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¿Dónde fueron, dónde están ahora las niñas soldado?

Cuando oímos hablar por primera vez de los chicos soldados uno se imagina, en primer lugar, que se trata de jóvenes de una edad que puede rondar de los quince a los dieciocho años. Es verdad que estos jóvenes, chicos y chicas, están incluidos en esa categoría, pero la leva de los niños en el ejército del Sudán, al igual que en los de otros muchos países, se produjo desde lo que podríamos llamar su tierna infancia, de manera que se conocen casos desde los seis u ocho años y a partir de alrededor de los doce años el reclutamiento fue masivo. Si además tenemos en cuenta que sólo la segunda guerra civil duró mas de veinte años, nos encontramos con un número importante de casos de niños y niñas que han estado mas de diez o de quince años, primero en la guerrilla en el monte y mas tarde en el SPLA.

Esta situación nos permitía entender por qué la tasa de  analfabetismo en el sur de Sudán es superior al 75%, pues los niños abandonaron la primaria, si es que alguna vez la iniciaron, para ir a la guerra. Una vez creado el SPLA muchos miles de sureños emigraron a Etiopía, entonces país amigo que acogió a los líderes de la guerrilla y estos se dieron cuenta de que la mayoría de los niños no habían recibido educación alguna ni era probable que en muchos años la recibieran lo que implicaba una carencia extrema en el futuro  desarrollo no sólo de esos jóvenes sino de todo el país, por lo que comenzaron a reclutar, dentro de los campos de refugiados, personas adultas que sabían leer y escribir para que enseñaran a los niños los rudimentos de unas enseñanzas básicas e incluso algunos también aprendieron inglés.

Andrew Holt Oluku, responsable del programa DDR en el sur de Sudan, con el fin de hacernos entender mejor el proceso DDR nos lo describió acudiendo a un modelo de evolución en dos fases. La primera ocurrió en el año 2001 cuando la presidenta de UNICEF, Carol Bellamy,  se reunió con Salva Kiir y las ONGs Save the Children y War Child que presionaron al general Garang para que se respetaran los derechos de los menores, pues tenían documentos donde se probaba que algunos comandantes del SPLA seguían reclutando niños y exigían al SPLA que absolutamente todos los niños y las niñas abandonaran el ejército y que dejaran de reclutar menores. Además las organizaciones encargadas de los temas de infancia querían elevar el listón de edad, de manera que si hasta entonces se consideraban los quince años como edad para incorporarse al ejército, a partir de ese momento fueran los dieciocho años.

Salva Kiir sondeó las posibilidades de ayuda internacional para un proceso que se presumía largo y costoso, cuando todavía el SPLA estaba en guerra y había comandantes que pedían más tropas y no ponían reparos al reclutamiento de menores. Las organizaciones presentes en aquella reunión garantizaron en el acto la ayuda llegando al acuerdo de que todos los menores de 18 años abandonaran el ejército para reintegrarse a sus comunidades y a la escuela. Se estimaba que había más de 25.000 menores enrolados forzosa o libremente en el ejército del sur. 

¿Por qué se fueron los menores al ejército? Una parte muy importante se alistó cuando se reiniciaron las hostilidades en Bor en 1983 al inicio de la segunda guerra civil y el gobierno del norte bombardeó amplias zonas del sur, de manera que un elevado número de familias resultaron destrozadas, los bombardeos quemaron las casas y mataron a muchos miembros de la unidad familiar, destrozaron animales, entonces los chicos se fueron al monte y se enrolaron buscando protección y alimentos en el ejército. Mas tarde el SPLA o distintas facciones guerrilleras hicieron levas forzosas por las escuelas y las aldeas, bajo el lema de que la patria los necesitaba.

 Hay una cifra, 3551, que se repite por aquellas fechas como un logro y un lema, es el número de menores desmovilizados y que entregaron sus armas en Bar el Ghazal, en el año 2002, en una ceremonia a la que asistieron altos mandos del ejército y del SPLM, el Movimiento Popular de Liberación de Sudán, el brazo político del SPLA.

La camioneta dio varios rodeos y el conductor hubo de preguntar en un par de ocasiones por las instalaciones de Save the Children, los caminos encharcados denotaban la lluvia caída por la noche que dificultaba el viaje, y nuestras regiones lumbares eran testigos de los botes que dábamos sobre un suelo de metal ondulado que se clavaba por todas partes como el borde no cortante de un cuchillo. Tardamos cerca de una hora en llegar a la ONG y el chofer cuando verificó que aquellas señas eran las correctas, nos descargó en tierra firme y tardó pocos segundos en abandonarnos a nuestra suerte dando por supuesto que ya se encargarían los responsables de la organización sueca de devolvernos con vida al campamento.

El establecimiento era amplio, varios cientos de metros cuadrados y unos cuantos barracones y tiendas de campaña donde debían de alojarse las personas que allí trabajaban.

Enseguida nos topamos con Helen, la gerente de la ONG en Rumbek, con una cara de extrañeza que indicaba la falta de noticias de Abrahán pese al compromiso de éste de comunicar nuestra visita a las dependencias de Rumbek. Rápidamente comprendimos el asunto pues la cobertura de nuestros móviles era nula, no funcionaban. En nuestro campamento había acceso a Internet por satélite pero la comunicación telefónica era casi imposible. En estos casos siempre piensas que si sucede algún contratiempo resultará muy difícil ponerse en contacto con personas al menos conocidas, capaces de intervenir en la situación y que lo mejor que puede ocurrir es que no pase nada. 

Junto a Helen se encontraba otro paisano suyo el kenyano Kennedy Goredy, responsable de formar a las familias en temas como el SIDA y otras cuestiones relacionadas con la  salud. Les pusimos en conocimiento del motivo de nuestro viaje y mientras hablábamos podía verse en su rostro la cara de asombro ante la imposibilidad de lo que les pedíamos y su primera respuesta, rápida sin necesidad de reflexionarla, fue una negativa. Era inviable con tan poco tiempo encontrar chicas que hubieran estado en la guerra, quizá hubiera algún chico en la escuela de primaria que la institución sueca tenía cerca de allí. Tal vez fue una excusa para quitarnos de encima, el caso es que nos proporcionaron un todo terreno con conductor para llevarnos a su escuela. Los caminos de nuevo anegados pero esta vez íbamos sentados sobre un asiento de un mullido aceptable.

