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Princesas entre cuerdas (Capítulo III)

Llegué a media mañana pero mi padre no había despertado aun y en cuanto abrió los ojos le mostré la grabadora entre mis manos,

- ¡Qué tonterías son esas! ¿acaso crees que voy a aprender ahora a manejar esos cacharros que usáis en la radio? Además, ¿para qué lo quieres? Sólo se guardan para la posteridad las palabras de los muertos, me encasquetó directo.

Traté de explicarle que había acontecimientos que nunca nos había contado o sucesos quizá olvidados. Después de todo hasta en las supuestas buenas familias hay trapos sucios, o secretos de los que la gente parece avergonzarse y sobre los que cae un manto de silencio, dando lugar a mil rumores o interpretaciones disparatadas, pero que vistos con la perspectiva del tiempo provocan risa.

Me lanzó una mirada como si quisiera atravesarme, y tardó unos segundos en responderme. Por fin lo hizo en su vena acostumbrada para decirme medio ofendido que en su familia no había secretos, y que su vida había sido tan transparente como una copa de cristal de Bohemia. Nosotras ya conocíamos de sobra sus pensamientos y sus sentimientos sobre los más variados temas y si nos quedaba algo en el tintero, él respondería con franqueza, sobre la marcha, no a través de una de esas estúpidas e impersonales maquinitas, llenas de botones cuyas funciones le era imposible guardar en la memoria.

Le dije que aceptaba la sugerencia y le di una larga cambiada sobre la grabadora, ya le enseñaría a manejarla, pues estaba segura de que si mejoraba y comenzaba a sentirse aburrido en el hospital algo haría con aquel aparato que tanto parecía  despreciar.

Le miré a la cara, y parecía un poco abatido, su cara tersa era de recién afeitado pero los ojos estaban como alojados en el fondo de las cuencas y su mirada se dirigía a ninguna parte y terminaba en una cortina de color blanco desteñido, dos metros más allá de su vista.

Mi madre con alguna excusa me sacó fuera de la habitación para contarme que los médicos estaban desanimados, las últimas pruebas realizadas mostraban que su corazón no era tan robusto como pensaban y temían un rápido y fatal desenlace. Enseguida volvimos a entrar para que mi padre no percibiera movimientos extraños, pero la enfermedad le proporcionaba a ratos una lucidez de la que no había dado señales en los años pasados y nos abordó con una frase lapidaria,

- esta víscera que vive alojada aquí dentro de mí, y señaló al corazón, va a aguantar menos que un caramelo a la puerta de una escuela

Mi madre le dio una respuesta evasiva, pero él insistió,

- Marina, no quiero que me mientas, prefiero saber toda la verdad y nada más que la verdad como dicen en los juicios de las películas americanas, y si me muero vais a respirar por no tener que aguantarme.

Ella derrotada no quiso entrar al trapo teniendo en cuenta la información que los médicos acababan de darle,

- no digas tonterías, hombre, ahora que están todas tus hijas junto a ti,

Violeta volvió a la carga y Cefe parecía querer quedarse solo, pero continuó como irritado:

- No sé que queréis que os cuente sobre ‘el queji’ que no hayáis vivido vosotras en directo y tú Violeta quizá seas la menos indicada porque si hay alguien de esta familia que ha tenido experiencias fuertes en ‘el queji’, esa has sido tú.

Violeta se amustió con el comentario de mi padre y se encogió en la silla, como empequeñeciéndose, callada y mirándolo con fijeza. El le devolvió la mirada y algo se conmovió en su interior: 

- Bien, pasemos a otro tema.

Todas nos extrañamos al advertir el cambio de tono de Cefe, abandonando no sabíamos por cuanto tiempo aquel estilo borde que repelía tanto a los que le tratábamos, e incluso pudimos percibir un toque de dulzura con la que pronunció esas palabras para Violeta, algo que hubiera rechazado con cara de repugnancia si alguna de nosotras lo hubiera puesto de manifiesto.

