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Princesas entre cuerdas (Capítulo II)

Hasta la mañana siguiente no logramos juntarnos toda la familia. La buena noticia era que mi padre mejoraba y lo iban a trasladar a la planta donde estaríamos más tranquilas. La habitación era de dos camas pero, por suerte, la otra cama estaba desocupada. Nos reunimos las cinco a la espera de que hiciera aparición mi padre y enseguida llegó Cefe radiante como el torero cuando da el paseíllo y saluda a la afición. No parecía venir en una simple camilla sino que su actitud era la del que iba en un lecho llevado en andas por sus devotos como si de un papa se tratara, aunque a quien saludaba era a sus mujeres.

Cuando nos vio a todas no pudo disimular la emoción, su rostro por lo general estriado y arrugado se conmovió, yo creo que resignado a la idea de no volver a ver junta a su familia pero convencido de que no era por su culpa, el infarto le había ablandado no solo el músculo cardiaco.

- ¿Qué hacéis todas aquí? Hay que morirse para que le vengan a ver a uno, dijo con un hilillo de voz que se iba fortaleciendo a medida que pronunciaba la frase,

- No digas tonterías, Cefe, o algo parecido, fue nuestro comentario.

Desde pequeñas nos enseñó a que le llamáramos por su nombre, pero como Ceferino era tan largo, lo fuimos abreviando y en poco tiempo no sé si Águeda o Eugenia le pusieron Cefe y así se quedó. Nos fuimos acercando de una en una para darle un beso que esta vez no era protocolario. Hacía tiempo que yo no veía a Violeta darle un beso tan afectuoso a mi padre pero en aquel momento le salió la niña pequeña de la familia que había sido tal vez su preferida, a pesar de que mis hermanas siempre que tenían ocasión recalcaban que yo era la predilecta. Eugenia que estaba algo rezagada se estiró cuan larga era para besarlo y pese a tener que soltar un poco la rigidez de sus músculos, se relajó tanto que a punto estuvo de caer sobre la cama. Al acercarme yo me preguntó al oído por los niños pero sobre todo por Sergio, o eso me pareció por el énfasis que puso.

- ¿Al menos habréis traído los instrumentos, chicas? Ya que no podemos dar una caminata por la sierra, ensayaremos

- Ceferino, le requirió mi madre, los médicos han insistido en que estés tranquilo, sin moverte hasta que pasen setenta y dos horas y sólo han transcurrido veinticuatro desde el infarto 

- O sea que no me queda otra, respondió, que aguantar escuchando a cinco mujeres cómo se meten conmigo, cómo me despellejan. Y por lo visto ya no me quedan fuerzas para luchar, los médicos dicen que tengo el corazón blanducho como un flan. Pero no os fiéis, ya conocéis aquel refrán de bicho malo nunca muere.

Hablando de dichos me surgió otro, el de ‘genio y figura hasta la sepultura’. Ni en el lecho de muerte era capaz de cambiar, de corregirse, de contenerse aunque solo fuera un poco, yo esperaba que el infarto le hubiera transformado para mostrarse como la persona campechana, bonachona y cariñosa que nunca fue y que hubiéramos podido vivir aunque sólo fuera por unas semanas, días o quizá por unas pocas horas, otro Cefe distinto del que nos tocó como padre en la rifa de la vida. Siempre oí como excusa que uno nunca elige a sus padres y era un adagio perfecto que se le adaptaba como un guante en su caso.

Miré a mi madre y Marina parecía otra, con unas ojeras como surcos profundos, era como si se hubiera retrotraído a los últimos años en los que ya no les quedaba casi nada por compartir porque su marido había agudizado los rasgos negativos que tanto daño nos habían causado, y se había convertido en un ser irritable, hermético y distante, tan lejano del Cefe que ingresó en el Real, al que conoció cuando se enamoró de él siendo un simple repartidor de sombreros, como nos contaba de pequeñas.

