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Periodista eventual

El alojamiento que nos espera es un campamento donde ondea la bandera de Naciones Unidas y que acoge tanto a personas relacionadas con este organismo como a cooperantes y voluntarios de organizaciones no gubernamentales. El campamento está formado por hileras de tiendas de campaña marrones, de corte militar, casi sin pasillos intermedios; en cada tienda hay un camastro y un ventilador para soportar los cuarenta grados a la sombra que suelen producirse al mediodía, hemos tenido suerte pues la estación lluviosa está a punto de llegar y no tendremos que sufrir los cerca de cincuenta grados a los que puede llegar el termómetro en plena época seca.

Una carpa a la entrada del campo sirve de comedor y presidiéndola un gran aparato de televisión conectado a la cadena deportiva de la BBC donde se retransmiten ininterrumpidamente acontecimientos deportivos y sobre todo partidos de fútbol, el deporte mas practicado y estimado en el continente africano. Justo en la posición diametralmente opuesta al comedor se encuentran las cabinas que contienen las duchas y las letrinas comunes. Las antenas parabólicas, coloquialmente las setas, que permiten la conexión a Internet vía satélite son, junto a los portátiles individuales, los únicos símbolos de modernidad que pueden encontrarse en aquel alojamiento.

Nadie toca la trompeta a diana para levantarnos, pero por el campamento corretean varios gallos escuálidos que comienzan a cantar más temprano que en otras latitudes, o a  mí al menos me lo parece. Juba está en zona tropical cerca de la línea del ecuador y amanece hacia las seis de la mañana y anochece a las seis de la tarde. Pues bien, los gallos del campamento empiezan a cacarear pasadas las cuatro de la madrugada anunciando el nuevo día y tienen la ocurrencia de  sobrevolar el campamento y se van posando por encima de las lonas que cubren las tiendas por lo que resulta imposible no prestar atención a tan armonioso canto, cuando se tiene al gallo a metro y medio a la altura de la cabeza.

Es el primer día de estancia en el sur de Sudán y nos mostramos deseosos de conocer al menos la ciudad de Juba, desayunamos deprisa y antes de que vengan a buscarnos pretendemos dar una vuelta. Tras pasar los controles de salida del campamento volvemos a estar en la calle principal, la arena rojiza se convierte en lluvia fina de polvo cuando pasan grandes camiones llevando maquinaria pesada. Frente al campamento hay un cuartel que a juzgar por lo que se divisa está plagado de tiendas de campaña con tela de camuflaje. Da la impresión de que en esta parte del país todo el mundo se aloja en tukuls o en tiendas de campaña lo que alivia la sensación que tenemos de vivir desprotegidos como a la intemperie. Al fondo a la izquierda se avista el aeropuerto, sólo hay un avión estacionado. La calle carece de aceras, no existe en realidad calle alguna y parece arriesgado caminar sin saber dónde ir. Así pues, decidimos esperar hasta que vengan a recogernos y volvemos a entrar al campamento.

Nuestro primer destino es el Ministerio de Cultura para obtener un pase que nos permita filmar en el país. Uno piensa cómo son los ministerios en España, grandes, con diversidad de edificios y con quizá demasiados funcionarios, pero Juba nunca tuvo una administración como le corresponde ahora dado el grado de autonomía que se le ha reconocido. Sudán del sur ha de hacer frente a una doble tarea de construcción, la reconstrucción de lo destruido por tantos años de guerra y la creación de la infraestructura administrativa que preste los servicios básicos a los ciudadanos. 