Nada más descender en la escuela se nos arremolinaron todos los chavales, chicos en su mayoría y los maestros. Los  barracones eran islas rodeadas del verde surgido con las primeras tormentas, en un terreno amplio donde chicos y chicas podían jugar a sus anchas. Dentro de los barracones estaban las aulas y la situación era penosa, pupitres desvencijados, sillas rotas esparcidas por el suelo, papeles tirados,…. En una esquina de la pizarra un maestro había escrito a tiza unas líneas de dictado en inglés tomadas de la Biblia y sentados en el suelo cuatro o cinco chicos de distintas edades, uno tendría al menos treinta años, copiaban de malas maneras las líneas escritas en unos cuadernos desportillados.     

Dispusimos la cámara para grabar a los maestros y resultaba casi imposible obtener unos minutos de silencio entre aquellos chicos y chicas bulliciosos que seguramente no entendían por que razón habrían de estudiar lo que sus maestros les contaban. Como no callaban, un cuidador provisto con una vara les propinaba azotes suaves en un alarde de pedagogía moderna. Eso no era lo que habíamos leído en el folleto que nos había proporcionado Abrahán en Juba.

Tratamos de entrevistar a algunos de los maestros que estaban entre los 25 y los 30 años, pero sabían poco inglés, pronunciaron unas pocas frases difíciles de entender sobre cuál era su papel en aquella escuela que proveía enseñanza primaria y algunos cursos de formación profesional, pero lo sorprendente es que cuando les preguntamos si entre sus alumnos había niñas soldado, lo negaron. Sólo conocían a algunos chicos que habían estado en la guerrilla, pero en aquella escuela no había ninguno. Salimos decepcionados de la mísera escuela que tenía aquella ONG de Save the Children y además seguíamos sin tener chicas para entrevistar y nos preguntábamos dónde estaban las chicas soldado de una zona como Rumbek donde hubo tremendos combates, podría parecer la letra de una canción de Bob Dylan pero por desgracia respondía a una realidad aciaga.

Por fortuna, al regreso, Helen, mostraba un talante mas positivo hacia nosotros y hacia nuestro trabajo. Nos pidió tiempo para buscar en la ciudad mujeres que hubieran participado activamente en la guerra, e incluso Kennedy prometió llevarnos al campamento un chico soldado aquella misma tarde. El cielo se despejaba y el sol de mediodía asomó con fuerza. Se ofrecieron para llevarnos de vuelta a nuestro alojamiento y en el camino hicimos una parada importante. Pese a la hora, pues la escuela estaba a punto de terminar su jornada nos detuvimos en una escuela secundaria de chicas en el centro de Rumbek e indagamos para ver si allí había alguna chica que había sido niña soldado y para nuestra sorpresa nos topamos con una maestra, Mary, rodeada de sus alumnas, a la que entrevistamos.

Mary tenía treinta y seis años, pero aparentaba una edad indefinida en cualquier caso más joven que su edad real, acaso porque estaba muy delgada y su trabajo como profesora la hacía mantenerse jovial, sobre todo teniendo en cuenta que había parido siete hijos. De estatura media, algunas de las alumnas dinka que la rodeaban, de doce o trece años, tenían una envergadura el doble de ella. Su timbre de voz era pitudo y hablaba muy fuerte quizá porque pensó que la cámara de vídeo en otro caso no la entendería o se trataba sólo de que quería convencer y compensar su estatura en una región de gente extremadamente alta. Mary se fue a la guerrilla muy joven, en 1991, su marido estaba en la secundaria y se echó al monte porque las condiciones de vida en Rumbek eran extremadamente duras y la supervivencia arriesgada. Ella le siguió cuando él se lo pidió. Su familia estaba contenta pues sabía que la pareja estaba junta en el monte, con su primer hijo y que su marido y el ejército la protegerían mejor que en su aldea. Ya en el monte tuvo los otros seis retoños. Una parte sustancial del tiempo la dedicó a la crianza de sus hijos, pero además, en la guerra todo el mundo debía apoyar, se dedicaba a rescatar y cuidar de los heridos así como llevar comida a los soldados que estaban peleando en primera línea.

La reinserción en su caso fue sencilla, pues aunque su familia estaba lejos, ella volvió con su marido y sus hijos y con la sensación de haber contribuido a traer la libertad para su gente. Ahora trabaja como profesora de secundaria y se encuentra feliz porque está educando a la nueva generación de sudaneses y sobre todo de sudanesas que siempre han estado infra representadas en la escuela, pues sólo acude un 25%  de la población femenina. Su meta es como ella nos decía textualmente, producir una nueva generación de mujeres, educadas para una nueva vida de hoy, y terminaba la entrevista con una frase que se repetía en todos los entrevistados, que las personas del sur de Sudán sean como la gente de otros países. Tantos años de guerra les había apartado del flujo vital que ellas veían en las pantallas de televisión que sucedía en otros continentes, e incluso entre algunos de los países vecinos.

Salimos con una buena impresión de aquella joven valiente que había pasado casi la mitad de su vida en el frente y que había llegado a tener siete hijos, mantenía su matrimonio pese a las adversidades y  se encontraba feliz con un trabajo cualificado como el de profesora de secundaria. Es probable que ese tipo de vida fuera frustrante para otras mujeres en Occidente, pero la satisfacción o la frustración tienen que ver también con el sentido que le damos a lo que hacemos y cuál es el contexto en que se produce ese tipo de actuaciones. Por otra parte, la suerte de Mary, al igual que otros muchos millones de mujeres occidentales, era mas confortable que la de las 76 esposas de un convecino suyo del propio Rumbek, según reflejaba en el 2004 el International Herald Tribune, Majak Malok Akot, quien a sus 68 años había levantado una familia del tamaño de una aldea. De las 76 esposas de Majak, 38 están embarazadas en el momento del reportaje y entonces acumulaba un total de 151 hijos.