- La primera vez que oí hablar de ‘El Quejigal’ fue a Benito, un electricista del Teatro Real. Águeda era pequeña, yo creo que no había cumplido un año todavía ¿verdad Marina?, mi madre asintió con la cabeza.

Nosotros no teníamos dinero para ir de veraneo, y el páramo leonés donde yo nací no era buen sitio para una niña recién nacida. Los abuelos tampoco salían en verano, en honor a la verdad a los trabajadores no nos llegaba el sueldo para ir de vacaciones.

- Es verdad, remachó Marina, durante el mes de agosto nada más cerrar el mercado mis padres tomaban la merienda y se iban a La dehesa de la Villa para resguardarse del asfixiante calor madrileño de la canícula.

- Así pues, en cuanto regresé del trabajo comenté con tu madre la conversación con Benito, a los dos nos parecía una buena idea encontrar un lugar donde tú (y miró a Águeda) cambiaras de aires. Lo primero que mi amigo me dijo era que se trataba de un lugar cercano al que se llegaba en tren, incrustado en la mismísima sierra de Guadarrama, bueno para que voy a detallar lo que conocéis de sobra mejor que yo.

Buscamos un domingo de descanso de la orquesta o quizá los músicos estaban de gira, ya no lo recuerdo, el caso es que quedamos en la estación del Norte para tomar la dirección de Ávila. El tren paraba en infinidad de sitios, por todos los pueblitos y apeaderos existentes en la ruta, en Villalba se detuvo por más tiempo a esperar el cruce con un tren largo y la otra parada importante fue la de El Escorial. Un viaje agradable, pese a aquellos vagones corridos con asientos de madera, la temperatura era fresca y el paisaje verde. Por fin llegamos a la estación donde nos bajamos, no os diré nada nuevo que no sepáis, la estación tenía dos nombres y me pareció raro, Santa María de la Alameda y Peguerinos, aunque lo extraño en realidad como me contó Benito es que el primer pueblo estuviera a cinco o seis kilómetros de la estación y el segundo más lejos, en la ladera norte del monte de Abantos. Lo primero que hice al descender fue respirar profundo,

- Y te diste cuenta, me colé de rondón en su relato, de que el olor no tenía nada que ver con el hedor a rancio de la ciudad, allí olía a pino, a jara y a romero.

- Olía a limpio, un olor que me recordaba a los prados de mi pueblo o a las sábanas tras la colada en el río. Junto a la estación del ferrocarril había unas pocas casas con la particularidad de que sus fachadas estaban enlucidas de un yeso gris, feo, hosco, daban la impresión de estar inacabadas aunque frente a sus ventanas había ropa tendida. Desde la propia estación salía un camino,

- en cuyos bordes crecían amapolas y cardos, volví a interrumpir, y desde donde se divisaban prados como si fueran ropa tendida sobre las colinas, tapizados por flores diminutas de distintos colores como hecho a retazos

- de acuerdo, lo has descrito mejor que yo, aunque algo cursi, pero si no te callas no podré responder a la pregunta de tu hermana.

Eugenia terció:

- Cefe tratamos de sacarte una vena poética que alguna vez perdiste por ahí dentro para que nos describas ‘el queji’ que no conocimos,

- algunos de mis vecinos han creído que como no tenía estudios era un patán, pero mis paseos por el monte y la música me han servido para expresarme mejor y teniendo además en cuenta que voy a hablar ante esa grabadora para la posteridad, siento que  he de esmerarme. Ahora en serio, la música me hizo muy pronto prestar atención a las sensaciones y ser capaz de ponerles nombre, por eso en cierto momento, ya os habíais ido de casa, decidí comprarme un diccionario, el de la Real Academia, y por las mañanas después de desayunar tomé la costumbre de leer un par de páginas, buscando y rebuscando aquellas palabras y expresiones que me ayudaran a identificar lo que la música me hacía sentir.

