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 Sensaciones de África  

Entre el anterior viaje a Kenya y éste se habían producido diversos cambios, algunos de índole sentimental, como el originado por una película notable, Memorias de África, que inducía a visitar la casa de la que fuera baronesa Von Blixen, mas conocida por su intérprete en la gran pantalla, Maryl Streep y su amante, un apuesto  Robert Redford quien escenificaba la insuperable e indeclinable invitación a cenar con su amada en la sabana escuchando a Mozart, para deleitación además de la fauna kenyana, desde la tierna gacela Thompson al fiero león, Shimba, en el idioma swahili.  El lugar real donde se ubica la casa es magnífico, sobre una de las colinas que rodean Nairobi donde se encuentran ahora las mejores mansiones de la ciudad, de una vegetación espectacular, con grandes jacarandas y buganvillas floridas, frondosos mangos y un verde que tapiza una enorme extensión que llega a ser colindante con las altas montañas que se divisan al fondo. Y piensas que no es raro que la baronesa quedara prendada de aquel lugar dotado de un encanto particular, con un clima de temperaturas agradables que permiten cultivar una variedad notable de flores y frutas, en la época de los grandes safaris organizados para los cazadores europeos que abatían cuantas piezas les cupiera en gana ocasionando grandes y a veces irreparables destrozos a la fauna africana. 

La casa está plagada de fotografías de la película que permiten evocarla de nuevo y revivir las escenas entrañables colgadas de la memoria y del corazón de los espectadores que han llevado después a miles de personas a visitar Kenya tratando de tener experiencias semejantes a las reflejadas en el filme. Pero también hay fotografías de la auténtica baronesa que nos hacen familiar el paseo, aunque tantos visitantes hayan empequeñecido la casa, engendrando la sensación de que el cine nos ha vuelto a engañar, pero si tenemos en cuenta que la película se rodó en un plató cercano, comprendemos con facilidad las trampas que nos tiende el séptimo arte para permitirnos conseguir una mayor complacencia visual. Todavía se conservan en el jardín algunos útiles y aperos de la época, pero sobre todo hay que detenerse ante la auténtica máquina tostadora, empleada en la película, de un café de baja calidad que dio al traste con los deseos de la baronesa para instalarse definitivamente en Nairobi, una vez que su amante desapareció en un accidente de avioneta.

El paseo por los alrededores de Nairobi se completa con una visita al orfelinato de elefantes. Quizá nos resulte chocante a los occidentales pensar que con tanta hambre que hay en el mundo pueda existir un lugar para acoger a estos animales, parece un lujo desmedido para este continente. Pero estamos en Kenya, un país que vive en gran parte del turismo que llega a visitar sus parques naturales y reservas donde la gente quiere ver y si pudiera además tocar algún espécimen de los llamados big five, los ‘cinco grandes’: el elefante, el león, el rinoceronte, el hipopótamo y el búfalo, y de entre ellos el elefante quizá sea considerado por muchos el mas espectacular y entrañable de los cinco pues carece de la fiereza de por ejemplo el león pero su piel rugosa y su cara anticuada adornada por esas orejas tan grandes como las cabinas telefónicas de Brasil que fueron motejadas de orejones, nos remiten al tierno y conmovedor Dumbo.

Las crías de elefante necesitan un largo periodo de crianza y de socialización que realiza la madre, y por otra parte muchos de los huérfanos lo son por la codicia humana de matar a un elefante y quitarle sus colmillos pese a la prohibición mundial de comerciar con ellos y con el marfil que es su materia prima, así podemos entender mejor la existencia de esa fundación que actúa como madre adoptiva de los pequeños elefantes a los que prodiga los especiales cuidados que requieren.