Es bien sabido que entre los dinkas, al igual que entre otras tribus africanas, se produce la poligamia pero en el caso de Majak este comportamiento tiene ribetes desmesurados, rayando en lo patológico, aunque profundizando en sus declaraciones a la prensa, lo que sucede es que ha hecho de la poligamia un buen negocio, y en realidad aunque no lo declare, ha constituido una empresa que bien podría llamarse Poligamia Akot, S.L., con una L de sociedad bastante poco limitada. El personaje todavía afirma que las mujeres le han rechazado doce veces pero frente a las 76 aceptaciones que dice haber tenido de sus esposas, hay que reconocer que debe de ser sexy, masculino o viril. Tampoco es que sea demasiado fértil teniendo en cuenta que la media de hijos por mujer es ligeramente superior a dos. Lo pintoresco y un poco pretencioso es que considera que mantiene una familia feliz por sus buenas artes a la hora de tratar a sus esposas. Akot, según los funcionarios de Rumbek, es el varón con mayor número de esposas de la ciudad, aunque ellos refieren que hay otro vecino que acumula 50 y un buen número de machos concentra más de una docena cada uno de ellos. La práctica de la poligamia, según fuentes oficiales, ha sido distorsionada por los conflictos, las hambrunas y las enfermedades ocasionadas por la guerra civil, y además supone una peligrosa vía de contagio para el sida, como ha quedado patente en otros países del continente africano.

Incluso hay médicos locales que consideran que las enfermedades de transmisión sexual aumentan cuando los hombres tienen más de una docena de esposas pues las mujeres a partir de ese número comienzan a frecuentar las relaciones extramaritales y el contagio puede provocar auténticos desastres. La tasa de sida en Sudán es baja, aunque el seguimiento efectuado no ha sido el adecuado, por ser una región alejada de los epicentros del continente. Sin embargo, cuando los miles de dinka retornen a sus lugares de origen desde los campos de refugiados en los países fronterizos, se teme que el sida aumente de forma espectacular pues en esos países es un fenómeno muy generalizado.

Un comisionado de Rumbek, Paul Machuei, declaraba que las mujeres sufren mucho en los matrimonios polígamos que aceptan por protección, debido a las injusticias que padecen. Sin embargo, la opinión de nuestro hombre Akot, es muy distinta y, sentado a la puerta de una de sus varias tukul pinta un cuadro de felicidad doméstica. “Todas, dice, cocinan por igual; no tengo favoritas. Cuando me caso con una mujer, cubro todas sus necesidades y les digo que vengan a mi si tienen problemas, pues no deben pelear con otras esposas”. Su receta para mantener la paz es mas fácil de decir que de cumplir en la realidad, “cuando alguna se enoja, no hay que pelear con ella, sino consolarla”. Akot asegura que ni él ni sus esposas han cometido jamás adulterio, pues las ama a todas por igual, pero su opinión no es compartida por los funcionarios que alzan las cejas desconfiados cuando escuchan su relato, no creen en su negación del adulterio pues los hijos mayores de ese tipo de matrimonios suelen tener hijos con las esposas mas jóvenes y están convencidos de que eso también sucede en este caso.

Las tres esposas que se encontraban sentadas junto a Akot a la puerta de la choza de barro afirmaron la sensación de seguridad física que les daba estar casadas con él así como su relación con las otras esposas. “Cuando alguien trata de pelear conmigo, tengo muchas que me defienden”, dijo Débora, una de ellas, “además me siento feliz con las esposas mas jóvenes porque cuando procrean una hija, todos nos hacemos mas ricos”. Los arreglos matrimoniales, resultado de la necesidad de lograr seguridad, sobreviven económicamente debido a los desplazamientos provocados por la guerra. “La gente puede mantener tantas esposas porque la tierra está barata y muchas familias huyeron o han muerto”, dice Daniel Deng Monydit, gobernador de la provincia de Bahr-el-Gazal, “si la paz finalmente se instala en nuestro país, la gente buscará vivir una vida con mas comodidades pero con pocas esposas”.   

La tradición dinka, mencionada antes, está basada sobre la dote en vacas que el novio ha de pagar por la novia y esa tradición es la que posibilita el buen negocio de Akot, pues  ha desarrollado un sistema que le permitiría financiar matrimonios casi a perpetuidad, en caso de que fuera eterno, claro, pues cubre los costes de una nueva esposa con los ingresos percibidos por el matrimonio de cada una de sus hijas. Akot cuenta cómo empezó el negocio, “mi padre murió cuando yo tenía 15 años y me tocó asumir la responsabilidad de negociar el matrimonio de mis hermanas”.  Comenzó con una modesta herencia de siete vacas a los 20 años, lo que le permitió negociar buenas dotes para sus hermanas. “Cuando llegué a los 30 años, un día decidí usar todas mis vacas para casarme con más y más esposas”, continúa contando, “de manera que con el matrimonio de cada hija recuperé mis vacas”. Se trata de la plusvalía de la vaca o mejor del matrimonio. En occidente, el matrimonio supone un gasto muy importante que hoy día se paga a plazos durante algunos años, pero en Rumbek, con una buena política de casamientos poligámicos, siempre que las criaturas sean niñas, el casorio es un buen negocio. Quizá los chinos podían aprender de los sudaneses y evitar la sangría de niñas que bien muertas o dadas a la adopción, merman la nómina de mujeres de la población rural.

Akot termina su relato con un alegato contra el matrimonio de un hombre con una mujer, “cuando se ama a una mujer y luego a otra, hay que quedarse con las dos. Cuando tenía una sola esposa, era como si no tuviera nada que hacer”. Parece que le va a marcha y supone lo mismo para todas sus mujeres a las que no puede atender personal ni sexualmente. Dado el número tan elevado de miembros de la unidad familiar tendría que recurrir a la realización de una encuesta anónima para tener una percepción bastante precisa acerca de las opiniones del resto del harén.

