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Princesas entre cuerdas (Capítulo I)

Uno de nuestros oyentes que responde a las iniciales C.M. de Madrid nos envía a nuestra sección “Los secretos de la música”, una pregunta que lanzamos al aire y esperamos sus respuestas en próximos programas,

‘yo creo que la música clásica tiene un encanto superior al resto de las artes pero no sé la razón. ¿Podrían ayudarme?’

“y ahora les dejamos con el último movimiento de la Sinfonía   nº 9 en mi menor del Nuevo Mundo de Antonin Dvorak en versión de la Orquesta de la Radio Bávara bajo la dirección de Rafael Kubelik.”

No me ha dado tiempo casi ni para acabar el programa, le he pedido a Alfonso el realizador que luego ponga la cuña anunciando el de la semana que viene. No tengo ni idea de quiénes son nuestros oyentes, pero algunos nos hacen unas preguntas bien rebuscadas: ¿a quién le importará saber el sentido de la música? Busco las llaves del coche y al bajar las escaleras del parking se me ha quedado un tacón enganchado en la maldita rejilla y casi me mato. Por llegar volando salí disparada, me salté un semáforo en ámbar y el guardia de la Plaza de Castilla me echó una mirada fría que me dejó paralizada, pisé el pedal del freno de manera inconsciente y casi me da un topetazo el coche que venía por detrás.

Mi madre llevaba tiempo diciendo que podía ocurrir en cualquier momento y tenía razón, al fin y al cabo ella es la que vive con él. Ceferino, terco como una mula, montaraz, se mostraba un poco autista durante los últimos tiempos; yo llamaba por teléfono a casa de mis padres y si era él quien primero descolgaba, decía dos palabras y a la tercera estaba llamando a gritos a mi madre para pasarle el auricular, sin preguntarme siquiera por sus nietos ni por su admirado Sergio. Y lo peor es que - pensaba mientras conducía rápido con las manos casi agarrotadas al volante- seguro que llego al hospital echando la lengua, mis hermanas no están aquí, y encima ni me dirigirá la palabra. Igual les sucedería a ellas, pero no me sirve de consuelo.

Me cuesta imaginar que este hombre haya sido así durante más de setenta años. También me pregunto cómo mi madre lo habrá aguantado, aunque en los últimos tiempos parecía un vegetal, que le basta con que le rieguen echando un buchito una vez a la semana, como un poto, o un ficus. Pero dudo de que Marina con su fortaleza de carácter hubiera soportado esa situación por tanto tiempo, mi padre en algún momento debió de ser amable y querer a sus hijas, contentarse sacándonos de paseo y llevándonos al parque, o a caminar por los montes del ‘queji’.

No será porque no obedecimos sus designios estudiando música y aprendiendo los instrumentos como el quería. Debió de imaginarnos como las niñas –orquesta, anunciadas en grandes carteles sobre las vallas publicitarias de las principales calles del país “el quinteto Muro en concierto”. Resulta ridículo con lo que ha llovido en el mundo concebir que pueda suceder algo así. Quizá haya un par de hermanas gemelas que toquen juntas el piano, pero cuatro chicas acompañadas de su padre es algo que no se les ocurre ya ni a los chinos.

Las palabras de mi madre no dejaban dudas, la situación era crítica, el infarto podría repetirse otra vez y si eso sucedía, mi padre no saldría.

Todavía no había tenido tiempo, ni siquiera me había acordado, de telefonear a mis hermanas. La única que estaba en Madrid no sé cómo iba a reaccionar. Después de la última trifulca hace más de diez años no se había vuelto a hablar con mi padre; parece que tuvo una debilidad recientemente, le llamó por teléfono para felicitarle por su cumpleaños pero él no quiso ponerse y se la llevaban los demonios, nunca volvería a hablar con él aunque fuera su padre, había cerrado la puerta, o un muro, haciendo honor a su apellido.