Recorremos algunas de las “calles” de lo que llaman el centro de Juba y de repente a mano izquierda puede verse una plazoleta y una torre en medio desarbolada, un remedo horroroso de una Eiffel de hojalata de unos cinco metros de altura que señala la entrada a la única gasolinera de Juba y a una zona con un denso tráfico de vehículos 4x4 flanqueada por unos puestos desvencijados y sucios donde se venden un puñado de mangos, unas coca-colas o unas botellas de plástico con gasolina para terminar en un mercadillo de ropa usada en perchas, colgadas de una cuerda de unos veinte metros de largo, prendas que con toda seguridad serán chinas. Quedan pocos edificios construidos con materiales de obra en estado semirruinoso y alguna pequeña mezquita indica la tolerancia ante la existencia de negros musulmanes en el sur. El mejor edificio corresponde al único banco que carece de fachada y de puertas de acceso, está abierto a la calle algo que a nosotros nos resultaría inconcebible. El banco está abarrotado de gente que va a hacer transacciones primarias como sacar o a cambiar dinero. Enfrente a la entrada se alinean unas jaulas de cristal donde están los empleados del banco que gestionan la caja y dominando la sala sentado a una mesa ocupada por un voluminoso libro el amanuense de turno escribe despacio y con buena letra el contenido de la operación a realizar, como si fuera un monje caligrafiando un voluminoso incunable soportado por un facistol giratorio. Unos bancos de madera orientados al exterior permiten que unos cuantos clientes esperen su turno, viendo el ajetreo en la calle.

Y ahí termina el centro, enseguida vemos de nuevo las chozas redondas, formando pequeñas aldeas en medio de la ‘ciudad’ fantasma, y tras los tukuls de adobe que vistos en comparación resultan ser casas de lujo, aparecen chabolas protegidas por plásticos viejos frente a unas lápidas que son parte de un cementerio lleno de basura convertido en un albañal. A un lado y otro del camino asoman las cabras triscando hierbas diseminadas por entre los tukuls y las chabolas. Las cabras parecen ser lo único que queda de una fauna que en tiempos debió de ser abundante. Las mujeres y los niños obtienen agua bombeando a mano de unas cañerías con grifos dispersos a lo largo de las calles.

Nos acercamos a una zona donde se ha planeado que se ubiquen los edificios que han de acoger a los diferentes ministerios. El tipo de inmueble es semejante a las viejas edificaciones construidas por los árabes del norte en el centro de Juba, pequeños edificios rectangulares de dos pisos con un patio en medio desde el que se accede a cubículos mínimos, los despachos de los funcionarios. Aparcamos frente al Ministerio de Cultura, al que se le ha asignado un edificio antiguo fabricado con ladrillos que unos albañiles están rehabilitando. Las fachadas están siendo enfoscadas e incluso se utiliza pintura de colores fuertes y algo chillones, de manera que los ministerios y los edificios oficiales parecerán coloniales por los vivos colores que se emplean para pintarlos.

Ningún  letrero indica dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos. En el centro del patio sentadas a unas sillas blancas de resina hay un grupo de mujeres charlando y riendo animadamente, que han acudido a recibir quizá una sesión de sensibilización sobre hábitos alimenticios, de limpieza personal o de cuidado infantil. La gente que nos atiende es muy amable y van limpios, muy aseados y los que llevan ropa con motivos indígenas, son coloristas y los colores realzan el negro de su piel. La piel negra, al igual que la piel blanca, toma distintas tonalidades, y las personas de color negro que llevan años viviendo en el mundo occidental tomaron un tono aclarado, una pátina, como si hubieran recibido baños de sombra pero en Sudán el color de la piel es de un negro intenso, azabache, de un tono achocolatado, visible cuando les da el sol, ese sol tropical que quema la piel. Nos extrañó ver en Nairobi anuncios de crema protectora solar también para las personas de piel negra, porque su color no les exime de protegerse ante un sol a veces implacable que ataca hasta la piel más oscura.

Preguntamos por el ‘negociado’ que concede los permisos para grabar en vídeo y nos introducen en una oficina minúscula donde hay varias personas sentadas charlando animadamente que en cuanto nos ven se levantan y con toda cortesía nos ceden sus asientos y salen de la oficina pues todos dentro no cabemos. La señora que debe de ser la ‘jefa del negociado’ nos distribuye unas fichas para que las rellenemos y nos ruega que esperemos unos minutos. Durante la espera alguien pregunta que de dónde somos y a pesar de la escasez de recursos, de la extremada pobreza, esa persona reconoce a España por los jugadores de fútbol del Barça y del Madrid.