El horario de visita del público es muy reducido, una hora al mediodía, y allí en un claro del parque los niños de un colegio kenyano, equipados con un uniforme azul marino, escuchan muy atentos, detrás de una cuerda que no han de traspasar, las explicaciones de uno de los cuidadores mientras los pequeños paquidermos de apenas unos meses, abrigados con una mantita, ilustrada con dibujos de jirafas u otros colegas suyos de sabana, enrollada a su lomo, juguetean con las ramas y golpean de vez en cuando una pelota con su trompa como si supieran jugar al fútbol para regocijo de los colegiales. La estampa es conmovedora y los pocos turistas extranjeros inmortalizamos la demostración con nuestras cámaras digitales. Se impone la reflexión sobre la estupidez humana que otorga a veces propiedades milagrosas a ciertas partes de los animales que induce a sacrificarlos, es el caso de los rinocerontes cuyo cuerno central es considerado por los asiáticos como dotado de propiedades afrodisíacas y pagan cantidades desorbitadas por un poco de polvo de esos cuernos, con el resultado de la casi total extinción de la especie.

La tarde la pasamos en tareas prosaicas tratando de conseguir la visa para entrar en el sur de Sudán, objetivo de nuestro viaje. Podría pensarse que para llegar al sur de Sudán, a una ciudad llamada Juba, lo más fácil sería hacerlo a través de Jartum la capital de Sudán. Sin embargo esta última opción en la práctica resulta mucho más complicada que ingresar por Nairobi.

Sudán es un extenso país, el mayor de África con una superficie de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, cinco veces la de España, y unos cuarenta millones de habitantes, algo menos que la población española. Pero la trágica característica por la que se le conoce sobre todo a este país, es porque los sudaneses han estado en guerra civil desde el año 1955 hasta el 2005 en el que se firma en Kenya el acuerdo de paz vigente hoy en día. Durante esos cincuenta años ha habido períodos de paz o de alto el fuego, sobre todo tras un primer acuerdo firmado en Addis Abeba en 1972 hasta 1983 en que se reabre el conflicto bélico, cuando comienza la que se conoce como segunda guerra civil.

Motivos de índole religiosos, económicos, políticos y sociales se han entrecruzado para mantener una guerra civil tan prolongada y a la vez dolorosa, aunque a veces se simplifica diciendo que en el norte predomina la población árabe de religión musulmana en su versión fundamentalista, mientras que en el sur predomina la población negra que practica las religiones tradicionales animistas de sus distintas tribus o el cristianismo.  En la tragedia que sigue viva en Darfur luchan musulmanes árabes contra negros también de religión musulmana y la religión no es un elemento relevante para el conflicto. Luego hay algo más.

En la actualidad, tras el acuerdo de paz de Nairobi, el sur goza de una amplia autonomía y el Presidente del sur es a su vez vicepresidente del alto consejo que gobierna Sudán en su conjunto. Pero que el acceso desde Kenya sea más fácil que desde el propio Sudán es resultado de la política de alianzas del Ejército Popular de Liberación del Sur de Sudán, conocido por lo común, por sus siglas inglesas SPLA (Sudan People Liberation Army). Sudán tiene frontera con nueve países africanos, si comenzamos con Libia y seguimos las manillas de un reloj, los demás países son Egipto, Eritrea, Etiopía, Kenya, Uganda, República Democrática del Congo, República Centroaficana y Chad. Pues bien, Kenya y Uganda han apoyado casi siempre al sur, durante las últimas décadas.

Nos encontramos perdidos, tras varias vueltas por la ciudad, en uno de los mejores barrios de Nairobi, dominado por los chalés ajardinados, y nuestro chofer se detiene para preguntar ante las señas inciertas que poseemos por el edificio que estamos buscando. Por fin nos detenemos ante la puerta de la parcela, sin indicación ni letrero alguno, salvo algunos paisanos sentados junto a la cancela de entrada que llevan armas y gente, negros en su totalidad, que entran y salen de la casa.

Una vez que manifestamos lo que queremos en inglés, en el norte se habla árabe, el idioma oficial del país mientras que en el sur se hablan distintas lenguas sudanesas y como lengua oficial del nuevo gobierno, el inglés.

