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Harry el desminador jubilado

Harry está sentado junto a su amo en el campamento que la empresa Ronco tiene instalado junto a las orillas del Nilo. Para su jefe, el gerente, un australiano llamado Craig, Harry está gozando de un merecido descanso pues su jubilación le llegó tras siete años de servicio en las tareas de desminado. Harry es un pastor alemán nacido en Europa, testigo callado de las sangrantes guerras de ‘independencia’ de la segunda mitad del siglo XX. Ha viajado por África, de Angola a Mozambique y ahora Sudán, recaló por un tiempo en Bosnia y se movió por las escarpadas montañas afganas plagadas de minas depositadas por los rusos primero y por los talibanes después. Harry ha pasado casi toda su vida intentando recomponer los platos que otros han roto. La inteligencia de su raza ha sido el elemento clave para que haya ‘disfrutado’ de un empleo cuasi humano.

Recuerdo que cuando estudiábamos en la carrera cómo había descubierto un fisiólogo ruso, un tal doctor Pavlov, el reflejo condicionado, nos parecía que era poco considerado hacer que los perros pasaran hambre para aprender a salivar ante una luz o un sonido que previamente había sido asociado a la presencia de alimento. Ivan Pavlov no fue el único maestro en el condicionamiento de la conducta y el psicólogo norteamericano Burrhus Skinner, años mas tarde, siguiendo las pautas marcadas por Pavlov, replicó en palomas y ratas una variedad sinfín de respuestas condicionadas, llegando incluso a que las palomas pudieran dirigir misiles bélicos.

La empresa Ronco de capital americano se dedica a ganar dinero desminando carreteras y campos minados por las guerras, y es bastante eficaz según las estadísticas existentes en Sudán. El gerente del campamento de Juba es, como decíamos, australiano, el segundo de a bordo es bosnio y los adiestradores de los perros forman parte de un equipo compuesto íntegramente por mozambiqueños, y por fin, en el último escalón de la pirámide empresarial, están los trabajadores locales. Ronco utiliza, al igual que la ONG noruega NPA que acabábamos de visitar, grandes camiones blindados para limpiar las extensas superficies llanas y además emplea un elenco de perros debidamente adiestrados, mejor tratados que la mayoría de los empleados de la compañía. ¿Es esto cierto?

 Los perros que se emplean para ayudar en la tareas de desminado en el sur de Sudán son un claro ejemplo de buen trato, y aunque parezca mentira, un paradigma de cómo se debería tratar a las personas en el trabajo.

Harry como se ha dicho es un perro de categoría, tiene pedigrí, la mayoría de los perros que trabajan en esas tareas son pastores belgas o alemanes, y recibió su primera formación cuando aun era cachorro, de manera que a los seis meses su valor de mercado era ya de unos 15.000 euros, este suele ser el coste cuando la empresa los adquiere. Su inteligencia, la de Harry, le ha permitido dotarse de unas competencias muy útiles para el desminado que le han ofrecido la oportunidad de ser un expatriado, trabajando en diferentes países, al igual que cualquier otro ejecutivo de la empresa multinacional donde ha prestado sus servicios. 

Pero su formación no terminó en su infancia, sino que antes de empezar a desminar, Harry recibió un nuevo período de entrenamiento, lo que en las empresas se llama la formación para el puesto de trabajo que se va a desempeñar y además se le asignó un tutor, un entrenador personal, un mentor, que en este caso se le denomina adiestrador. Hay que señalar que el adiestrador es exclusivo, eso quiere decir que Harry sólo aceptará las órdenes o sugerencias de su adiestrador que le conoce y le va a seguir a lo largo de su carrera profesional.

Si establecemos paralelismos entre desminadores animales y humanos podemos observar algunas cosas interesantes.

A Winnie, según veíamos mas arriba, la seleccionaron de una manera bastante sencilla y no hubieron de pagar cantidad alguna al contratarla; es más, muchos sudaneses hubieran pagado por encontrar un trabajo tan bien remunerado. Ella nos contaba que eligieron a casi todas las chicas que se presentaron y el período de formación recibida fue mas corto que el de los perros, y de aquí pueden sacarse conclusiones diversas.   