Pero, sigamos, que me canso; la vista al bajar del tren, habréis de reconocer que era espectacular, aunque yo tenía impresiones aisladas del paisaje y de las casas que todavía no había integrado. Benito, dotado de un espíritu práctico, me señaló con el dedo de entre aquellas cuatro casas cuál era la carnicería y cuál funcionaba como tienda de comestibles aunque en nada se parecían a las tiendas de Madrid pues en la fachada no había letreros ni anuncios y eran casas iguales a las demás.

Después de tratar de guardar aquella información en mi cabeza agarramos las bolsas con la comida que nos habían preparado nuestras mujeres y pusimos proa hacia el sendero de las amapolas. A veces convertimos en rutinarias sensaciones espléndidas porque al frecuentarlas parecen perder valor. Pero aquella era la primera vez y daba gusto transitar por aquel camino, y a cada poco me paraba y respiraba fuerte, inhalando aire, como si mis pulmones fueran un gran silo para almacenar oxígeno.

Estaba intrigado porque no veía ningún río y Benito me había jurado por sus seres queridos que allí se pescaban truchas y aunque yo hasta entonces no había tomado una caña de pescar, recuerdo que en mi pueblo los señores mayores sacaban las cañas al levantarse la veda. Cuando pregunté a mi amigo por qué aquel lugar se llamaba ‘El Quejigal’ me aportó una explicación que ya nunca olvidaría.

Ahora la que medió en la conversación fue Violeta:

- no vuelvas a contarnos que el quejigo pertenece a la familia de los robles, que pareces el abuelo Cebolleta con sus batallitas.

Mi padre dio un respingo y se giró sobre la cama:

- ¿acaso no fuiste tu la que me preguntaste ayer cómo y cuándo conocí lo que vosotras llamáis ‘el queji’? Pero no me distraigas que no queda demasiado tiempo y si después no tenéis material para escribir la historia de ‘El Quejigal’ no quiero que sea por mi culpa.

 Sus palabras me sonaron a retóricas porque desde que inició el relato parecía más entonado, el color de sus mejillas era vivo y no descansaba entre frase y frase pese a que mi madre le ofrecía beber agua a sorbitos, algo que los médicos le habían aconsejado.

Violeta insistió de nuevo:

- vamos Cefe, cuéntanos, cuando llegaste allí ¿qué viste?, ¿había casas? ¿había tiendas de campaña como Águeda nos ha contado?¿cómo era la gente?¿a que se dedicaban?.

- No callarás, hija. Si me dejas seguir llegaremos ahí en su momento, de hecho ya falta menos. Imagínate tú, con lo que te gusta el cine, que vas a hacer un corto sobre ‘el queji’ para enseñárselo a unos amigos que nunca estuvieron allí, y me sigues con la cámara, porque yo soy el guía de la expedición.

No pude evitarlo y la que entonces interrumpí fui yo:

- ¿y este afán artístico que te ha dado ahora a qué viene? Yo solo sabía que te gustaba la música y tocar el piano, pero nos estás mostrando que haces pinitos de presentador de radio, de director y actor de cine, ¿no habrá que aplicarte ese dicho de ‘a la vejez, viruelas’?

Mientras pronunciaba las palabras me daba cuenta de la metedura de pata en la que estaba incurriendo y hubiera deseado que alguien me hubiera sellado la boca con un esparadrapo. Se estaba muriendo, le estaba echando una partida a la parca con unas cartas marcadas y yo ni quería verle como a un héroe, ni rechazaba que fuera un quijote.

- Cecilia, suponía que tú serías sensible a las manifestaciones artísticas y te recuerdo que el que te inculcó la afición a la música con mayúsculas fui yo. Sigamos, Violeta. No sé por qué Dios me dio tantas hijas. Tu vas con la cámara tras de mi, hemos subido y bajado un par de veces por el sendero y a la vuelta de un recodo tras un brusco descenso a lo lejos se divisan unas casas y al fondo una nube de tiendas de campaña, algunas parecen de camuflaje y se confunden, entreveradas, con el paisaje verduzco.

