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Camino a Rumbek, salvemos a los niños y a las niñas

Así pues, nos dirigimos a Rumbek para entrevistar mujeres que de niñas, hubieran participado en la guerra; en teoría ya se había realizado la desmovilización del ejército de todos los menores, chicos y chicas de 18 años, por lo que no debería de ser difícil teniendo en cuenta la longitud y amplitud de la guerra civil sudanesa. Rumbek es la capital del Estado de los Lagos, así llamado por las amplias zonas de humedales que cuando llegan las lluvias se convierten en auténticos lagos muy extensos. Tanto este estado como los dos de Equatoria, donde se encuentra Juba y que atraviesa el Nilo Blanco, constituyen zonas agrícolas ricas debido a la existencia de amplios caudales de agua. En Bor al sudeste de Rumbek estalló la segunda parte de la guerra en 1983 y unos cuantos  generales y comandantes del Ejército Popular de Liberación de Sudán que hoy están en el gobierno aun procediendo de estados limítrofes estudiaron en Rumbek, donde hasta hace unos pocos años se pensó en situar la capital del sur de Sudán, en vez de Juba donde definitivamente ha sido instalada. Pero no hay que olvidar que una de las causas importantes de esta trágica guerra se encuentra en el control de los recursos naturales existentes en la región.

La economía del norte de Sudán se colapsó por la explotación sistemática del suelo, sólo el 5% del suelo septentrional es cultivable, y originó que las elites comerciales del norte expandieran sus actividades económicas hacia el sur donde se encuentran las zonas fértiles de Renk, el petróleo de Bentiu y los yacimientos de oro, diamantes, níquel y uranio.

La degradación medioambiental de la agricultura intensiva norteña fue devastadora, el 95% de los bosques del este de Sudán ha desaparecido y está previsto que desaparezcan del todo en unos años más. Sin embargo, la economía de subsistencia practicada en el sur ha mantenido la mayoría de la sabana y de los bosques, teniendo además en cuenta el tradicional aislamiento de la zona y la falta de carreteras.

La estrategia del gobierno de Jartum, presidido por el dictador al Bashir, se basó sobre deportaciones masivas de la población negra hacia zonas inhóspitas para recolonizar las tierras fértiles recién despobladas con grupos de origen árabe. Por eso se ha hablado de genocidio y de que un 85% de la población del sur quedó desplazada. Darfur es otra tragedia aparte que se añade a este cúmulo de despropósitos.

John Garang fue el líder natural que se opuso frontalmente a esa política fundando el SPLA en 1983 y el que firmó los acuerdos de paz en Nairobi en 2005 que le permitieron convertirse en Vicepresidente del Sudán y presidente de la autonomía del sur. ¿Quién era el comandante de la guerrilla sudanesa que puso frente a las cuerdas al dictador al Bashir con el que firmó la paz en enero de 2005?

Los perfiles de ambos no son tan opuestos como podría pensarse pues los dos, aparte de nacer el mismo año, pasaron por el ejército sudanés aunque sus rumbos posteriores serian muy diferentes.

Umar al Bashir proviene de una familia campesina musulmana al nordeste de la capital, Jartum, donde hizo su educación secundaria. Sus posibilidades de mejorar en la escala social pasaban por el ejército donde se hizo piloto.

En 1988, habiendo sido derrocado otro dictador al-Numeiry e instaurado un gobierno civil presidido por al-Mahdi, Bashir fue nombrado general y enviado a combatir contra el SPLA de Garang. Al año siguiente derrocó al gobierno de al-Mahdi mediante un golpe de estado sin víctimas, y suspendió la Asamblea nacional y los partidos políticos. Se vinculó con los fundamentalistas musulmanes liderados por al-Tourabi quien se convirtió en el ideólogo del régimen dirigiendo el frente Nacional Islámico o NIF.

El tándem Bashir-Tourabi mediante los programas de islamización forzosa y la persecución de símbolos laicos y occidentales llevó el conflicto con el sur a uno de sus peores momentos y la contestación interna provocó dos golpes de estado frustrados en el seno de las fuerzas armadas. Su política exterior fue detentar como mejores aliados a la Libia de Gaddafi y el Irak de Saddam y los Estados Unidos, con Clinton como presidente, presionaron en 1996 para que expulsara a Bin Laden de Sudán, al año siguiente decretaron el embargo total contra el país y en 1998 bombardearon una fábrica de productos farmacéuticos en represalia por los atentados terroristas contra sus embajadas en Kenya y Tanzania.