Los perros desminadores como Harry no pueden trabajar en una zona de alta densidad de minas pues se confunden cuando olfatean las ondas procedentes de diferentes objetos en lugares cercanos entre sí, es decir que no pueden actuar en paralelo oliendo varios trozos metálicos, sino que sólo pueden hacerlo en serie, de uno en uno. Winnie trabaja donde le toca, donde le dice su jefe que se ponga, haya pocos o muchos metales y si el detector pita varias veces pone tantos palos señalizadores como pitidos diferencia.

Harry y sus colegas tienen jornadas de trabajo muy inferiores a las humanas, si la temperatura y las demás condiciones meteorológicas son buenas pueden trabajar hasta cinco horas diarias, en otro caso la jornada se reduce a tres, mientras que Winnie hace ocho horas diarias, haga más o menos calor y ya he señalado que le caían unos goterones que daba pena verla; su esquema de  trabajo era de ocho semanas seguidas, seis días por semana, y un descanso de dos semanas y media.

Los perros desminadores necesitan descansar adecuadamente y cuando se sienten mal, tienen algún pequeño trastorno o están ‘deprimidos’ en expresión de sus cuidadores, no necesitan que un veterinario les expida un parte de ‘baja veterinaria’, pues todo el mundo entiende que un perro de esta naturaleza puede tener problemas y lo mejor es que descanse y por lo tanto ese o esos días no sale a trabajar.

Winnie tampoco se deprime aunque por diferentes razones; y no lo hace porque está muy contenta de poder ayudar, con el salario que recibe por su trabajo, al mantenimiento de toda su extensa familia. Es dura y fuerte a sus 27 años y no concibe deprimirse, pues además hace una tarea tradicionalmente reservada a los hombres y está contribuyendo a la reconstrucción de su país, evitando los daños que causan las minas.

Harry no toma una comida igual a la del resto de los perros sudaneses sino que se alimenta con productos importados de Europa pues en Sudán no hay la comida especial que este tipo de perros requiere. Ello origina a veces roces o pequeños conflictos ya que la gente de las aldeas no entiende que los perros desminadores, pues para ellos los perros son usados para conducir el ganado y sólo comen las sobras, coman mejor que los propios humanos, que ellos mismos, o que sus familiares y  convecinos.

Winnie come la misma comida que el resto de la población nativa a base de cereales y frutas y de vez en cuando carne de chivo grande, aunque a través de la ONG para la que trabaja, de vez en cuando, recibe leche y otros alimentos que también proceden de países extranjeros.

Los veterinarios encargados de cuidar a los perros también son expatriados pues en el país no hay personal técnico que pueda hacerse cargo de sus enfermedades. Winnie se conforma con usar los escasos recursos sanitarios con los que cuentan en Yei, aunque se considera una privilegiada pues cuando va periódicamente a visitar a su hijo en Uganda tiene acceso a unos servicios de salud mejores.

Los adiestradores cuidan de los perros a diario y si no salen a desminar, realizan ejercicios físicos y de entrenamiento que les permita estar en forma siempre para salir al terreno, como les sucede a los jugadores de fútbol y  a los deportistas en general.

Winnie en su tiempo libre va a ver a su niño que es cuidado por su madre en un campo de refugiados en Uganda, según sus estimaciones no está lejos pese a las carreteras infames de tierra roja; son unos doscientos kilómetros, aunque en África el camino se mide en horas de coche y en días caminando a pie.   

Los adiestradores plantean que los perros han de considerar su trabajo como un juego, y Harry, a lo largo de su vida activa, ha estado algunas veces en peligro de sufrir percances aunque nunca fue consciente de los riesgos en los que incurría. Sin embargo, la tarea de desminar es repetitiva, monótona, y el perro cuando está en el terreno, lo que ha de hacer es caminar una y otra vez, hacia delante y hacia atrás, por un cuadrado donde le señala el adiestrador, de manera que es responsabilidad de éste hacer que la tarea sea vista por el perro como un juego.

Cuando los colegas de Harry detectan algo, lo probable es que sea un metal, se sientan encima con cara de haber realizado algo valioso hasta que se efectúa el balizamiento adecuado. Entonces el cuidador lo llama, le felicita, le da un dulce, lo acaricia y lo abraza porque el perro requiere, en palabras de los cuidadores, ‘estar motivado’, necesita reconocimiento.