Parecía un examinador en un tribunal, cuando cada una de nosotras hizo de tripas corazón para presentarle un resumen de cómo le había ido en los últimos meses, pero nos esforzamos tanto que sonaba a un informe, como el que se presenta al jefe para informar sobre la marcha de los proyectos que realizamos. Después de que todas le pusimos al día de nuestras idas y venidas, sin nadie declararlo nos habíamos actualizado unas a otras y parecía como si hubiéramos empezado de adelante hacia atrás un camino plagado de recuerdos. Quizá cada una había reflexionado en otro momento pero aquella ocasión desde luego era  propicia al descubrimiento y a la memoria de tantas cosas compartidas, aficiones, juguetes, casa, verano, amigos, y los mismos padres, pues eso era a la postre lo que nos había convertido en hermanas.

Violeta, movida como por un resorte, se lanzó a preguntarle a mi padre cómo y cuándo se le ocurrió comprar la casa del ‘queji’ que tanto le gustaba, pero llegó la enfermera y nos espetó que mi padre tenía que descansar y solo podría permanecer una persona en la habitación. Establecimos un orden entre las hermanas para turnarnos mientras mamá descansaba en su casa, donde decidimos poner el cuartel general. Trasladé a mis hermanas y a mamá a su casa. Resultaba extraño vernos tanta gente en aquel piso, aunque en realidad ninguna de nosotras había vivido allí.

Cuando me fui con Sergio, mis padres decidieron dejar la casa de Viriato donde habíamos nacido y compraron otra algo más pequeña pero con las comodidades de las viviendas modernas, con calefacción, un portal con espejo y sobre todo con ascensor pues mi madre tenía artrosis en las rodillas y le costaba una enormidad subir tres pisos andando por la escalera de Viriato.

Marina tenía arreglado el piso con gusto, había confeccionado las cortinas con su Singer a pedales que todavía conservaba y que ahora tenía el pedigrí de lo antiguo con un buen acabado, pues la máquina encastrada se plegaba dentro de un mueble de madera y quedaba disimulada como si aquello fuera un pequeño aparador con unas tapas que llevaban pintadas unos búcaros con flores.

No había muchos muebles ni eran de buena madera, pero ella había elegido una cómoda de estilo inglés y un aparador de corte clásico que adornaban su dormitorio y el salón. Las paredes lisas pintadas en colores cálidos y matizados, unas tirando a melocotón y otras a garbanzo, daban un aire acogedor a aquella casa. Había colgado algunos objetos que nosotras le regalamos en diversas ocasiones, una caja de cristal con una reproducción de instrumentos chinos en miniatura, un cuadro de Venecia que le compré cuando Sergio y yo fuimos a celebrar un aniversario de boda, o unas telas inglesas brocadas que le envió Eugenia y que ella mandó enmarcar.

No habíamos vivido allí, pero olía a nuestra familia, mi madre no había conservado muchos objetos de la antigua casa, pero en la nueva se podían advertir y degustar sabores familiares que desde pequeñas habían impregnado nuestros sentidos, el café que ella preparaba haciendo la infusión en un puchero y luego colaba con la manga de fieltro, la purrusalda de bacalao en la cuaresma, el pimentón de las patatas a la riojana o cuando había algo más de dinero, el cordero asado, o las rosquillas que le ayudábamos a amasar, aunque nos comiéramos la mitad de la masa cruda a pellizquitos, y que después freía en una sartén con una moneda de plata en su interior, un amadeo creo que la llamaba, para evitar que el aceite se arrebatara y las rosquillas renegrearan.

Ahora nos parecía una casa estupenda, una opinión que ella no compartía pues allí había pasado casi en solitario sus últimos años, con un Ceferino impenetrable y ausente que parecía vivir al margen del mundo. La gente dice que todo tiene una explicación pero he llegado a dudar de si mi padre tenía en su cabeza neuronas o cantos rodados pues desde siempre él había decidido lo que quería que su familia fuera así como la profesión y el futuro de cada una de nosotras.