A todo ello hay que añadir la descomposición del régimen y la enemistad de su hasta entonces fiel aliado al-Tourabi y una hambruna terrible en el sur en la región de Bahr al Gazal. En el año 2000 convocó elecciones de lo que se ha llamado el periodo constitucional y por último en el 2005, convencido de la imposibilidad de imponerse militarmente al sur y con una fuerte presión internacional firmó la paz con su fiero opositor John Garang, quien se convirtió según los acuerdos firmados en Vicepresidente primero del país, y el segundo de al-Bashir.

Las violaciones masivas de los derechos humanos por parte del régimen de al-Bashir fue denunciada por la Comisión especial que se nombró al efecto en la ONU y por Amnistía Internacional; para ello se valió de numerosos cuerpos policiales y paramilitares, verdaderos escuadrones de la muerte que bombardearon desde el aire indiscriminadamente a la población civil del sur por su apoyo a la guerrilla del SPLA  y que también incluyeron en la lista de asesinatos y perseguidos a sus opositores políticos en Jartum.

Bashir, según puede verse en la Cronología del Apéndice, practicó la división entre los comandantes de la guerrilla, trató de seducirles ofreciéndoles cargos en el gobierno, entró y salió de múltiples rondas de negociaciones con Garang, y con otras facciones, mientras su ejército sembraba el terror entre la población civil. Sus fotos muestran un rostro enigmático y cruel, a lo Pinochet, que enmascara su codicia del poder. Comenzó como dictador y después ganó las elecciones, aprobó una nueva constitución y firmó un acuerdo de paz como el de Nairobi que concedía una amplia autonomía al sur y la posibilidad de la secesión. Todo con tal de seguir en el poder. Se desconoce las maniobras que todavía puede urdir o tramar este personaje con casi veinte años en la presidencia del país.    

John Garang nació cerca de la ciudad de Bor, capital del estado de Jonglei, en la región del Alto Nilo. Quedaría bien poder decir que si Bashir era la cara, Garang mostraba la cruz como buen cristiano que decía ser, pero la realidad lo desmentiría posteriormente. Como hemos dicho antes, era un dinka convertido al cristianismo, de familia campesina pobre, que gracias a los contactos de su familia cristiana, pudo entrar en una universidad americana, el Grinnell College de Iowa, donde se licenció en ingeniería agrícola y después pasó a la academia militar de Fort Benning, en Georgia y por último regresó a Iowa, a la Universidad del Estado para doctorarse en Economía.

Participó ya en la primera guerra civil, en el año 1962, en las filas de la guerrilla independentista Anya- Anya. Cuando se firmó la paz en Addis- Abeba en1972, muchos de los líderes del movimiento rebelde, entre los que se encontraba Garang, fueron integrados en el ejército nacional y trasladados a Jartum.

En 1983 comienza la segunda guerra civil, en la ciudad natal de Garang, en Bor. El gobierno de Numeiri, en Jartum, que había dispuesto gobernar el país aplicando la sharía, es decir la ley musulmana, tanto en el norte como en el sur, determinó mover un batallón de soldados de Bor para trasladarlos al norte del país, pero los soldados se rebelan y a su mando se coloca el famoso comandante del ejército Kerubino que fue quien, meses después en Etiopía, hizo el primer disparo de esta nueva guerra. El gobierno de Jartum resolvió sofocar la revuelta y envió a Garang al frente de las tropas gubernamentales. Cuando éste aterrizó en Bor, se pasó a las tropas rebeldes, trasladándose desde allí a Etiopía donde Garang crea el SPLA, el Ejército Popular de Liberación de Sudán.

Durante los veintidós años que duró esta segunda guerra, Garang salió ileso de varias conspiraciones para acabar con su vida y de las escisiones dentro de su ejército al que dirigió con mano de hierro y un estilo dictatorial, de manera que el SPLA consiguió un expediente siniestro que Amnistía Internacional denunció sistemáticamente, en particular durante la década de 1985 a 1995. Garang, por otra parte, consiguió acabar integrando a un buen número de las diferentes facciones y guerrillas existentes en el sur sobre todo, pero también en el norte, de manera que cuando llegó a las conversaciones de paz en Nairobi pudo aportar encima de la mesa las fuerzas de un ejército de casi cien mil efectivos.

El 22 de enero, fecha del acuerdo, se convirtió en un héroe para sus compatriotas, asumiendo el mando de la autonomía del sur; el 9 de julio juró su cargo como Vicepresidente primero del gobierno sudanés, el segundo cargo del país, la mano derecha de quien había sido su mayor enemigo durante muchos años, el presidente al-Bashir.