Winnie no lo tiene tan fácil, o sería quizá mejor decir que a ella no se lo ponen tan fácil como a Harry. Nadie le dice que su trabajo va a ser un juego sino que el énfasis se pone en el peligro y en la concentración tan alta que habrá de poner para ejecutar su cometido a la mayor perfección. Le advierten eso si que no debe pensar en nada ni en nadie salvo en la tarea que está haciendo. Por lo tanto, pese a la poca variedad de su quehacer no puede pensar en otra cosa. Recuerdo hace unos meses hablando en televisión, a los dos hermanos que forman el grupo Estopa hablando de su trabajo en la SEAT de Martorell, en la cadena de montaje de los vehículos. Su tarea era apretar un botón para que el robot se pusiera en marcha e hiciera la faena, pero la monotonía de su trabajo les permitía componer canciones que luego les reportaban grandes satisfacciones.

Preguntamos a Winnie que si hacían alguna fiesta en el campamento cuando encontraban una mina y su respuesta inmediata fue un no rotundo, todos daban por sentado que su tarea por la que se les pagaba era desminar y si encontraban las minas nadie tenía que celebrarlo, quizá se producía la satisfacción por el deber cumplido sabiendo que estaban evitando males mayores a compatriotas suyos que hubieran podido resultar heridos.

La respuesta de la joven parecía un poco espartana y con toda probabilidad en caso de encontrar minas recibiría el reconocimiento de la gente con la que trabajaba y de los responsables de la ONG noruega que la habían contratado, pero Winnie quería dejar claro que ella sobre todo era capaz de auto motivarse.

¿Se imagina alguien que cada vez que las personas en su trabajo hacen algo bien, los llamara su jefe para acariciarlos, agradecerles su esfuerzo y darles alguna pequeña recompensa? Pensaríamos que ese jefe estaba loco, era raro o se quería aprovechar.

Por lo tanto, si tenemos en cuenta el trato que reciben estos perros y lo comparamos con el que reciben las personas en el trabajo en el mundo desarrollado, en muchos casos los primeros saldrían ganando con la comparación. Los perros no fichan, tienen jornadas cortas, descansos abundantes, se les respeta sus días malos, su trabajo es juego, se les motiva continuadamente cuando tienen éxito en su tarea, tienen alguien al lado que les ayuda y les cuida, les traen comida sana y variada desde países desarrollados, y tienen veterinarios extranjeros.

Harry, con toda seguridad, no trabajaría en una empresa con las condiciones de trabajo habituales en que lo hacen las personas.

El trabajo que quedaba era ímprobo y se necesitarían muchos camiones, y colegas de Harry, desminadoras y desminadores nativos como Winnie para realizar las tareas pendientes.

Sumido en esas reflexiones abandonamos el campamento de Ronco en la orilla occidental del Nilo, un campamento que parecía un barco desarbolado pues la mayoría de sus ocupantes lo abandonarían hasta septiembre una vez transcurridas las torrenciales lluvias que impiden cualquier trabajo en el exterior. De otra parte el mantenimiento de esas instalaciones en época de trabajo eran de varios miles de dólares semanales que había que detraer de otras prioridades tan abundantes en el sur de Sudán. Por eso Margaret nos decía que en un par de años el desminado pasaría a ser realizado internamente en el país y el papel del ejército sería relevante pues las unidades de ingeniería eran capaces de asumir el cometido, siempre que las instituciones internacionales proporcionaran el equipamiento adecuado.

