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Winnie la desminadora

“Tras la guerra, llegan las minas” nos dijo Margaret Mathiang, una de las personas responsables del desminado en el gobierno autonómico del sur. Este era uno de los objetivos de nuestro viaje, realizar un documental sobre cómo se realizan los trabajos de sacar las minas sembradas en el campo por las facciones en guerra cuando abandonan sus posiciones.

Si es cierta la afirmación entrecomillada y extrapolamos en este caso el posible número de minas según la duración y la amplitud de la guerra del Sudán, sólo el esbozo del cálculo hace que se nos pongan los pelos de punta y que un nudo nos atenace la garganta, pues se calculan en varios cientos de miles las bombas existentes e incluso algunos dicen que pueden rondan los dos millones 

Por otra parte, cuando pasamos al censo de muertes y calamidades, la mayoría de los informes hablan de más de dos millones de muertos, debidos sobre todo a la hambruna y a las enfermedades ocasionadas por la guerra, cinco millones de desplazados internos, hay que recordar que siguen todavía muchos cientos de miles en Darfur, y cerca de un millón de refugiados en los países limítrofes; todo ello ha creado una de las peores situaciones humanitarias en el mundo y hay países occidentales como USA que hablan de genocidio, aunque la ONU ha evitado emplear ese término pues declaró hace unos años que no debía usarse el término genocidio aplicado a Sudán.

Pues bien, aunque se desconoce cómo se distribuye el número de minas en sus dos categorías básicas, antipersona y antitanque, que hay sembradas en Sudán, la representante del gobierno del sur calcula que hasta el año 2021 no estará limpio su territorio. No tenemos información sobre el norte pero la extensión de este territorio es casi cinco veces mayor que la del sur. La extensión del sur es de unos 600.000 kilómetros cuadrados algo superior a la de España, con una población de unos ocho millones y medio de habitantes, aunque hay todavía zonas importantes en litigio entre el norte y el sur que han de decidir su situación en referéndum, es decir si se quedan en el norte o en el sur. En este último caso, la extensión y la población del sur aumentarían. Por lo tanto, de cara al desminado hay que ponerse en lo peor pues como nos recuerda un viejo y sabio refrán africano, “Cuando los elefantes luchan, la que sufre es la hierba”.  Y tanto sufre la hierba que los cientos de miles de refugiados huidos a los países limítrofes no se atreven a regresar y cultivar la tierra por temor a resultar heridos de gravedad. La zona meridional del sur que comprende las provincias de Equatoria y de los Lagos es apta para la agricultura y goza de caudales importantes de agua como para abastecer de alimentos a gran parte de la población.

Pero la tierra está sembrada de minas y el proceso de desminado es lento. En la segunda guerra mundial también se emplearon minas pero existía un determinado patrón a la hora de colocarlas. Sin embargo, en Sudán no existe pauta alguna, de manera que en una superficie semejante a un campo de fútbol puede haber en un caso cinco minas y en otro doscientas minas. Preguntamos por la diferencia entre un caso y otro. Nuestro experto Ulrich explicaba que el primer caso se clasifica como de baja intensidad y el segundo de alta densidad. La diferencia estriba en las consecuencias respecto al grado de limpieza y los medios a emplear.

Tomamos una camioneta para dirigirnos a Yei, en el límite sur de Sudán cerca de la frontera con Uganda. Yei jugó un importante papel en la guerra pues estaba en el eje Juba- Uganda por donde llegaba ayuda para el SPLA y sufrió duros combates desde ambos lados, además de la ocupación del ejército gubernamental por varios años. La cercanía de la frontera permitió que muchos miles de sudaneses huyeran de la zona de conflicto para refugiarse en alguno de los campos que se crearon con financiación internacional en Uganda. Podría interpretarse que esa área sería de alta densidad de minado pero las explicaciones de Ulrich sobre los patrones al azar existentes en Sudán daban a entender que habría a la vez, campos de alta y de baja densidad según tuvimos la capacidad de experimentar muy a nuestro pesar.

En la zona de Yei trabaja en el desminado  una ONG de origen noruego como su nombre indica, Norwegian People Aid (Ayuda del pueblo noruego), que nos iba a permitir grabar el proceso. La distancia entre Juba y Yei no supera los trescientos kilómetros pero está por supuesto sin asfaltar y hay tramos en estado deficiente aun cuando la época de lluvias no había comenzado en la práctica, pero unos días chaparreaba con fuerza y otros no caía una gota de agua. 