Invitamos a comer a Helen y Kennedy con el fin de conocerlos mejor. Helen inició su relato hablando de la oenegé para la que trabaja. Save the Children Suecia comenzó a operar en Sudán en 1984 durante la guerra, y su presencia se ha incrementado a partir del acuerdo de paz o CPA, (Comprehensive Peace Agreement) de 2005. Ahora las áreas principales que cubre la organización son la educación primaria, el desarrollo temprano del niño, y la educación de la juventud. Por eso al este de Rumbek imparten programas de formación profesional: construcción, carpintería, confección y agricultura y sus graduados consiguen trabajo con rapidez.

También trabajan temas como el SIDA o programas de protección de niños y niñas que han sufrido abusos sexuales; esas son las áreas responsabilidad de Kennedy. Abogan por la educación del niño para que no sea discriminado en la escuela, forman profesores y tratan de influir en la precaria administración actual mediante la formación en prácticas de buen gobierno, los entrenan en cómo tratar a los niños en las comunidades y a adquirir hábitos de limpieza como por ejemplo, lavarse los dientes. El trabajo comunitario, al igual que sucedía con el desminado, es fundamental si tenemos en cuenta la importancia de la etnia y de la tribu en estas sociedades donde a veces se concede una mayor importancia a lo comunitario que a lo individual.

La historia personal de Helen es la de una persona entregada a labores de voluntariado:

“Me enrolé en Save the Children en marzo de 2005, y desde entonces trabajo aquí en Rumbek. Rumbek está muy lejos, a muchos kilómetros de donde procedo, de Kenya. Estoy aquí ocho semanas y voy a Nairobi durante diez días. Mi familia vive en Kenya.

Antes trabajé con el gobierno de mi país, luego con una ONG de ayuda a la infancia, y más tarde con los niños en los campos de refugiados.

Trabajar en Sudán es duro pero tengo pasión por el trabajo con niños e hice formación de desarrollo de comités, donde has de trabajar con las comunidades. En cierto momento  tenía que decidir entre Kenya y Sudán, y encontré interesante hacerlo en Sudán porque aquí hay mucho trabajo que hacer. Afortunadamente Kenya está en paz desde varias décadas y siento que los niños de aquí me necesitan”.

Su colega Kennedy Goredy centró su conversación en las niñas soldado, respondiendo a las preguntas que nosotros hacíamos al ver que ese era uno de nuestros intereses principales,

“La situación de los niños soldado en el sur de Sudán fue mas grave para los niños implicados en el conflicto. Las niñas acompañaban a los soldados, proporcionando servicios como cocinar, cuidar de los heridos y como esposas, muy pocas tomaron las armas y estuvieron en el frente, en primera línea. También se dice que las niñas eran esclavas sexuales pero eso en Sudán fue una minoría y no es fácil encontrar testimonios de niñas que quieran acreditarlo pues si alguna lo declara se encontrará con su familia y su comunidad en contra y lo probable es haya de abandonar su pueblo o su aldea. Pero en cualquier caso se trató de una minoría (y pone énfasis en rechazarlo).

Save the Children Suecia, dispuso de centros de curación. Cuando se desmovilizó a los niños del ejército, los enviaron a centros de formación profesional para que aprendieran un oficio, y cuando era menester se les proporcionaba ayuda psicosocial, y con este nombre se incluía una especie de terapia breve para restañar las heridas físicas y sobre todo las heridas psicológicas producidas por la guerra. Las niñas, en los centros escolares suelen estar interesadas en la confección, pero hay que decir que las cifras de niñas que participaron en la guerra no son tan grandes”. Y vuelve a insistir.

Nos despedimos de ellos hasta la mañana siguiente, aunque Kennedy nos advirtió que era muy probable que pudiera tener un chico soldado para ser entrevistado. Y en efecto así fue, no había pasado media hora y alguien llamó a la lona de entrada de mi tienda, yo me había quedado transpuesto, tras el madrugón para tomar el microavión, y al salir me encontré a Kennedy cumpliendo con su compromiso. Fui a buscar a Emilio para preparar los utensilios y grabar la entrevista. El color verde intenso de las lonas de este campamento, frente a las de marrón desvaído de Juba, componían un buen fondo para grabar.  Una vez preparado el ‘miniestudio’ al aire libre me dirigí al bar para encontrarme con el chico.

Oluku, en su despacho de Juba, seguía contando el proceso de DDR.

Tras la primera desmovilización de 2001 en Bahr-al- Gazal hicieron una pausa para reflexionar sobre la experiencia en su conjunto. El proceso en la primera fase resultó extremadamente complejo, primero había que identificar a los menores de 18 años, entre una población de soldados iletrados que llevaba años guerreando, es decir hubo que establecer el colectivo a desmovilizar. Como anécdota curiosa, muchos de esos jóvenes cuando se les pregunta en la actualidad por su fecha de nacimiento dicen, el 1 de enero del año de que se trate. Por lo tanto, miles de personas nacieron el uno de enero porque en realidad desconocen ni consta en alguna parte, la fecha en que nacieron.

El segundo paso era la entrega de las armas, que no resultó complejo, aunque había chicos que no querían regresar a sus casas, que ya no eran las mismas suponiendo que todavía estuvieran en pie, sino que preferían permanecer en el ejército.  

La reinserción y la rehabilitación de los menores resultó también harto difícil por la dificultad para encontrar a sus familias, había padres y familiares muertos o asesinados, familias desplazadas a otros lugares del sur, del norte o a los países fronterizos, por lo que los chicos, antes de ser entregados a sus comunidades, fueron como antes se ha dicho a los lugares de acogida establecidos por las organizaciones no gubernamentales que firmaron el acuerdo con el SPLA, y los todavía menores de edad fueron llevados a centros especiales antes de reintegrarse a su comunidad.

Sin embargo, el gran problema en esta fase fue que las comunidades consideraron este programa como ajeno, era un programa pilotado y llevado a cabo por organizaciones internacionales extranjeras incluyendo aquí a la propia UNICEF.