Pero las mieles de este acuerdo le duraron poco. Durante una visita el 1 de agosto a su amigo y compañero de estudios, el presidente Museveni de Uganda, quien fue su fiel aliado durante la segunda guerra civil, Garang utilizó un avión del presidente ugandés para regresar a Sudán con tan mala suerte que la nave se estrelló debido a una fuerte tormenta. En principio todo el mundo creyó que había sido un atentado en un helicóptero hasta que Naciones Unidas certificó que había sido un accidente. No obstante, la tesis de la conspiración tiene todavía muchos adeptos que quieren que se descubra toda la verdad y que según ellos incluye la muerte planificada de Garang.

Su mano derecha, el general Salva Kiir asumió los cargos que había dejado Garang, aunque carece de su carisma. Salva procedente de la región de Bahr-Al-Gazal, también pasó por el ejército sudanés antes de unirse a la guerrilla y fue uno de los catorce miembros fundadores del SPLA. Trabajó sobre todo en el terreno de la inteligencia militar y mantuvo discrepancias con Garang respecto a cómo conducir el conflicto bélico, de modo que hay gente que opina que sus actuaciones están siendo más democráticas que las de su antiguo jefe.

Esta zambullida en los orígenes de la guerra y en sus principales líderes que había realizado la noche anterior aunque me provocó un insomnio que no me dejó dormir sirvió para preparar el viaje a una ciudad tan importante como Rumbek. Por lo tanto, a las seis de la mañana ya estaba levantado y con la mochila preparada para tomar el avión. A las ocho ya habíamos llegado al aeropuerto que estaba aun cerrado. Un poco mas tarde, abrieron algunas puertas cuando comenzaron a llegar vehículos de Naciones Unidas con personal de alguno de sus organismos que volaban a  otra parte del país en un precioso birreactor estacionado en la pista.

Al cabo de media hora de espera y algo inquietos por la demora, pese a que ya habíamos experimentado que el concepto sudanés del tiempo no se parecía en nada al nuestro, merodeamos por los hangares buscando alguien que nos pudiera informar sobre nuestro avión. Se nos acercó, por fin, una persona de la agencia donde habíamos contratado para contarnos que el avión estaba recién llegado en la pista aunque nos tenía que añadir otra información que no nos iba a gustar, el piloto pedía más dinero por la realización del vuelo. No era una gran cantidad, unos doscientos dólares, pero nos cerramos en banda por una cuestión de principios, algo que valía poco en el nuevo Sudán, donde mucha gente andaba tratando de  hacer negocios como fuera con los pocos extranjeros que pasaban por allí. Tras un forcejeo dialéctico mantuvimos el precio y finalmente el empleado de la agencia después de asegurarnos de que no había peligro en ir andando por en medio de la única pista, nos condujo ante el avioncito, pues no se le podía llamar de otra manera.

Los tres que íbamos nos quedamos quietos, paralizados por el pánico, ante la avioneta que sólo tenía un motor. El piloto, amable, nos indicó que podíamos subir al avión. Daba la impresión de que el piloto no era el que pedía el sobreprecio sino el empleado de la agencia. Su amabilidad nos indujo a trepar por la escalerilla, en vez de negarnos a volar como hubiéramos hecho en cualquier país civilizado. Nos acoplamos en los asientos, los cinturones de seguridad sólo sujetaban la cintura aunque bien visto sobraban en caso de accidente. La avioneta estaba medio desvencijada pues las puertas no quedaban bien cerradas, tenía ocho asientos pero esa aerobarca no habría sido capaz de sustentar ocho nórdicos por poner, un ejemplo. Nos sentamos alejados unos de otros, Emilio se puso al lado del piloto para filmar el paisaje. No nos atrevíamos a mirarnos a la cara para no tener que mostrar el miedo que sentíamos. La avioneta carecía de un segundo motor por si el otro se estropeaba, era vieja y desconocíamos  cuando había pasado la última revisión. No estábamos en Nairobi para imitar a Robert Redford pero podíamos tener un final semejante al del amante de Meryl Streep en Out of Africa.

En esos momentos pasó por mi cabeza una entrevista que había leído días atrás sobre una señora inglesa, piloto de avión, dedicada a volar en ayuda del sur de Sudán y me hubiera encantado verla a ella sentada en el asiento del piloto. La señora ya abuela, Heather Stewart, nacida y criada en África, llevaba 30 años de piloto de la sabana sudanesa y tenía su propia compañía Track Mark. Había trabajado en diversos países, dos de ellos en guerra, Somalia y Sudán. Para ella Somalia era el más peligroso de los dos, de manera que se especializó en Sudán y puso la sede de su compañía en Lokichokio, en el norte de Kenya justo en la frontera con el sur de Sudán. Comenzó haciendo vuelos para transportar alimentos y objetos de primera necesidad, después se dedicó a transportar médicos que acudían para curar heridos de la guerra y finalmente se dedicó en exclusiva al sur de Sudán para transportar víveres, medicinas y personas. El SPLA la reconoce como una heroína de guerra y guarda de ella un recuerdo imborrable.