La carretera es de tierra roja y a su paso pueden verse todavía carros de combate destripados en las cunetas. La vegetación es abundante y va aumentando a medida que avanzamos hacia el sur, pues hay un desnivel de seiscientos metros entre los trescientos metros sobre el nivel del mar de Juba y los novecientos de Yei. Grandes carteles con calaveras y la palabra Danger (peligro) surcan los inexistentes arcenes avisando del peligro de minas que hay en la zona y de que tanto peatones como vehículos nunca han de abandonar la carretera, un despiste, un error, pueden causar la invalidez e incluso la muerte. Los nativos caminantes tienen suerte del poco tráfico existente, pues la tradicional imagen del africano y sobre todo de las africanas caminando y cargando en la cabeza un bidón de agua y llevando a cuestas al pequeño de su prole sigue siendo habitual en los caminos del Sudán. En cierto punto del camino nos cruzamos con una señora que llevaba encima de la cabeza una cama de madera que probablemente transportaba a lo largo de varios kilómetros. Pedí al chofer que detuviera el jeep y le hice un ademán de permiso a la señora para tomar una fotografía, la respuesta de la mujer, una mirada entre la sonrisa y la burla amable, era mucho mas entrañable que la que quizá nosotros habríamos mostrado si ella fuera en la camioneta tomando fotos y a nosotros nos tocara acarrear la cama. Esa imagen se quedó grabada en una de las carpetas mentales de mis recuerdos y al regreso he sacado la fotografía una y otra vez para enseñarla a los amigos y cuando volvía a archivarla no regresaba a su carpeta, tenía vida propia y se me imponía. Quizá la señora había querido decirme algo mas que no pudo en aquel fugaz encuentro y trataba de llamarme la atención, y en una de aquellas imaginaciones reflexionadas entendí que aquella ‘dama negra de la cama en la cabeza’ era un símbolo de la guerra de Sudán, siempre huyendo, refugiándose,  siempre escapando de las bombas, de los morteros, de los ataques aéreos de aviones y helicópteros, con los pocos enseres que les quedaban a cuestas, o mejor en la cabeza, con la mayoría de los hombres en el ‘bush’, en el monte, en la guerrilla, eran las mujeres las responsables de salvar lo que se pudiera de la quema de los hogares. Y  además la dama mantenía una sonrisa. 

¿Es posible el buen humor en este contexto? En África lo es. En las respuestas a las preguntas sobre sus expectativas de vida, los africanos mayoritariamente y muy por encima del resto de los habitantes del mundo, se muestran positivos y afirman que van a ir a mejor. Alguien dirá que es lógico pues resulta imposible ir a peor, pero otra gente menos esperanzada estaría llena de ira y de resentimiento. Este tipo de respuestas que dan los africanos negros son las que hacen que los occidentales tengamos quizá una mayor empatía con ellos que con personas de otras etnias. Tienen ganado al menos un respeto, una consideración, una estima, porque ningún ser humano se merece nacer o vivir en muchos de los países africanos al comienzo del siglo XXI.

Llegamos a Yei, el paisaje se ha vuelto frondoso, pero la ciudad está tan desestructurada como Juba. Algunos jóvenes dan vueltas en moto alrededor del centro como lo hacen muchos chicos en pueblos europeos, son motos fabricadas en India, en Egipto, o en China y no puedo por menos dejar de recordar el Amarcord de Fellini donde éste nos mostraba un comportamiento semejante de los jóvenes italianos de los años treinta, en los que estaba ambientada la película. Pasamos por delante de un barracón que debía de ser una escuela, pero las niñas estaban en sus pupitres al aire libre, bajo un porche. Niños y niñas acudían uniformados a las pocas escuelas que hay en el país. El color mas frecuente es el verde, no sabemos si ellos atribuyen al verde el significado de la esperanza como nosotros hacemos o el color, que está también en la bandera,  hace referencia exclusivamente a la hierba, los bosques, o la selva.

Las instalaciones de Norwegian People Aid o NPA como suelen llamar a esta ONG por sus siglas, están en las afueras de Yei y cuentan con barracones edificados con materiales de obra, en particular con ladrillo y cemento, lo que les da cierto lustre. Los barracones, edificados sobre un paseo de mangos que ya están maduros y a punto de ser llevados al mercado, son pequeños y cada uno de ellos incluye cuatro o cinco camastros. Nos extraña una especie de carpa con un techado de paja muy alto y que hace las veces de bar y de punto de encuentro, la rara forma no es perceptible desde cerca pero a medida que nos alejamos da la impresión de ser Odín, el dios vikingo. Por la noche mientras dormimos en los catres se oyen caen varios chaparrones con aparato eléctrico y por la mañana al dirigirnos al barracón del lavabo hay que pasar por encima del barro y del agua remansada en el camino. Unos cuantos mangos que cayeron por efecto de la lluvia, formarán parte de nuestro desayuno.