De manera que el SPLA se planteó una segunda fase como una operación nacional orquestada por el movimiento afín al SPLA, es decir el SPLM, con ayuda internacional pues ellos solos no podían hacerse cargo de todo el proceso. En esta segunda fase que ocurre desde 2002 hasta 2004, el proceso de DDR sufrió una transformación importante, una vez producida la salida del ejército los menores eran devueltos a sus comunidades, convertidas en las instituciones responsables, y que se encargarían de posibilitar su vuelta a la escuela,  gestionando las ayudas necesarias para la reinserción de estas chicas y chicos con cargo a unos fondos presupuestarios comunes que habían de administrar en función de las necesidades. El colectivo potencial era de unos 22.000 menores y salieron doce mil, de los que tres mil eran chicas soldados.     

Sin embargo, y según confesaba Oluku, quedan mas de cuatro mil menores en el ejército. Estos menores están catalogados en dos tipos, unos entrenados por el ejército en el manejo las armas y otros que no tuvieron entrenamiento, los llamados “niños asociados a las fuerzas armadas”, que fueron al ejército buscando protección, pues creían que si estaban con el  ejército no serían atacados o si eran atacados, el SPLA los defendería. También allí disponían de comida, porque el ejército conseguía alimentos que no llegaban a las aldeas y pueblos. Es mas, estos chavales estaban tan cerca del mando militar que usaban camisas y atuendo militar.

En el bar de nuestro campamento estaba Kennedy con un joven muy alto, bien parecido y con los dientes hacia fuera, costumbre propia de los dinkas. Además tenía unas incisiones en la frente que a los jóvenes se les hacía en el momento del rito de paso a la adultez. Le faltaban unos cuantos dientes de la parte superior, esto no sucedía siempre por un problema de alimentación  o de falta de higiene bucal, sino que a veces se les extraían las piezas por una cuestión estética pues se les consideraba mas bellos de esa manera. Se llamaba Daniel Mabior, y su apellido era igual al del líder ya fallecido John Garang de Mabior. Según Daniel era un apellido frecuente en la región pues él era de una aldea cercana a Rumbek y como hemos dicho Garang había nacido en Bor a unos doscientos kilómetros al sudeste de Rumbek, ambos de la misma etnia dinka.  

Daniel tiene ahora veintisiete años y a los quince entró en el ejército, eso ocurrió en 1989. En su caso la leva fue forzosa, los militares llegaron a su pueblo, fueron a la escuela y se llevaron a Daniel y a otros treinta y siete niños, en aquel grupo no había ninguna niña. Los chicos no se enteraron de las razones que dieron los guerrilleros, pero en el caso de Daniel muchos de sus familiares estaban ya en el ejército y como la guerra estaba en una fase aguda, se necesitaban refuerzos. Daniel tiene siete hermanos pero en aquella leva, sólo el resultó reclutado.

Una vez alistado recibió el adiestramiento militar sobre las armas y cómo manejarse en situaciones bélicas. Su grupo se movió por distintos lugares del sur, fueron a Wau, de allí a Yei, luego a Juba y mas tarde regresaron a Rumbek. En cierto momento cuenta que tuvo como jefe a una mujer, se llamaba Ayan. Pero lo importante es que según Daniel, él conoció chicas soldado que desempeñaron tareas distintas a las que hasta ahora nos habían mencionado.

Las chicas soldado de las que nos habló tenían ya 16 ó 17 años y luchaban en el frente, quizá no con la misma intensidad que los chicos pero sí con un papel muy activo. Algunas eran jefas y cuando veían que en el combate los hombres retrocedían ellas les jaleaban y decían en su lengua el equivalente a “vamos, ánimo, adelante, vamos” y les animaban a volver a primera línea. Y cuando todo el mundo se iba adelante a disparar y ya no quedaba nadie rezagado, ellas iban y disparaban también. Según Daniel había mujeres en la guerra porque ellas querían.

Sin embargo, lo que sobrecoge en el caso de Daniel es la frialdad con la que relataba las muertes que había inflingido, por supuesto que había matado, no podía plantearse si aquello estaba bien o mal, era cuestión de supervivencia, o tú o ellos:

“La guerra es matar a alguien. Cuando matas a alguien los otros salen corriendo. Cuando vas a luchar no puedes dejar vivo a nadie, tienes que disparar.

Lo que sientes es que ‘es la guerra’. Si vas a la guerra y matas a alguien no sabes quién es la persona a la que estás matando, ni llegas a verla. Comienzas a luchar y si hay alguien caído saltas por encima y vas y disparas. Necesitas disparar para que toda esa gente esté tendida en el suelo.” Me recordaba un juego electrónico de los primeros que se instalaron en Madrid, en la Gran Vía, que consistía en matar osos, los osos aparecían en la pantalla moviéndose horizontalmente y cuando el jugador tocaba a uno de ellos quedaba el oso en el suelo y seguía disparando, de manera que los demás osos tocados se iban amontonando uno encima del otro. Pero en el caso de Daniel la matanza no era electrónica, era real.

Ahora Daniel es capaz al menos de reconocer que “la guerra fue realmente mala, en mi cuerpo”, y trata de pasar página:

“Ahora necesito dedicación y seguir adelante y ganarme la vida, conseguir trabajo, dinero, una familia. Todavía estamos en guerra. He empezado la escuela y tengo lo que quiero”.

Daniel está trabajando en un campamento-hotel y sigue estudiando para labrarse un futuro, un futuro que pasa por vivir en paz como tanta otra gente en el mundo, aunque no hay que pasar por alto su percepción expresada en la frase de que todavía hay guerra, como si la paz actual fuera frágil, como si no fuera de verdad.