Seguimos avanzando y descendemos al tiempo, nos acercamos a las tiendas y enfocas hacia abajo del monte desde donde emerge un río pequeño saltando por entre las rocas. A medida que nos vamos acercando al lugar donde están plantadas las tiendas aquello tiene la pinta de un campamento fantasmagórico como en las películas del oeste cuando los del séptimo de caballería avistaban un rastro de humo y al llegar se encontraban el típico poblado arrasado por los indios. Acerca la cámara, Violeta, y verás que delante de algunas tiendas hay unas cuerdas entre los árboles, y unas piedras sobre el suelo que demarcan el lugar donde en el verano se plantarían otras tiendas, y las cuerdas llevan prendido un papel sujeto por un imperdible donde está escrito con bolígrafo el nombre de la familia propietaria de la tienda, familia Gómez, Balbino Rodríguez y familia,  Ramón Hernández - Isabel Hinojosa e hijos. Pero lo gracioso de verdad era que junto a los letreros había trapos viejos de colores e incluso algunos habían colocado unos calzoncillos o unas bragas raídas.

- cielo santo que cutrez, no pudo reprimirse Violeta.

- eso es lo que piensas ahora, pero tu cámara que viene siguiéndome registra esas tiendas surgiendo entre pinos y quejigos como duendes a la vez que testigos del bosque. Algunas tiendas muestran un equilibrio precario al estar colgadas de la ladera, y parecen precipitarse sobre unas rocas enormes que tapan el río, y si diriges la cámara hacia arriba verás un cielo limpio de un color azul bruñido por entre el espacio que dejan unos árboles altos, muy altos, que pueden tener cerca de quince metros, y si haces un zum divisarás un águila imperial girando en círculos, de un lado para otro, en busca de alimento para sus crías.

Violeta, inquieta, no podía detener las preguntas que se le agolpaban:

- yo hubiera echado a correr por todas partes, bajado al río a tirar piedras, explorado algunas tiendas en su interior,…y, luego, vosotros ¿que tienda comprasteis?,

- Benito me acompañó a la semana siguiente a El Rastro y en un almacén de segunda mano encontramos una tienda azul en buenas condiciones con dos habitáculos, uno para dormir y otro que podría usarse como comedor y cocina al tiempo. Pero no dejes la cámara todavía, querida, desde el tendalero se escuchaba el rumor del agua saltando por entre las piedras y salvamos el escaso trecho que nos separaba del río, Benito no hacía más que alabar la transparencia del agua e insistir en las truchas que podríamos pescar durante el próximo verano. El río a tramos era angosto pues atravesaba una garganta no demasiado profunda pero en otros tramos planos el deshielo primaveral se remansaba formando unas pozas de calado suficiente como para darse un baño.

Unos años después, el agua dejó de ser cristalina porque los ganaderos de los pueblos cercanos limpiaban los establos y vertían los restos al río y las truchas murieron y las buenas pozas perdieron casi toda el agua  y los jóvenes comenzasteis con la historia de que os hicieran una piscina en la colonia. Recoge la cámara, Violeta, pues llega la hora de contar la comida o acaso ya os lo sabéis.

Águeda se adelantó a las demás:

 - ¿tortilla de patata y filetes empanados?

- Hoy en día no apreciáis las bondades de aquella comida, pero la tortilla y el filete sabían de manera distinta en la montaña, tenían hasta un aroma perfumado, y fijaos lo que os digo, lo que ahora llaman la nueva cocina incorpora esos sabores, los auténticos, los de siempre. Benito llevó vino en una bota y la pusimos a refrescar apoyada entre piedras en el río, subimos a un chamizo donde despachaban bebidas y completamos el vino de la bota con la gaseosa. Junto al río había un grupo de hombres almorzando y casi no pudimos hacer intercambios de comida porque todos llevábamos idénticas viandas, salvo un par de personas que completaban el menú con aceitunas, pimientos fritos, encurtidos como los que vendían vuestros abuelos en el mercado, y que compartieron con nosotros. La conversación en aquel grupo circuló alrededor de las próximas vacaciones de verano, del estado de limpieza en que habían encontrado el paraje, de lo que sus hijos disfrutarían con aquella naturaleza salvaje y también por qué no de las parrilladas de chorizos, morcillas, panceta, alitas de pollo, entresijos y otros despojos que a mi nunca llegaron a gustarme demasiado y que sólo probaba por educación en determinadas ocasiones. Después le tocó el turno al fútbol y yo que había estado escuchando casi todo el rato seguí callado, pues nunca me gustaron los deportes dentro de un lugar acotado.                              