 En la ONG noruega nos comentan que vamos a ver el trabajo de un grupo de mujeres desminando, algo que sólo ha ocurrido en las últimas décadas en Camboya. Nos apostamos junto a la puerta de salida por donde  parten los carros desminadores, una especie de híbridos entre camiones blindados y tanques; parece un desfile en orden de batalla. Si las minas anticarro explotan con cien kilos de peso, muchas les explotarán a su paso. Y planteamos la pregunta, ¿qué hacen para evitar que los conductores resulten dañados? Cuando los carros llegan al terreno los conductores descienden y con un mando dirigen a distancia los carros para evitar heridas o contusiones.

Es hora de que nosotros también partamos y nos dirigimos a casa de Winnie que es la jefa de la sección de las mujeres desminadoras para llevarla al terreno y que nos muestre en la práctica como se hace la labor de desminado. 

Vamos a recogerla a su casa para conocer su entorno y su barrio aunque mientras están en el campo de minas duerme en un campamento en tiendas de campaña. Pero el concepto de barrio no existe, Winnie vive en una aldea de chozas circulares, de tukuls; contigua a su choza está la de una de sus hermanas con dos niños pequeños con la que convive. Winnie tiene 27 años y se expresa correctamente en inglés. La hermana no, sólo habla árabe, y se quedará en el poblado cuidando de los niños y de una perola sobre una trébede encima de un fuego de leña.

La choza de Winnie da gusto verla, a diferencia de otras que visitamos. Está limpia, reluciente, el mobiliario es escaso, mínimo aunque no minimalista para no confundir al lector, pero tampoco cabe mas, hay un camastro con una colcha blanca bordada por ella, y un mosquitero de gasa blanca  suspendido sobre el jergón. Pegado a la pared circular cuelga un cartel en inglés cuyo lema es “with fair play, anyone wins” (todo el mundo gana con el juego limpio), le debe de gustar mucho a Winnie porque el afiche está duplicado y para que resalte sobre el blanco de la pared le ha pintado unas flores con hierbas. La choza tiene unos dos metros de diámetro justo para la cama, dos sillones de resina, uno blanco y otro azul, y un estante para la ropa. Lo demás es comunitario. La cocina no existe, pero su hermana, como decíamos antes, cuida de una cazuela al fuego. Winnie nos cuenta que parte de la paja del techo está rota porque encima del tukul hay un mango muy hermoso y alto pero plagado de frutos que al caer ya maduros, desde una altura de diez o quince metros, le causan desperfectos que ha de reparar cuando le llegue su tiempo de descanso.

Winnie, al principio un poco rígida hablando ante una cámara y delante de varios extranjeros blancos, va poco a poco soltándose y nos cuenta que está contenta porque contribuye a la comunidad y ayuda a su país en un trabajo que las mujeres realizan codo con codo con los hombres. Está bien pagada, gana unos 250 dólares al mes, aparte de comida, alojamiento y otros beneficios, que le permiten costear los gastos de doce miembros de su familia, incluyendo a su madre, su padre, la mujer actual del padre, los hermanos con sus hijos y un niño pequeño que ella tiene y que le cuida la madre en Uganda donde ella vive todavía en un campamento de refugiados.

Winnie también vivió durante años en el mismo campamento en Uganda cuando sus padres huyeron, allí fue a la escuela primaria y aprendió inglés, después comenzó a trabajar tres años en campos de refugiados con sus compatriotas y seis meses con mujeres maltratadas. Finalmente decidió regresar a Yei, tras el acuerdo de paz, y se alojó en casa de una tía mientras encontraba trabajo. Un día vio el anuncio en el centro de Yei y se presentó, en total se presentaron veinte  mujeres, todas ellas con edades superiores a los veinticuatro años, y aprobaron diecinueve. Tuvieron un periodo de formación y entrenamiento y empezaron a trabajar sobre el terreno, todas menos una que se dio de baja. Las dieciocho formaron la primera cuadrilla de desminadoras sudanesas.

