejor que sus familiares y convecinos.

Los veterinarios encargados de cuidar a los perros también son expatriados pues en el país no hay personal técnico que pueda hacerse cargo de sus enfermedades.

Los adiestradores, un grupo de mozambiqueños que en todo momento les acompañan, cuidan de los perros a diario y si no salen a desminar, realizan ejercicios físicos y de entrenamiento que les permita estar en forma siempre para salir al terreno.

Los adiestradores nos comentaban que los perros han de considerar su trabajo como un juego, aunque Harry, a lo largo de su vida activa, ha estado algunas veces en peligro de sufrir percances pero nunca fue consciente de los riesgos en los que incurría. Sin embargo, la tarea de desminar es repetitiva, monótona, y el perro cuando está en el terreno, lo que ha de hacer es caminar una y otra vez, hacia delante y hacia atrás, por un cuadrado de terreno acotado, donde le señala el adiestrador, de manera que es responsabilidad de éste hacer que la tarea sea vista por el perro como un juego.

 Cuando el perro detecta algo, lo probable es que sea un metal, se sienta en el lugar, con cara de haber realizado algo valioso hasta que se efectúa el balizamiento adecuado. Entonces el cuidador lo llama, le felicita, le da un dulce, lo acaricia y lo abraza porque el perro requiere, en palabras de los cuidadores, ‘estar motivado’.

 ¿Se imagina alguien que cada vez que las personas en su trabajo hacen algo bien, los llamara su jefe para acariciarlos, agradecerles su esfuerzo y darles alguna pequeña recompensa? Pensaríamos que ese jefe estaba loco, era raro o se quería aprovechar.

 Harry nunca fichó, tuvo jornadas cortas comparadas con las de los humanos, descansos abundantes, se le respetaron sus días malos, su trabajo lo veía como un juego, y además le motivaron continuadamente cuando tenía éxito en su tarea.

Harry siempre tuvo alguien a su lado que le ayudó y le cuidó, le dieron comida sana y variada traída desde países desarrollados, y unos veterinarios también extranjeros para resolver sus pequeños problemas de salud.

Harry, con toda seguridad, no habría trabajado en muchas de las empresas, a lo largo y ancho de este mundo, dirigidas por personas. Y conviene subrayar que trabajó en una empresa con beneficios y se jubiló después de siete años de trabajo.”

Hasta aquí la historia de Harry.

 Esta fue la presentación que hice con motivo de la publicación del libro “Desde la otra orilla. El Director de Autores”, escrito por Federico Castellanos y yo. Porque nuestro libro es de una parte, un envite contra un estilo de dirección, por desgracia todavía muy en boga, lo que hemos denominado el directivo soberano (el del ordeno y mando) y de otra parte planteamos nuestro modelo de liderazgo, el Director de Autores, no sólo por motivos éticos, pues se trata de dirigir no perros por muy buenos que estos sean, sino de dirigir personas, sino que además lo hacemos por un imperativo competitivo, pues la innovación que necesitan las empresas para mantenerse en primer nivel exige unos empleados autores.

 

 

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