En la entrevista la señora Stewart reconocía el riesgo de sus misiones, pero decía que evitaba situaciones demasiado e innecesariamente peligrosas por carecer para ella de sentido. Sentía preocupación por algunos vuelos como era natural y volaba sólo a las áreas controladas por el SPLA, aunque decía que no tenía nada contra el norte y creía ser neutral respecto al conflicto. No volaba al norte pensando que el gobierno no entendería su exclusiva para volar al sur. Comentaba con cierto sentido del humor que daba la casualidad que ella volaba al sur, que estaba controlado por los rebeldes, pero esperaba que algún día se pusiera punto y final a la guerra. Sus hijos se sentían orgullosos de ella por la labor humanitaria que su madre realizaba. Pues bien, en aquel momento sentado en aquella avioneta me hubiera gustado que una mujer tan experimentada en la sabana sudanesa como la sra. Stewart fuera al mando de aquella aeronave que quizá no fuera mas pequeña que las Cessna que ella acostumbraba a pilotar.

Sin embargo, la avioneta despegó de forma muy natural sin inducirnos a nerviosismo y sobrevolábamos a poca altura de manera que se veía el paisaje a la perfección, quizá con demasiada perfección, pues ver el suelo con tan escasa protección generaba cierta sensación de vértigo que se reflejaba en el estómago. El piloto de vez en cuando miraba un mapa ajado, que parecía haber sido doblado multitud de veces sin guardar la raya, y tomaba las referencias sobre el terreno a ojo, y sin embargo, teníamos que reconocer que la avioneta no se movía, claro que eran las diez de la mañana solares y el día estaba prácticamente despejado. El vuelo duraba poco más de una hora y el paisaje era semejante al de Yei, y al que habíamos traído en el viaje de Nairobi a Juba. La sabana era muy plana, de un color entre pajizo y marrón, y estaba moteada de manchas verdosas. Esas llanuras dentro de unas semanas estarían inundadas aportando nuevo verdor y agua para disponer  de ella a lo largo del año.

 El capitán nos señaló el acercamiento hacia Rumbek que de nuevo era un calco de Juba o de Yei, puesto que lo único a la vista eran conglomerados de pequeñas aldeas formadas por chozas tukul. Como no nos habíamos quitado el cinturón, hicimos un movimiento de agarrarnos al asiento de al lado que estaba libre. Pero el aterrizaje fue suave al igual que el despegue, aunque la pista era de tierra y por supuesto carecía de balizas de señalización y de luces, dando a entender que los vuelos había que hacerlos de día.

No existía un edificio que pudiera llamarse aeropuerto salvo una pequeña caseta con un grupito de soldados, aunque la garita tenía un pomposo cartel donde podía leerse, aeropuerto. Preguntamos a uno de los soldados cómo llegar al centro de la ciudad, pensando que nuestro campamento estaría por allí. Cuando nos respondieron que la ciudad estaba a seis o siete kilómetros y que el transporte brillaba por su ausencia nos volvió a entrar pánico. Nos dirigimos a un todoterreno de Naciones Unidas para ver si se apiadaban de nosotros y nos acercaban a nuestro lugar de alojamiento. El conductor y su acompañante se rieron señalándonos que nuestro albergue podíamos verlo desde allí mismo pues estaba a unos pocos metros nada mas cruzar el camino que iba al centro. Respiramos y enfilamos hacia el campamento y una vez instalados ya veríamos cómo éramos capaces de conseguir algún transporte para llegar hasta las instalaciones de la ONG Save the children.

Para nuestra sorpresa, el campamento mostraba mejor aspecto que el de Juba, las lonas eran de color verde, e incluso junto a las tiendas había palmeras, mangos y otros árboles que flanqueaban un camino de piedras que las rodeaba. Al lado del comedor se encontraba una pequeña sala con varios ordenadores conectados en red, con un acceso fácil a Internet y con la posibilidad de usar impresora u otros periféricos. Le preguntamos al manager del campamento si nos podía trasladar a la ONG sueca y nos facilitó una camioneta conducida por su propio chofer, tratamos de acomodarnos sentados en la parte trasera junto con unos sacos de alimentos y partimos dando tumbos en dirección al centro de la ciudad de Rumbek.