Al regreso volví sentado de nuevo en un vagón de tercera clase, y a pesar del asiento de madera, me iba adormilando, recapacitando sobre lo visto. Había quedado prendado de aquel rincón y me imaginaba las caminatas atravesando los montes, bañándome en las pozas, saliendo a por setas en el otoño o buscando por entre las riberas de los riachuelos hojas de canónigos o de menta para que Marina aderezara las ensaladas. Y presentía que Águeda y los demás hijos que tuviéramos crecerían sanos jugando por aquellas dehesas donde era fácil hasta encontrarse con Dios, pero era un ingenuo redomado pensando que el mundo era distinto a cómo yo creía, ¿verdad, Violeta?

Se detuvo y se llevó la mano al corazón y todas nos levantamos a la vez, como disparadas por un resorte, preguntándole qué le pasaba, pero al poco nos tranquilizó,

 - no os asustéis, no es el corazón lo que me duele, quizá eso suceda mañana o dentro de unos días, sino que es el sentimiento de un dolor profundo del que se ha equivocado de plano, del que vive en un mundo ajeno y en el que se siente extraño, como un ermitaño. Así que una vez de vuelta, ya en casa, le hice a vuestra madre una descripción pormenorizada de mis descubrimientos.

- Todavía recuerdo lo que me contaste, me impresionó y sobre todo me produjo extrañeza tu cara absorta, venías embobado y yo no era capaz de imaginar que hubiera tanta belleza a tan pocos kilómetros de la ciudad donde vivíamos,

- Ya sé que siempre preferiste haber ido de vacaciones con tus padres a la playa de Cullera, pero cuando años después conocí aquella parte del Mediterráneo me alegré de haber elegido El Quejigal. Al pisar la arena de la playa sentía que me ardían las plantas de los pies y me salían ampollas que me dejaban adolorido; si hubiera sido un poco decidido en aquel instante me hubiera marchado y nunca más hubiera vuelto a pisar una playa.

La enfermera llegó con el tensiómetro y nos echó una suave bronca para deshacer la reunión, habíamos superado todos los límites de tiempo y don Ceferino, como le llamaba, debía descansar. Su cara había perdido lustre y los ojos se apagaban, señal de que cualquier esfuerzo lo dejaba exhausto con rapidez. Nos despedimos, mi madre antes de salir le remetió las sábanas, llenó el vaso de agua sobre la mesilla y le dejó en la almohada el interruptor para avisar a las enfermeras en caso de que se sintiera mal, aunque se quedaba la de guardia.

Antes de abandonar la habitación abrí el bolso, y saqué otra vez la grabadora y la dejé encima de la mesilla como quien no quiere la cosa:

- Mira, Cefe, es muy sencilla, le dije en voz queda, el botón rojo es para grabar, con el stop paras y con el play puedes oír lo que has grabado. Además tienes una opción de radio si quieres escuchar los conciertos de Radio 2 y para que no molestes a los de alrededor te pones los auriculares que te dejo en el cajón de la mesilla.¿Quieres que hagamos una prueba?

Le repetí los movimientos que debería reproducir y las teclas que habría de pulsar para poner en marcha el aparato al que miraba desconfiado y con cierto aire de desprecio.

- Déjate de tonterías Cecilia, ¿tú crees que con la que está cayendo me apetece hablar solo ante un micrófono que tú dices que está ahí pero que yo ni veo?

- está bien, papá, pero si te aburres es fácil. Hasta mañana.