Nuestra jefa de negociado regresa con una amplia sonrisa y recibo mi carné de periodista extranjero acreditado en Juba, mi carné tiene el número 003 y dudo de si este número tan bajo es debido a que soy la tercera persona que lo ha pedido ese día, a que los periodistas extranjeros viajan por allí sin acreditación oficial o que no viajan periodistas al sur de Sudán. Emilio y yo salimos contentos porque pensamos que ese carné nos protegerá cuando estemos filmando frente a miembros de la policía o del ejército a los que no les guste lo que grabamos. También estamos contentos porque no nos han contestado con el vuelva usted mañana de Larra, la productividad ministerial no debe ser elevada como en el resto de las pocas actividades productivas existentes en la ciudad, pero al menos los funcionarios son amables.

Nos queda otra actividad burocrática, ampliar el visado de tres días que conseguimos en Nairobi en otro Ministerio que debe ser el de Interior, fuera no hay carteles que expliquen en qué ministerio estamos entrando y la estructura es semejante a la del ministerio de Cultura, la única diferencia es que el ministerio de Interior es bastante mayor, quizá el doble. El trámite a realizar pasa por sacar unas fotocopias en la única máquina existente en el ministerio, pero como los extranjeros pagan otra vez por la ampliación del nuevo documento, recibimos de nuevo el mismo tarjetón azul que traíamos con dos sellos añadidos, uno  en inglés y otro en árabe. A partir de este momento Juba es nuestra, hemos cumplido las tareas cívicas que nos permitirán estar aquí por unos cuantos días.     

A la caída de la tarde nos acercamos a orillas del Nilo donde tomamos unas cervezas frías. En el sur de Sudán no hay tendido eléctrico y los campamentos, los cuarteles, bungaloes y los escasos chiringuitos existentes, se iluminan con generadores que funcionan con gasóleo, de manera que la corriente eléctrica es inestable y se corta con frecuencia. Pero las cervezas están frías y a la caída de la tarde, el sol baja deprisa, y el calor continúa aunque ya resulta tolerable.

El río Nilo atraviesa o mejor rodea Juba, lleva un caudal importante pese a que no han comenzado las lluvias intensas y tendrá una anchura cercana a los cien metros de orilla a orilla, incluyendo algunos islotes en el medio, pues la zona es muy llana y el río va dando vueltas, formando algunos meandros en su curso. Este Nilo, es un ramal, el llamado Nilo Blanco que nace en el Lago Victoria, aunque algunos sitúan el nacimiento en un afluente en Burundi. El otro ramal, el Nilo Azul nace en Etiopía y luego entra en Sudán donde se une al Nilo Blanco un poco antes de llegar a la capital Jartum, en el norte, y desde allí hay un sólo río Nilo que posteriormente atravesará Egipto de sur a norte para desembocar por Alejandría en el mar Mediterráneo. Aunque la mayor longitud del río la aporta el Nilo Blanco, si hablamos de caudal es el Nilo Azul el que aporta el 80% de las aguas que riegan una buena parte de Sudán y todo Egipto. El río Nilo ha sido otro motivo de disputa que alimentó la guerra civil entre el sur y el norte, cuando el gobierno árabe de el Numeiri decidió en los años ochenta construir el canal de Jonglei que anegaba una parte importante de tierras de labrantío en el sur, derivando parte de las aguas del río para los regadíos en el norte de Sudán y en Egipto, y produciendo un nuevo desplazamiento de agricultores del sur de Sudán.