El proceso de DDR, como se ha dicho, no está finalizado a pesar de que todos los menores deberían de haber salido ya del ejército, pues en el acuerdo de paz se establecía la finalización en el plazo de seis meses siguientes a la firma y dos años después estaba inconcluso. Las razones que Oluku ofrecía ya se han mencionado, lo complicado que resulta saber la edad precisa de los chicos actualmente en el ejército, la dificultad en encontrar a las familias de manera que hay menores que desconocen el paradero de sus familiares. Por otra parte, la política de que los menores regresen a la escuela es clara y parece muy coherente, teniendo en cuenta que a finales de los ochenta una parte importante de la juventud estaba en el ejército, pero el sistema educativo es muy endeble, no hay escuelas accesibles en muchos lugares del sur del país, y hay tantos sistemas educativos como los países donde ha habido refugiados: Etiopía, Kenya, Uganda, Congo, el propio sistema sudanés,… Tampoco han ayudado los altos mandos del ejército que temerosos de ver reducidos sus efectivos no se han tomado tan en serio de forma activa la desmovilización de los menores.

De manera que dos años y medio después del acuerdo de paz no ha concluido aun el proceso de DDR. Es posible que ahora que se empieza a hablar de reducir los efectivos del ejército, de tener un ejército profesional y mejor preparado, los mandos colaboren activamente para acabar por desmovilizar a los menores restantes.

Pese a todo el proceso DDR ha sido bastante exitoso, y para significar el proceso de desarme se ha recurrido a distintos tipos de ceremonias donde han estado presentes las autoridades civiles y militares. Se les entregaba un kit de prendas civiles para marcar la vuelta a la vida civil. Algo parecido ha sucedido en las comunidades cuando los jóvenes regresaban, había una comitiva que les daba la enhorabuena formada por todas las fuerzas vivas de pueblos y aldeas, las autoridades municipales, la policía, los maestros,… y se alegraban del retorno. El problema mas difícil ha sido el reingreso a la escuela, por la propia debilidad del sistema educativo y la escasa implantación en zonas rurales, de manera que había pueblos donde retornaban los jóvenes y no podían reintegrarse a la escuela y había que recurrir a otras comunidades para resolver el problema, y ha habido casos sin solución donde los chicos no fueron a ninguna escuela.

Ese es el lamento de Oluku, pues a al gobierno autonómico  nunca se les ocurrió compensar con dinero la dedicación y la entrega de una parte de la vida de estos niños a la guerra, y el SPLM pensó que la mejor recompensa era el acceso al conocimiento que les permitiría encontrar un trabajo. El gobierno está convencido de la necesidad de desarrollar sus capacidades, sus talentos, de abrir los ojos a lo que sucede en el mundo, de tomar decisiones a su manera al igual que hacen los australianos, los chinos o los europeos. La educación es el mejor beneficio que pueden prestar a los jóvenes que fueron a la guerra.    

A la mañana siguiente volvimos a pasar la experiencia de hacer un trayecto como un saco de patatas en la camioneta del cocinero del campamento hasta llegar otra vez a las instalaciones de Save the Children, donde Helen y Kennedy nos esperaban mostrando su mejor rostro. Se sentían relajados, estaban amables y comunicativos, en parte porque la víspera se había creado una buena relación entre nosotros y nos habían aportado un joven que había sido niño soldado al que nosotros ayudamos, en parte porque como profesionales de la cooperación sabían la necesidad de buenos contactos que todas estas profesiones requieren para poder llevar adelante su trabajo y es probable que percibieran el parecido entre su trabajo y el nuestro, porque ellos en Sudán eran extranjeros, aunque menos extraños para los sudaneses que nosotros.

También estaban contentos pues habían encontrado una mujer para que la entrevistáramos, allí estaba Zindia, con dos niños que luego nos presentaría como dos de sus hijos, una niña de diez años y un bebé, Emmanuel, de cinco meses. Zindia se había puesto su traje de fiesta, un vestido largo, de vivos colores, bien conjuntados, que contrastaban con los colores más apagados que usamos nosotros. Era una mujer guapa, de estatura media, pertenecía a la tribu bagara, no tan alta como los dinka. Enseguida nos dimos cuenta de que íbamos a tener un problema importante, Zindia no sabía  hablar inglés y eso nos complicaría la entrevista. Helen nos encontró, dentro de su equipo, un señor que sabía un poco de inglés, suficiente como para hacer de traductor del inglés al sudanés, y yo haría de traductor de las preguntas que hicieran Emilio y Diana, del español al inglés; establecimos las sillas blancas de resina formando un semicírculo, donde nos sentamos todos los involucrados en las preguntas mientras que en el centro del círculo se sentó Zindia con sus niños.

Zindia empieza a relatar su historia aunque no es mujer de demasiadas palabras y el sistema que hemos diseñado de preguntas con sus respectivas traducciones tampoco facilita un discurso fluido como el que nos gustaría escuchar. Ella pasó quince años en el ejército de 1991 a 2006, mas de media vida de una mujer de veintiocho años. En algunos aspectos corrió la suerte de muchas otras chicas, pero con matices. Nunca fue a la escuela, ni antes ni después de la guerra. Antes de enrolarse en la guerrilla estaba con las mujeres de su familia, una familia extensa de catorce personas, y tras dejar el ejército ya era mayor como para reincorporarse a la primaria con niños demasiado pequeños, de la edad de sus hijos.

Se fue al monte buscando la protección del SPLA porque en casa no había comida para tantos, estuvo al principio dedicada a la cocina y durante unos años fue amante de un comandante y finalmente se convirtió en su esposa, tuvo tres hijas de ese matrimonio, pero quedó viuda cuando su marido, en una época álgida de la guerra murió a consecuencia de un obús. Sin embargo, Zindia, no se dedicó sólo al cuidado de sus hijas, sino que aprendió mecánica del automóvil y se dedicaba a reparar los motores de los vehículos averiados, de manera que llegó a gustarle su profesión accidental y disfrutaba arreglando la caja de cambios, el diferencial o cambiando las pastillas de los frenos. Disponía de armas pero nunca disparó, al menos eso es lo que ella declaró. Portaba el fusil cuando le tocaba ir al frente a buscar y retirar un vehículo que se había averiado. Junto con ella había en su batallón unas cincuenta chicas que se dedicaban a las labores tradicionales femeninas, sobre todo a cocinar, aunque también lavaban la ropa y cuidaban de los heridos.