Rellenamos una ficha y adjuntamos las fotos y el dinero a un señor sentado a una mesita en la entrada principal del chalé donde coloca de forma pausada nuestras fichas sobre un rimero, y nos dice que en una hora podremos recoger nuestras fichas debidamente selladas, firmadas y autorizadas.

Pero transcurre la hora y nada sucede, la gente entra a la casa y tras un tiempo no demasiado largo sale para recibir enseguida el tarjetón azul que contiene la visa. Dentro no pasa nada, salvo que hay que dar nuevas explicaciones con una propina para urgir el expediente y que el funcionario de turno dé curso acelerado al trámite; es viernes y el expediente en curso normal no estaría hasta el lunes o el martes pese a lo que el señor de la puerta nos había manifestado. Nosotros  tenemos billetes de avión para volar el sábado a Juba que según nos dicen se ha convertido en la capital de la autonomía del sur de Sudán. Rogamos e insistimos de nuevo con cara de urgencia y de agobio, aunque ello no haga que se les mueva un pelo a aquellas personas con un concepto del tiempo diferente al nuestro. Tras un par de horas junto a la puerta haciendo guardia para que no se olviden de nosotros, el señor de las fichas nos hace gestos para que nos acerquemos a recoger la rutilante ficha azul, escrita a máquina y con varios sellos, aunque nuestra alegría dura poco, pues la visa es temporal, sólo dura tres días y el mismo lunes deberemos renovarla en Juba.

El avión en el que volamos de Nairobi a Juba es un Douglas con más de cuarenta años, pero el vuelo no es largo, de aproximadamente una hora y media. Para nuestra tranquilidad dentro del avión hay un tráfico importante de personas por el pasillo, hombres tan grandes como armarios, cerca o incluso rebasando los dos metros de altura. En la primera fila, justo la inmediata anterior a la nuestra, se sienta un hombre mayor que luego nos enteraremos que es uno de los comandantes, entendemos que se llama Paulino o algo sí, uno de los líderes de la guerrilla o de su movimiento político, que siguiendo el nombre del ejército fue denominado como el Movimiento Popular de Liberación de Sudán o SPLM (Sudan People Liberation Movement). Junto a él viaja una señora bastante mas joven con un vestido de gasa color siena, moteado de gotas de purpurina dorada que dan a la gasa un brillo esplendoroso y glamour a la dama que lo viste. Aunque nos dicen, sin salir de nuestro asombro ante lo que vemos,  que esa es la actual  mujer y en otra parte del avión, en la trasera, viaja otra esposa del general.

El paisaje del norte de Kenya se prolonga por el sur de Sudán, es la sabana o el monte bajo, el bush cuando se utiliza la denominación inglesa. Resulta curioso que cuando entrevistamos a la gente usaban en inglés la expresión ‘go to the bush’ para unirse a la guerrilla y luchar contra el norte, en el mismo sentido en que en España se usaba en la época del maquis ‘tirarse al monte’ para combatir al régimen franquista.

El avión comienza a descender y lo único que llega a verse son multitud de pequeñas chozas redondas con el techado de paja, diseminadas y agrupadas en pequeños núcleos. Tomamos tierra en una pista asfaltada, la única pista del sur de Sudán que goza de asfalto. El aeropuerto tiene aspecto de cabaña destartalada pero al pie del avión se arremolinan soldados que se sitúan en orden de formación para rendir armas al ilustre comandante de la guerrilla que nos acompaña.

Delante aparece otro mundo, quizá sería mas preciso decir que en realidad no se ve nada. En la sala que hace de aeropuerto no hay máquinas para detectar objetos peligrosos, pero los trámites son rápidos porque un par de soldados cuentan ya con la lista de pasajeros impresa y van tachando el nombre de los que vamos pasando a través de una puerta.

Al otro lado, la calle principal de tierra rojiza apelmazada nos llevará a nuestro alojamiento.