Pasamos a recoger a Ulrich que estaba dando un curso de formación a representantes comunitarios de las aldeas que realizan tareas de prevención. Resultaba sorprendente ver las buenas instalaciones con las que contaban para estas acciones de sensibilización y formación. La sala que servía de aula tenía aire acondicionado, disponía de cañón de proyección y pantalla y Ulrich exponía su presentación desde un portátil como en cualquier reunión de directivos de un país desarrollado. Llegados a cierto punto de la charla el grupo se distribuyó en pequeños grupos que iban a discutir algunas de las cuestiones planteadas por Ulrich siguiendo unas pautas previas. La tarea de sensibilizar a estas personas era fundamental, pues los habitantes de ciudades, pueblos y aldeas debían de aprender a actuar en caso de encontrarse con minas o en zonas que pudieran parecer peligrosas. Además estas personas colaboraban en la elaboración de los mapas previos de riesgo antes de la actuación de los trabajos de desminado y limpieza de los campos. El discurso de estas personas que hablaban en inglés, era preciso y hacían ver que habían comprendido la presentación de Ulrich, y discutían medidas a poner en práctica para mejorar las intervenciones preventivas a su retorno a pueblos y aldeas.

Finalizado el curso tomamos de nuevo el todoterreno para dirigirnos a las instalaciones de la ONG, Save the Children, Suecia, donde mantendríamos una entrevista para ver si podíamos encontrar chicas que habían sido niñas soldado durante la guerra ya que ese era el tema de nuestro segundo documental. El camino tortuoso obligaba a salvar desniveles que sin un cuatro por cuatro sería imposible realizar el trayecto. Llegando a la ONG nos cruzamos con otro vehículo y enseguida reconocimos a Sofía, la cooperante gallega que conocimos en el vuelo a Nairobi. Ella saltó de su coche y nosotros dos del nuestro sin pensarlo como movidos por un resorte que se hubiera disparado de forma automática. Nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida, sentíamos que aun en misiones completamente distintas compartíamos una manera de estar fuera de nuestras fronteras, y la soledad de un país, de una población que vive con lo mínimo,  con mucho menos de lo que cualquiera de nosotros consideraría como mínimo de supervivencia. A los sudaneses del sur no les habían explicado la pirámide de las necesidades de Maslow aunque en este caso los supuestos del psicólogo norteamericano se cumplían a la perfección. Como todavía no habían subido el primer escalón de la pirámide, no habían satisfecho las necesidades básicas de supervivencia, para ellos no existía el resto de las necesidades. Y hablarles de otra cosa, hubiera sido como hablarles de músicas celestiales.

Sofía nos contó que al día siguiente partiría para el hospital de campaña en la provincia del Alto Nilo donde iba a prestar sus servicios durante los próximos seis meses. Conversamos unos pocos minutos más porque a ella y a nosotros nos esperaban para continuar la ruta. Nos despedimos de nuevo pero esa vez pensando que quizá hubiera otro nuevo reencuentro en un país donde la vida se vivía de forma azarosa.

En las oficinas de la ONG sueca nos esperaba Abrahán para darnos una información general sobre los niños y niñas soldado, en inglés child soldiers, aunque hoy en día se prefiere llamarles, menores soldados. Abrahán es sudanés y después de varios años en la organización se ha convertido en  el gerente de campo de la ONG sueca en Juba. Nos habla del proceso de desmilitarización de niños y niñas que se conoce por las siglas DDR y que responde a las palabras desmovilización, desarme y reinserción, es decir, las tres fases principales del proceso. Después nos distribuyó un folleto de su organización que tuvo un papel primordial en la primera fase de desmilitarización de niños y niñas; en el folleto se recogían las líneas maestras de Save the Children en su actuación en Sudán respecto a los menores soldados y nos aconsejó viajar a Rumbek para entrevistar a niñas soldado, ofreciéndonos su ayuda y la promesa de que se pondría en contacto con la kenyana Helen, la responsable de campo de Rumbek.

Ya era tarde y nos dirigimos al centro de Juba para comprar los billetes en una agencia de viajes, pero la sorpresa fue encontrar que no había vuelos regulares entre Juba y Rumbek a diario, los vuelos eran poco frecuentes e irregulares, salían casi a pedido, de manera que para la ida a Rumbek hubimos de alquilar un avión. En Juba cerramos un precio para las tres personas que íbamos y nos citaron en el aeropuerto a la mañana siguiente con la consigna de que no nos preocupáramos pues allí alguien nos atendería. No le dimos vueltas al asunto teniendo en cuenta que el aeropuerto de Juba era de bolsillo y por lo tanto enseguida identificaríamos al reactor que nos trasladaría a Rumbek.