Violeta reconocía su pasado turbulento, había incluso puesto en riesgo su vida y desde luego había ocasionado grandes jirones en la sábana inmaculada de la honra de su padre, pero de aquello hacía ya bastante tiempo y últimamente llevaba una vida relajada, tranquila en casa, con sus hijos. Eugenia vivía en Londres desde que se fue a los dieciocho años y es seguro que llegará la última. A Águeda tal vez le resulte más fácil desde Barcelona, siempre que pueda dejar a sus hijos con sus padres respectivos.

Estaba subiendo por las escaleras tras pasar el control de la recepción cuando caí en la cuenta de que no sabía en qué planta estaba ingresado mi padre y no me quedó otro remedio que desandar el camino bajando los escalones de dos en dos. La cola frente a la ventanilla de información del hospital llegaba hasta la puerta de entrada y nadie parecía hacerse cargo de la urgencia que me punzaba. Se me ocurrió tomar el ascensor para llegar antes y la pifié, pues el ascensor atestado se detenía en cada planta donde la gente entraba y salía como si aquello en vez de un hospital fueran unos grandes almacenes.

Mi madre se encontraba en el vestíbulo de la planta, frente a la puerta de la UCI, demacrada, ni siquiera había tenido tiempo como era habitual en ella, de darse un poco de color en el rostro. Lo primero que me espetó con voz temblona es “tu padre es un cabezota”; a media noche la había despertado para contarle que le dolía cerca del corazón, “sólo son gases”, pues ya le había pasado en otras ocasiones, “no te preocupes”, pero ya no se pudo dormir, y ella no dejaba de preguntarle a cada rato cómo se encontraba y al ver que no mejoraba le insistía una y otra vez para que se fueran al hospital hasta que lo vio fatal y llamó a urgencias.

“Los médicos de la ambulancia me han dicho que tenía un infarto y lo han subido directamente hasta la unidad de cuidados intensivos. Si no le repite saldrá con vida, pero si le vuelve, aseguran casi al ciento por cien, que no vivirá, ¿tú crees hija que saldrá?, ¿has llamado ya a tus hermanas?”.

No supe qué decir era como si me hubiera quedado muda, anonadada, mi padre era mayor pero se conservaba de maravilla. Seguía usando su corsita, como había apodado a su coche tan viejo como Matusalén, pues aquel carromato ya no cumpliría los veinte años y semana tras semana se marchaba al ‘queji’ donde teníamos una casita que utilizaba como base para dar largas caminatas por el monte que destrozarían a un adolescente. Mi madre le insistía para que se comprara un móvil y lo llevara consigo durante las excursiones serranas, “¿y si tienes un percance y no puedes pedir auxilio quién te va a encontrar por esas cañadas que ya no usan ni los pastores?”

Así que en su último cumpleaños le compré el aparatito. No puso demasiados reparos al contrario de lo que acostumbraba a hacer con el resto de los regalos que le comprábamos en reyes o por su cumpleaños. A todos los regalos les ponía algún pero, incluso hacía objeciones a las camisas, a los jerséis o a los discos de música que él nos había comentado que le gustaban, pues nos prescribía lo que habíamos de comprarle no fuera a ser que “tiráramos el dinero en tonterías que luego no usaba”. De manera que habíamos ido dejando de hacerle regalos. Yo, pese a todo, no le hacía caso, tenía mi truco, primero insistía hasta que intuía el regalo que prefería.

Esta vez parece que le gustó disponer de un teléfono móvil, aunque cada vez se comunicaba con menos gente y sus conversaciones eran casi telegramas. En esta ocasión, mi madre me contó, se encerró en su habitación con el folleto explicativo en diez idiomas y empleó varias tardes para entender las principales funciones del aparato, lo que no fue óbice para que dos semanas después me hiciera una serie encadenada de preguntas que hacían suponer una comprensión cero del folleto. Le expliqué lo que tenía que hacer para recibir y hacer llamadas y le dejé grabados en la memoria del aparato los teléfonos de mayor uso por si tenía alguna emergencia en el monte. Pero no le había hecho falta el móvil, el infarto le pilló en la cama y ya estaba a buen recaudo en el hospital, donde lo estaban tratando.