Alrededor de la choza de Winnie se ha ido reuniendo la mayoría de los habitantes de la aldea, sobre todo niños y niñas de diversas edades que organizan un griterío tremendo cuando al final les repartimos rotuladores, cuadernos y fotos de los jugadores del Madrid y del Barça para los chicos. La fuerza del fútbol como elemento de comunicación es tremenda pues hasta en las pequeñas aldeas los chicos conocen a algunos de los jugadores famosos como Ronaldinho, Robinho o Beckham, pero no sólo de los equipos españoles sino también de los equipos ingleses o italianos. Los chavales se abalanzan para agarrar el mayor número posible de objetos, y hay que estar al tanto para que algunos no queden sin nada, llama la atención un pequeño sonriente con unos mocos largos como velones que nos mira con ansia porque lo están dejando fuera de juego y voy hacia él para hacer justicia entre aquel pequeño grupo de chavales de ojos grandes y redondos como ascuas de carbón.

Reiniciamos la marcha para observar sobre el terreno como se hace el desminado pero un par de kilómetros mas adelante hemos de parar bruscamente pues la carretera está cortada y hay una cola de camionetas y furgonetas esperando no sabemos qué. Nos bajamos para enterarnos de lo que sucede, y unos soldados nos piden que no avancemos, que nos detengamos y entremos en nuestro vehículo, porque la situación es peligrosa. Se nos ponen las alertas disparadas al máximo como las orejas de los elefantitos del orfanato de Nairobi. Nuestro chofer regresa  cabizbajo, como rumiando algo consigo mismo y trata de sacar su angustia contándolo,  parece ser que han encontrado una mina antitanque a unos cinco metros del margen derecho de la carretera y hay que esperar a la opinión de los técnicos, si extraerla para explotarla después o hacerlo allí mismo.

Le preguntamos a Ulrich cómo es posible que si esta carretera había sido previamente limpiada, contenga una mina antitanque tan cerca. La respuesta está en línea con lo que nos había contado la víspera sobre las zonas de alta y baja densidad. La clasificación al principio se hace en función de la valoración y de los comentarios que hacen los paisanos de las aldeas o alguna unidad del ejército que reside cerca. Esta era una zona que había sido declarada de baja densidad, frágil declaración que puede no ser válida en cuestión de segundos. Nosotros creíamos que estábamos transitando por una carretera si no segura, si desminada, y la realidad era muy otra. Ulrich siguió diciendo que la actuación de las máquinas no es todo lo eficiente que podía pensarse, no sólo porque su actuación se ha de realizar en terreno llano sino porque entre sus aspas pueden quedarse minas y lo mas seguro es que tras los carros pasen los perros para hacer una verificación y control mas finos, pero eso enlentece y encarece el proceso cuando ya el punto final se  ha puesto tan distante como el año 2021.

Pedimos permiso para grabar y, como éramos invitados de la organización responsable de la limpieza de la carretera, nos autorizaron la filmación. Emilio carga con la cámara y nos acercamos tanto como nos dejan, nos movemos despacio como con respeto y sobre todo con un poco de temor y de miedo. La mina es del tamaño y el aspecto de una tartera grande, yo diría que demasiado grande, en principio  puede resistir mas que el peso medio de una persona, cien kilos, sin embargo las minas antipersona sólo requieren para activarse un peso de sólo 25 kilos y por esa razón se usan los perros. La gente se arremolina alrededor de la cinta que corta la carretera, algunos chavales aprovechan para hacer algo de negocio y vender refrescos al personal de los vehículos que se han visto obligados a detenerse. Una persona dotada con una tarjeta de identificación explica a viandantes y viajeros lo que ha sucedido y que el corte de la carretera se hace por razones de seguridad para que nadie resulte herido. Un técnico se lleva finalmente la mina porque han decidido explotarla en otro lugar.

La parada dura una media hora y nos volvemos a poner en marcha. Winnie nos cuenta que sabe del peligro de su trabajo y que ha de poner una gran concentración en su tarea para evitar problemas. A la pregunta, “¿piensas en algo mientras trabajas?”, da una respuesta que podría parecer de manual, o políticamente correcta,  “no, sólo en mi trabajo, no puedo pensar ni en mi familia, ni en mi niño, el trabajo requiere una concentraron absoluta”, pero la respuesta resulta creíble por la convicción con que la expresa y transmite.

Llegamos al campamento y bajo la carpa de una tienda Monduwara, un jefe de grupo, nos explica ante dos pizarras blancas de Veleda, en una la historia de las minas de Sudán y el número de minas que su equipo ha sacado, once anticarro y ciento nueve antipersona, mientras que en la otra pizarra hay un gráfico del terreno y los lotes a desminar así como de las precauciones que han de tomarse en el proceso de desminado.