Desde el chiringuito donde estamos tomando las cervezas puede verse un largo puente que comunica ambas márgenes del río, pero nos dicen que la otra orilla no es segura, que el puente no ha de ser atravesado pues nadie garantiza lo seguridad en aquella orilla, todavía quedan guerrillas sin desarmar por diferentes partes del país. Cuando se hace la noche, al fondo aguas abajo, hacia el noreste del río, las llamas indican la existencia de pozos petrolíferos, otra de las grandes excusas para mantener la guerra civil. Hasta hace poco Sudán no figuraba en los mapas del petróleo al uso y  la guerra ha dificultado su extracción. La empresa norteamericana Chevron descubrió en 1983 petróleo en el norte de Sudán pero los Estados Unidos se retiraron cuando Osama bin Laden estuvo en el país en 1991 y construyó la única vía férrea entre Jartum y Shendi porque según declaró Sudán era un bastión del integrismo musulmán. Aunque Osama además de buscar adeptos capaces de inmolarse se pasaba casi todas las noches en el casino Etiopía de Jartum donde dicen las malas lenguas que tuvo menos éxito que reclutando integristas pues llegó a tener saldos negativos  superiores a los cien millones de dólares USA.

Las pocas compañías occidentales, canadienses y francesas, que explotaban los recursos fueron presionadas por sus gobiernos y por las organizaciones de derechos humanos para que abandonaran el país. El puesto de la petrolera Chevron fue rápidamente ocupado por compañías de China, India  y Malasia que se convirtieron junto a Japón en los compradores más importantes del petróleo sudanés. De hecho China pasó a convertirse en uno de los socios o quizá el socio mas importante para el gobierno sudanés, pues le ha venido protegiendo con su veto en el consejo de seguridad de Naciones Unidas, envió diez mil chinos discretos para construir el oleoducto que unía los pozos con Port Sudán en el mar Rojo de 1.392 kilómetros de longitud, ha aportado financiación para la construcción de infraestructuras, les vende armas además de ropa y calzado y explota las minas de oro, con un mineral mas puro que el que se extrae de las minas sudafricanas.

Pero el conflicto norte -sur se agudizó cuando se encontraron grandes cantidades de petróleo en el sur que el norte sacaba por Port Sudán y del que obtenía una tajada muy superior al sur, rasgo común a lo largo de la historia de las dos regiones sudanesas. La guerrilla del sur, transformada después como ya hemos apuntado en el Ejército de Liberación Popular de Sudán, el SPLA, dirigido por el dinka cristiano John Garang, decidió que no estaban de acuerdo con el reparto desigual de los beneficios del petróleo.

¿Cuáles son esos beneficios? En el año 2005 se produjo alrededor de 345.000 barriles diarios que podrán alcanzar los dos millones de barriles si se consigue la plena producción. Se estima que las reservas comprobadas alcanzan los 1,6 miles de millones de barriles y pueden llegar a significar un 10% de las reservas mundiales de crudo, con unos yacimientos de explotación barata, menores incluso que los de Oriente Medio. En ingresos, en el 2004 Sudán obtuvo 2.000 millones de dólares exportando 250.000 barriles diarios. Con la producción actual se espera para este año que los ingresos superen los 3.000 millones de dólares, si a esto se le añade la apreciación del precio del barril, estamos hablando de cantidades de dinero muy importantes que pueden dar lugar a conflictos de amplio espectro. 

Las cervezas junto al Nilo nos sirvieron para empezar a entender algunas de las raíces del conflicto norte-sur que había durado tantos años. Hundido en el río una vieja barcaza asomaba su proa llena de gaviotas que, apiñadas como turistas en un gran trasatlántico, tomaban el sol a la caída de la tarde. Mientras tanto unos carpinteros ampliaban el bar de un pequeño hotel que incluía bungaloes con aire acondicionado al módico precio de 350 dólares la noche, resultado de la ley de la oferta y la demanda, que empezaba a ser frecuentado por hombres de negocios extranjeros atraídos ante las posibilidades de emprender negocios en un país que comienza desde cero, desde la carencia absoluta.