A la hora convenida dejaron pasar a los familiares, agarré a mi madre del brazo y entramos en la sala. Había varios enfermos pero enseguida vimos a mi padre, estaba con los ojos cerrados. La doctora nos dijo que estaba sedado y que el ataque no le había repetido, aunque había que esperar que no se repitiera al menos en las setenta y dos horas posteriores al infarto y después ya se vería. A mi madre se le humedecieron los ojos, siempre tan contenida, y se me agarró levemente a la manga de la chaqueta como para recibir mi apoyo, así que con el brazo y la mano derecha sujetaba y daba ánimo a mi madre mientras que con la izquierda me acerqué hasta tocar la mano de mi padre que no estaba pinchada para transmitirle cariño, un cariño que casi con seguridad no sentiría, pero nadie sabe lo que un enfermo puede percibir en una situación así, yo al menos no había pasado por algo semejante en mi vida. Diez minutos después nos comunicaron que debíamos abandonar la sala.

- ¿Águeda?, Cefe está mal, hace unas horas ha tenido un infarto, tienes que venir lo antes posible,

- imposible, a tu padre no lo tumba ni un infarto

- no seas burra hermana, papá está mal, cuesta pensarlo pero a lo mejor le está llegando su hora

- no puedo creer lo que me dices, si es un roble

- basta ya, Águeda, hazlo aunque solo sea por mamá, no sabemos si para ella será una liberación, pero ahora está angustiada y necesita de nuestra compañía. Vete al aeropuerto y toma el primer vuelo del puente aéreo. Si los chicos no pueden quedarse solos, tráetelos y que se queden en mi casa con Sergio

- está bien, calcula que a media tarde estaré ahí, ¿en qué hospital estáis?

- en el Ramón y Cajal, puedes venir directamente por autopista desde el aeropuerto.

Me resultó agotador, sometida como estaba a una tensión tan grande, convencer a mi hermana mayor, aunque quizá no tardé ni dos minutos, pero si tenía en cuenta que Águeda era la menos problemática me quedaba una ardua tarea, y hasta puede que se agotara la batería del móvil. Dejé para el final a la pequeña porque si lograba convencerla, ella que vivía cerca, llegaría enseguida. Eugenia estaba comunicando y saltaba el buzón de voz de su teléfono móvil, pero no quería dejarle un mensaje, debía de hablar con ella. Mi madre me interrumpía a cada poco para saber el paradero de sus hijas y las respuestas que estaban dando. Y hacía comentarios del tipo, “mis hijas tienen razón en no querer a su padre, él se lo ha ganado a pulso y su obligación como padre es haber sido paciente con ellas, pero ahora no se dan cuenta de que se muere y quizá sea la última vez que lo vean”. Yo nerviosa marcaba una y otra vez y por más que intentaba hacerlo bien cometía muchos errores al pulsar las teclas, y tuve que marcar un montón de veces. En cierto momento escuché a mi hermana diciendo en inglés “Eugenia al habla” y me relajé.

- Eugenia, llevo un cuarto de hora llamándote y estás todo el tiempo comunicando, se trata de una urgencia y no tengo manera de localizarte.

- Alto, alto, me contestó, no sé a que vienen tantas prisas Cecily (solía pronunciar mi nombre en inglés cuando la contrariaba), estoy en el trabajo y llevo un día horroroso de citas y reuniones, así que no me eches la bronca y explícame por favor qué sucede, porque siguen entrándome otras llamadas, que según mi secretaria he de atender,

- Eugenia, papá se muere,

- No puede ser Cecilia, si hace una semana hablé contigo y estaba en plena forma, me dijiste, y seguía con sus caminatas por el ‘queji’, ¿qué ha pasado?