Zindia no se acoge a la DDR porque ya superaba con creces la edad y además nadie de la comisión se hubiera atrevido, como nos confesaba Oluku, a pedirle a ningún comandante que su mujer abandonara el ejército. Zindia se va porque se enfada con los jefes de la guerrilla, ella recibía algún dinero del mando militar para el cuidado de sus tres niñas y a partir del acuerdo de paz dejan de pasarle dinero. Ella estaba en una posición militar cerca de Yei y regresó a Rumbek con sus hijas recibiendo la ayuda solidaria de la gente de las aldeas por donde pasaba.

A ella le hubiera gustado seguir trabajando como mecánica de coches, pero es analfabeta, y todo lo que sabía lo aprendió en la guerra viendo a otros como lo hacían. Tampoco tiene el dinero necesario como para emprender un negocio. Cuando llegó a Rumbek, encontró una mujer, Rebeca, que la acogió a ella y a sus hijas en su casa a los que ha estado sosteniendo durante todo este tiempo. Rebeca estuvo viviendo como refugiada en Uganda durante diez años y esa experiencia la emplea ahora en comprar cervezas y refrescos que resultan mas baratos en la frontera ugandesa, que luego Zindia vende a la puerta de su casa. Su horario es ininterrumpido hasta las once de la noche, por lo que no le queda tiempo para hacer otras cosas. El pequeño, Emmanuel, es fruto de una relación casual con un hombre en un país donde no existen los anticonceptivos y con una tasa muy alta de mortalidad infantil, de manera que las mujeres conciben muchos hijos. Afirma que tiene buena salud y que sólo le asusta una posible infección de malaria. Ha incorporado la experiencia de los años pasados en el ejército con cierta naturalidad, sabiendo que luchaba ‘contra los árabes del norte’ y la ventaja de la situación actual es que hay paz y quizá encuentre, lo que desea, un mejor trabajo en el futuro.

Una vez terminada la entrevista le preguntamos si podíamos conocer su casa, pues de vuelta al campamento la dejaríamos allí. Nos despedimos de Helen, que parecía encantada de habernos servido como anfitriona, Kennedy se prestó voluntario para conducir la furgoneta y emprendimos el regreso. Zindia vive en el centro de Rumbek, en un lugar plagado de basura, de porquería y de moscas revoloteando, es la zona donde quedan algunas casas de ladrillo, enfoscadas de yeso a las que se les ha caído la pintura, las casas ofrecen la impresión de estar ruinosas y desconchadas, casi de una calidad inferior a la de los tukul de adobe. De todas formas eso es lo que se entiende por el centro de una ciudad en el sur de Sudán. Descendemos del vehículo, la casa de Zindia tiene una  pequeña terraza rematada por un poyete sobre el que se sientan los vecinos que seguramente se habrán enterado de que su vecina iba a participar en un documental extranjero. Allí está Rebeca que nos saluda con efusión, una señora, bastante mayor que Zindia, gruesa, con mucha vitalidad y empuje, industriosa, como para bajar con frecuencia, casi todas las semanas, hasta Nimule en la frontera de Uganda con Sudán, para comprar las bebidas y subir de nuevo a Rumbek, haciéndose mas de mil kilómetros.

Entramos a la casa con la cámara en ristre y cuando nos enderezamos para ver lo que había se nos cayó el alma a los pies, y no pudimos evitar hacer la comparación mental con la chocita de Winnie, tan limpia y aseada. En una habitación de aproximadamente tres por tres metros, vivían dos mujeres adultas, las tres hijas de Zindia y su bebé. La visión resultaba particularmente  desagradable por la mugre que había, el desorden, las sábanas y las mantas tiradas cada una por un sitio, una bandeja que no se ve sobre dónde se apoya, llena de vasos todos sucios y churretosos. De repente te sientes como violentando una intimidad tan desastrada que es probable que Rebeca y Zindia se encontraran también fatal, o quizá no, ya es mediodía y podían haber medio arreglado la habitación, acaso esté siempre así y entonces piensas que la vida de estas personas es mísera lo que sucede en realidad, aunque Zindia acudiera con su traje de fiesta a la entrevista. Es probable incluso que el vestido amplio y colorista sea una manera rápida y sencilla de tapar la suciedad y la fealdad diaria en la que se mueve la vida y los cuerpos de estas personas.

De vuelta en la furgoneta íbamos en silencio, sin saber qué decir. Por fortuna, enseguida pasamos por delante de una escuela de secundaria donde nos recomendaron entrar, era la escuela donde muchos de los actuales comandantes, los señores de la guerra cursaron estudios. 

 Y ¿qué ha pasado con los menores, con las demás personas que permanecieron en su tribu, en su comunidad? Pues que ahora, contaba Oluku Andrew Holt, tras la desmovilización, reciben a unos chicos y chicas bien distintos de los que lo abandonaron todo, forzada o voluntariamente, para irse con la guerrilla. Una guerra tan tremenda deja a la fuerza huellas profundas, las familias rotas, los esquemas tribales distorsionados, la autoridad puesta en duda, los refugiados en países distintos, los desplazados a zonas donde se han visto oprimidos y sin recursos, generaciones donde falta un número importante de sus miembros. Además los enrolados han permanecido un período excesivamente largo de diez a quince años y en guerra, y muchos de ellos comenzaron a los ocho, los diez, a los doce años, e incluso antes, con experiencias terribles donde el asesinato era considerado como una mera táctica para sobrevivir. Una pregunta que sobrevolaba por nuestras cabezas era saber si sería posible algún día retornar a la normalidad. Los representantes del gobierno, como Margaret y Oluku, eran personas educadas, que se expresaban a la perfección en inglés, y parecían compartir unos valores democráticos, semejantes a los que tenemos en nuestros países. Pero, cuando les preguntabas por su familia y por su educación, ellos habían estudiado fuera, en otros países africanos o en alguna universidad norteamericana y la familia vivía en una de las capitales de los estados limítrofes, Nairobi, Kampala,… 

Durante todo este tiempo de conflicto armado a los menores les cambió la vida y empuñaron las armas y mataron a paisanos, y al regresar después a sus comunidades unos cuantos no se adaptaron, la familia no les reconocía porque ya no eran los mismos que al partir y para muchos la vida en las aldeas había dejado de tener sentido, de manera que hubo muchachos que preferían regresar al ejército pero una vez iniciado el proceso de DDR estaba prohibida la marcha atrás, e incluso Oluku contaba como una anécdota significativa el caso de un muchacho que intentó por dos veces reengancharse al ejército siendo menor, se lo impidieron y el comandante de la unidad adonde regresó lo mandó de nuevo a casa porque así lo había decidido el SPLM y el chico se mató, acabó sus días suicidado disparándose con una pistola que su padre guardaba en el cajón de un armario.