Sentí que el salón de mis padres se había saturado enseguida con nuestra presencia, era como si faltara sitio, o quizá percibía extrañeza ante lo que me parecía una ocupación por parte de mis hermanas de un territorio que solo yo había pisado en los últimos años. La incomodidad la percibía hasta en la piel y me recordaba al verano en el Mediterráneo, cuando recién llegada a la costa comenzaba a sudar a chorros hasta que mi cuerpo acostumbrado a la sequedad, recuperaba al cabo de varios días un cierto equilibrio con aquel ambiente.

Me molestaba el hecho de que volviéramos a estar todas juntas de nuevo, ante los ejercicios circenses de mi padre sobre una cuerda tenue, tratando de salvar la barrera imprecisa que limitaba con la muerte. Yo me había preguntado en algunas ocasiones qué le había pasado a aquella familia para que se hubiera producido la diáspora y aunque disponía de respuestas parciales, seguía indagando como si pudiera haber una explicación a un nivel más recóndito, al fondo de un acantilado.

Con independencia de mis indagaciones, parte de la respuesta la tenía Ceferino y los cursos de nuestras vidas confluían de nuevo en él, gran estuario que desaguaba en el mar dando sentido e iluminando tantos rincones que nos impedían tener una visión del conjunto del trayecto. Las contadas ocasiones en las que me había reunido con mis hermanas, nunca las cuatro al tiempo, nuestras disquisiciones finalizaban poniendo de vuelta y media a mi padre, y admirándonos de la infinita bondad de mi madre que, pese a todo, no le había abandonado y así nos sentíamos unidas en el dolor de habernos visto obligadas a renunciar a su compañía. Sin embargo, los denuestos contra mi padre calmaban sólo de momento el desasosiego pues al fin y al cabo éramos sus hijas y algo tendríamos de él, o quizá nos habíamos distanciado para evitar sus perniciosas influencias. Demasiadas incógnitas para tan poco tiempo como parecía restar, sobre todo si el peligro de un nuevo infarto no se alejaba.

Regresé al hospital al anochecer para cumplir mi turno de guardia. Las luces se habían atenuado y daba la impresión de que el silencio amplificaba mi sombra por aquellos largos y vacíos corredores. En la habitación Cefe postrado impresionaba aunque solo fuera porque la medicación había hecho su efecto; mi padre sólo estaba adormilado, pero los miembros tan relajados parecían inertes y la expresión de la cara era la antesala de lo que todas temíamos. Me acurruqué en una silla y como pude pasé el resto de la noche.

Violeta, mi reemplazo, al llegar a la habitación por la mañana temprano, me tocó en el hombro para despertarme. Yo di un respingo y me sobresalté, como si mi sueño hubiera discurrido por un largo y oscuro túnel dónde esperas que en cualquier recodo aparezca el foco de la máquina del tren que seguidamente te arrollará. Traté de tranquilizarme al hacerme consciente de la situación. Era mas pronto de lo que esperaba, todavía no había pasado la ronda de enfermeras con el termómetro, el tensiómetro y el carrito de curas y mi padre seguía dormitando.

Aprovecharía para acercarme por casa para ducharme y cambiarme de ropa. Le día a Violeta algunas instrucciones para cuando Cefe despertara, sobre todo que le dejara descansar. Sergio habría salido ya para ir a  ensayar al auditorio, él prefería hacerlo antes de que llegaran los distintos grupos de instrumentos de la orquesta y así tendría tiempo después para ir a recoger a los chicos al colegio; hablaría con ellos por teléfono a su regreso. La ducha caliente me reconfortó y disipó la agitación que sentía desde que me había despertado mi hermana. El agua caliente abría mis poros y a través de ellos salía no sólo la suciedad de la piel sino la angustia que sentía por la enfermedad de mi padre.  

Me dirigí a la habitación que usábamos como un pequeño despacho de trabajo y saqué del escritorio una grabadora que mi marido había comprado recientemente para registrar sus ensayos. La eché en el bolso con la idea de dejársela a mi padre. No iba a ser fácil, parecía que el infarto había hecho mella en él y quizá en algún momento le pudiéramos pillar con la guardia bajada. El recurso a la grabadora sería un truco de buenos resultados siempre que él aprendiera a manejarla. Le enseñaría las funciones básicas y nada más.