Mundawara nos enseña los distintos palos de balizamiento que se emplean para señalar los lugares limpios o aquellos donde se sospecha que hay minas para pasar a la fase del trabajo de las personas. Es el momento en el que Winnie entra en escena para hacer una demostración del equipo de  protección que hay que emplear, lo que en su jerga llaman PPE (Personal Protection Equipment) usando las siglas en inglés del ‘equipo de protección personal’ compuesto por un mandil rígido que se abrocha de adelante atrás y una visera de plástico endurecido que cubre toda la cabeza.

Después nos enseña las herramientas a de utilizar en su tarea, empezando por las tijeras para desbrozar el terreno, el detector de metales que pone de manifiesto la existencia de metales en el campo, sean minas o no; después en caso positivo Winnie ha de emplear unas agujas largas y finas para atravesar la tierra hasta que toca la pieza de metal y por último usa una pequeña pala para retirar la tierra hasta descubrir la mina.

Nos acerca los equipos de protección que también habremos de ponernos pues el terreno al que vamos a ir para el ensayo no está libre de peligro y al igual que nos hemos topado con una mina antitanque tan grande como una tortilla de patata para una familia numerosa en una carretera ya limpia, también podríamos tropezarnos con otra mina de tipo semejante o aunque sólo fuera antipersona. Esto no es un juego sino resultado de la guerra y de la inquina humana.

Llegamos caminando al lote elegido, hace un calor sofocante, el sol está sobre nuestra vertical, debe de ser mediodía y por el rostro concienzudo de Winnie caen chorros de sudor que la obligan cada poco tiempo a detenerse para limpiar la visera y poder continuar. Nos va contando a la vez que trabaja, los pasos que va dando y las tareas específicas que realiza. El detector pita cuando Winnie lo pasa por encima de un punto y nos quedamos todos callados e inmóviles. ¡Cuidado, ojo! Ella sigue contando su operación como si fuera lo mas normal del mundo, eso sí, trabaja de manera concienzuda y minuciosa, los movimientos son pausados y cubriendo todo el terreno para no dejar nada. Por fin saca un trozo de piedra con alto contenido en hierro por lo que se comporta a efectos del detector como una mina. Respiramos relajadamente, nadie dice nada pero para prueba es suficiente.

Hasta ahora sólo ha limpiado cinco metros cuadrados en media hora, hay varias secciones trabajando a la vez, pero entendemos lo que nos dijo Margaret, la responsable del gobierno, de que se había limpiado en dos años alrededor sólo de un diez a un quince por ciento del terreno total a desminar.

El minado sólo tiene una meta amedrentar a la población y para ello sitúan la minas en los caminos y en los accesos al agua que los habitantes de pueblos y ciudades usan para beber, lugares muy frecuentados por la población civil que es la que resulta lesionada por las minas. Pese a todo la tasa de accidentes no es demasiado alta, muy inferior a la que los automóviles causan en los países desarrollados. Sin embargo, se cubre el objetivo de los criminales que pusieron las minas, pues la población tiene miedo, se amedrenta, y los refugiados que después de todo viven mejor en los campamentos de los países limítrofes se resisten a regresar.

De vuelta a su campamento Winnie ha de arreglar su tienda, está acostumbrada a vivir en lugares muy pequeños donde el orden permite que la vida sea un poco mejor. Tiene un periodo de trabajo de ocho semanas y trabaja de lunes a sábado, en jornadas de ocho horas, tras ese período descansa dos semanas y media, de las cuales una la dedica para estar con su niño al otro lado de la frontera en Uganda y otra para arreglar su choza en Yei. Además está contenta de realizar una tarea que repercute en el resto de sus conciudadanos, algo que se repite mucho en todas las entrevistas que hemos mantenido, y a ello hay que añadir que su trabajo antes estaba mal visto, se pensaba que no era un trabajo para las mujeres sudanesas porque los hombres consideraban que se requerían mas fuerzas de las que una mujer tenía. Por lo tanto otro timbre de honor para ella era realizar un trabajo en igualdad de condiciones con los hombres y eso la había llevado a reflexionar que no había trabajos a los que las mujeres no pudieran acceder. Quizá esta sea una consecuencia positiva de la guerra para algunas mujeres, aunque para llegar a ella no hacía falta librar una guerra civil y durante tantos años.