Y ¿qué les ocurrió a las chicas? Algo no muy distinto aunque mas traumático por el trato que por lo general han recibido las mujeres en Sudán. Todos los entrevistados, sean del gobierno o incluso de las ONGs, han manifestado que en general las chicas soldados no lucharon ni tomaron las armas. También nos lo confirmaron las mujeres a las que entrevistamos, que habían estado en el ejército. Sobre todo las niñas se dedicaban a cocinar, limpiar, cuidar a los heridos en el frente, acarrear armas a la primera línea y ser esposas, amantes o simplemente descanso sexual de los soldados. Otras personas como Abrahán se atrevió a contar casi al final de su discurso en su oficina de Save the Children en Juba, fueron violadas y abandonadas durante o al final de la guerra, en una cultura donde se valoraba en exceso la castidad prematrimonial, llevó a muchas chicas a situaciones desdichadas, de posterior esclavitud o a la prostitución. Pero esa no es toda la verdad, también hubo niñas que empuñaron las armas como nos insistía Daniel y que con toda probabilidad desarrollaron varios roles, cocinando o lavando en la retaguardia, disparando en primera línea y sirviendo como alivio sexual de algunos comandantes y jefes.

El responsable de la comisión DDR insistía en que en la fase de reinserción han tratado de sensibilizar a las comunidades explicándoles que si los jóvenes habían actuado con violencia, fue sin pleno consentimiento y las comunidades tenían que entender que los chicos eran inocentes. En definitiva que unos tenían que comprender y otros tenían que perdonar, y sobre todo las comunidades cuya misión era recuperar y  salvar a los jóvenes, perdonar la ira, el rencor. En la guerra los chicos se habían comportado de forma violenta, no respetaban a las mujeres, ni a los mayores. Su estancia el ejército bélico les había partido el alma. En palabras de Oluku, “antes de desmovilizar hay que reunir a los jefes de la comunidad, a los padres, a los jueces, a la policía, y explicarles. Vamos siempre con el evangelio de la reconciliación y del perdón, a todas las comunidades.”

Pero en el caso de las mujeres hay problemas añadidos.

Las mujeres en Sudán, al igual que en tantos otros países, carecen del poder de decisión sobre su vida y son casadas a edades tempranas, a los trece, a los  catorce años, porque para sus padres es un medio de subsistencia. Entre algunas tribus, como los dinka, el padre del chico ha de dar una cantidad importante de vacas, a veces hasta cien, lo que les resulta difícil de reunir por el coste tan elevado que la dote supone. Tan es así que, según puede leerse en la prensa local, hay gente hoy en día que clama para que se reduzca el precio del matrimonio. Sin embargo, para los padres de la chica casadera es un alivio porque la dote les permite sobrevivir a ellos y al resto de los hijos por unos cuantos años y a veces, por toda la vida, como vimos en el caso de Akot el polígamo impertérrito. Pero la chica no recibe nada de la dote. ¿Por qué tendría que ser distinto en el caso de su enrolamiento o de su desmovilización en y del ejército?

Algunas mujeres occidentales claman y con razón, contra la falta de voz de la chica soldado que regresa de la guerra a su comunidad pues debería de poder decidir qué hacer al reingreso en una sociedad que sin embargo no le permite tomar decisiones. Habría, no obstante, que clamar en primer lugar contra la falta de voz de todas las mujeres en Sudán y en distintos países del mundo que carecen del poder de decisión. Lo cierto es que la chica que se alistó y luego se ha casado con un militar es bien vista por la familia, pues incluso el militar les ayuda a subsistir a toda la familia como es el caso de Mary que se alistó siguiendo a su marido con el que sigue conviviendo al regreso y a los 37 años es madre feliz de siete hijos.

 Pero hay que reconocer, y nuestros interlocutores sudaneses, sean del gobierno o no, así lo hacen, que la guerra ha introducido cambios muy importantes. El gobierno actual cuenta con un número importante de mujeres que refugiadas en otros países han tenido una educación distinta, hay otras como Winnie que trabajan codo con codo con sus colegas masculinos, y en los ministerios pudimos observar que había bastantes mujeres, porque las mujeres como en toda África han asumido el peso de la gestión diaria de las familias y de los países.

Sin embargo, otras muchas se fueron al ejército por protección y acabaron como mujeres de distintos militares que luego las dejaron y cuando regresaron a su comunidad no las han aceptado y han quedado marcadas y desamparadas, es en parte el caso de Zindia que sobrevive gracias a la ayuda de Rebeca. O el relato que nos hacía Daniel cuando le preguntamos por las chicas soldado que estaban con él, nos confirmaba que hacían sobre todo tareas domésticas pero cuando no quedaba nadie en la retaguardia, subían a la primera fila para animar a los combatientes a seguir y sino tomaban ellas las armas.

La guerra ha producido muchos destrozos internos, muchas atrocidades con cuyo recuerdo ahora han de convivir. De hecho, están conviviendo en esta etapa de transición en el gobierno, personas que estuvieron luchando en bandos contrarios, algo por otra parte común en toda guerra civil.

También se han producido cambios positivos para los roles tradicionales porque muchas cosas ya nunca volverán a ser iguales.