- Perdóname la precipitación,  no te he explicado lo que en realidad sucede, pero has de entender que algo grave pasa cuando te digo que papá se muere, si no fuera grave no te habría llamado en medio del trabajo,

- ¿Puedes por favor explicarme de una puñetera vez qué sucede?

- De acuerdo, Eugenia, ya aterrizo, papá ha tenido un infarto de madrugada y está en el hospital,

- Bien, pero muchas personas sufren un infarto, supongo que de corazón, y sobreviven

- Ha sido un infarto de miocardio, en efecto, pero han dicho los médicos que si le repite en los próximos tres días su corazón no resistirá. Tienes que venir lo antes posible.

- o.k., Cecilia, pero ¿puedes darme algún otro detalle de lo que dicen los médicos?

- No me pidas tanto detalle, no sé si los problemas están en el corazón de nuestro padre o en el tuyo.

- Oye, no me tires de la lengua, Cecily, - retornó al inglés supongo que para distanciarse de mí- cuando se trata de nuestro padre las palabras relativas al corazón, como cordialidad, no expresan con precisión su comportamiento con nosotras, o al menos conmigo.

- Está bien, esos son tus sentimientos y acaso no puedes contenerlos, pero podrás entender que nuestro padre se muere y sería bueno que vinieras al menos para despedirte. El pasado no podemos cambiarlo, pero yo al menos me sentiría mejor si pudieras verlo. Ahora bien, la decisión es tuya.

- De acuerdo, de acuerdo, tienes razón, dejemos de darle vueltas al tema, porque cuando se trata de Cefe me descompongo. Voy a pedirle a mi secretaria que me reserve el primer vuelo para Madrid.

Estaba agotada. La conversación con Eugenia me había superado; la frialdad de mi hermana, su rigidez, me hacían ver la cara de mi padre cuando se ponía testarudo y nos obligaba de pequeñas a comernos las judías pintas que tanto odiábamos. Tal vez ella era la hermana que se le parecía, más de lo que ella hubiera imaginado o le hubiera gustado. Al final venía, pero la discusión con ella era como una carrera de obstáculos cada vez más altos y difíciles de superar. Se lo comenté a mi madre que sonrió, “si Eugenia viene también lo hará Violeta”. No llegué a comprender la deducción de mi madre pero tampoco pretendí entenderla, solo que me dio ánimo para llamar a mi hermana pequeña.

- Violeta, soy Cecilia, te llamo porque papá está muy enfermo, tiene un problema cardiaco y estamos en el hospital.

- ¿Es grave?

- Parece que sí, está en observación.

- No te preocupes que enseguida voy, aviso a la gente del grupo de jazz, para que esta noche no me esperen,  ¿y mamá?

- Puedes imaginártela, destrozada, yo creo que lo esperaba, pero la confirmación por los médicos de que se han realizado sus temores la ha dejado sonada, noqueada como un boxeador.

- Si no hay mucho tráfico estaré con vosotras enseguida.

Al colgar exhalé con un respiro hondo como si mi tórax fuera un gran bidón de gasolina. La hermana que podría poner mayores reparos había respondido solícita a mi llamada, sin pedir explicaciones ni aclaraciones. A veces piensas que conoces bien a tu familia y a la hora de la verdad sabemos más de los amigos o de otros compañeros que de aquellos con los que hemos convivido tantos años. Todas las hermanas nos habíamos peleado con Cefe pero seguro que por distintos motivos.

Mi madre estaba contenta de tenernos por fin juntas a las cuatro aunque el motivo de la reunión no fuera causa de alegría, no recuerdo la última vez que nos juntamos todas, era como si tuviera que remontarme a un pasado muy lejano cuando éramos pequeñas, en la casa de ‘El Quejigal’, en verano, por la tarde tras la siesta, cuando salíamos todas juntas a la pérgola para ensayar con nuestro padre el quinteto de La Trucha.