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Princesas entre cuerdas (Capítulo V)

¡Cuántas veces me he hecho yo esas mismas preguntas! Cecilia es encantadora pero prefiero guisarme yo mis problemas que no andar pregonándolos aunque sea con mi hermana. Ya sé que dicen que somos las mas parecidas. Es como si un gran oleaje interior, una galerna, recorriera mis entrañas. Creía llevada por la ingenuidad que el día que salí de la casa familiar había dejado allí mis problemas y los enfrentamientos con mi padre, pero no ha sido así, es como si los hubiera seguido llevando a cuestas durante bastante, yo diría que demasiado tiempo, y ahora al cabo de los años cuando he conseguido tranquilizarme, mi padre agoniza y todas comenzamos a hablar sin parar como queriendo detener el tiempo para que la muerte no se lo lleve o para espantar los fantasmas que habíamos conseguido ocultar con tanto celo. No sé qué pretendemos en realidad con estas conversaciones.

Los temas familiares ya estaban cerrados, pues así sea, no quiero reabrir las heridas, bastante tengo con tratar de dar sentido a mi vida integrando mis fracasos y poder sacar adelante a mis hijos. Desconozco hasta dónde quiere llegar Cecilia con sus indagaciones, qué piensa que puede descubrir hurgando en cada una de nosotras y no entiendo a qué viene esa grabadora que le ha dejado a Cefe, ¿De verdad cree que nuestro padre puede decirnos algo que mejore la imagen de lo que un día fue una familia normal, vamos una familia como las demás?

La vida me ha hecho escéptica pero Cecilia lo tenido más fácil. Se convirtió en la elegida de papá y consiguió a su manera hacerle feliz tocando el chelo, cumpliendo su designio, el que había planeado para ella al igual que para el resto. Yo no pude y no me quedó otro remedio que marcharme.

Un día se lo comenté a ella, hablando por teléfono, pero no le gustó y me endilgó un comentario que me dejó planchada:

- te marchaste porque te fuiste con Leandro para vivir juntos y hacer la revolución y durante un tiempo parecías ser feliz. Quizá tu matrimonio fracasó por otros motivos pero eras la más guapa de las cuatro, tuviste cuantos hombres deseaste y las demás te envidiamos.

Como si la belleza sirviera de algo y no fuera sobre todo una carga. Tampoco ella es fea, todo lo contrario, cuando estaba en el conservatorio los chicos la perseguían por los pasillos y se prestaban para llevarle el chelo. Además la belleza sólo le es útil a la mujer cuando la puede emplear para sacarle alguna rentabilidad ya sea económica, o que le sirva para encontrar un trabajo cómodo, fácil, pero cuando llegas a ser consciente de ello, ya es tarde porque ha comenzado a eclipsarse, surgen las primeras canas, alguna que otra arruga y la celulitis se ha instalado, o mejor casi se ha incrustado en piernas y nalgas.

Luego están los hombres, nunca sabes si se acercan solo por el envoltorio o porque les gusta lo que hay dentro; la mayoría, en realidad, solo mira el celofán y te considera que vales la pena si puede echarte un polvo y ahí se acaba la historia. En ese tema tengo que agradecerle a mi padre que nunca me animó a sacar partido de mi supuesta belleza, y su interés siempre estuvo centrado alrededor de tareas mucho más refinadas como tocar el violín. Pero su machacona insistencia fue la que me obligó a marcharme, no daba la talla y no cumplía los planes que tenía para mí. Imposible ser una virtuosa del violín como él esperaba.

Me sentí frustrada, peor, como la bayeta de la cocina, pues mi oído no discriminaba, incapaz de distinguir unas notas de otras, pero eso para Ceferino no contaba, sólo era cuestión de persistir con voluntad, y si no estaba cinco horas diarias con el violín era una perezosa y así nunca llegaría a ninguna parte, porque él que no tenía estudios conseguiría aprender a tocar el piano y pese a su edad, me decía, llegaría a ejecutar algunas partituras con brillantez. Pero cuando la realidad demostró lo contrario entonces cambió su explicación, dejaba el piano por falta de tiempo, pues seguía en el Real e iba además a la agencia de viajes para dar de comer a cuatro bocas, sin contar a mi madre, bocas a las que también había que vestir y dar estudios.

Cecilia piensa que soy una exagerada aunque es verdad que me pidió disculpas por si me había molestado pero es que ella es la menos indicada para entenderme. Había que oír a mi padre lo orgulloso que se sentía de ella, la presentaba a sus amigos, la llevaba al Real y les decía a sus colegas que era la genio del chelo, la sucesora de Casals, mientras que las demás  no contábamos, éramos un cero a la izquierda.

Cierto que tuve muchos hombres que me pretendían pero de poco me sirvió o no lo supe aprovechar. Me crié en condiciones duras, pillé en toda su plenitud la época de las tiendas de campaña del ‘queji’, durante el curso tenía que regresar a casa antes de las diez de la noche, y papá me inició en las caminatas que me hacían llorar de cansancio, obligándome a saltar por encima de grietas con vistas a un precipicio, para fortalecer mi cuerpo y desarrollar mi espíritu, y yo pensando que me iba a matar me sentía presa de un miedo tremendo que me llevó a odiar la montaña y cualquier propuesta de mi padre a dar un paseo por el monte. Y al final, después de todo, me descartó como a naipe de poca monta y perdí la posibilidad de convertirme en su favorita.

Solo tenía diez años cuando me matriculó en el Conservatorio y me puso en las manos un violín que compró de segunda mano aunque sonaba de maravilla, ‘como un stradivarius’, según él. Le había desequilibrado su economía pero repetía que la compra merecía la pena. Y persistió por unos cuantos años, seis o siete, no recuerdo bien, a mi me pareció una eternidad, toda mi adolescencia, pese a que me salió una erupción debajo de la mejilla, en la papada, donde apoyaba el instrumento, hasta que por fin tiró la toalla que yo había arrojado tiempo atrás. En ese momento percibí que nunca podría perdonar a mi padre y que jamás me quitaría el baldón ante el resto de la familia. Aprobé el bachillerato a trancas y barrancas y la gota que colmó el vaso fue que no pasé el acceso a la universidad así que estudié secretariado para poder colocarme lo antes posible y huir de casa.

Tampoco anduve con tantos hombres como mis hermanas me atribuyen, salí con un par de chicos antes de enamorarme locamente de Leandro, un progre de la época al que conocí en el ‘queji’, que frecuentaba las reuniones del partido comunista aunque se daba un postín que me hizo creer en algún momento que era la mano derecha de Santiago Carrillo. Me introdujo en el grupo de su Facultad aunque yo no estudiaba allí, pero como todos usábamos nombres falsos y teníamos citas previas antes de las reuniones para despistar a la policía, según decía Leandro, era difícil que nadie pudiera reconocerme. Durante un verano en ‘el queji’, en una de aquellas noches que pasábamos charlando junto al puente mientras escuchábamos el rumor de la corriente y de paso nos acariciábamos, me convenció de que estaba estudiando la carrera de políticas para prepararse y transformar la sociedad. Él haría la revolución y me hizo prometerle que yo le acompañaría allí donde él fuera, incluso hasta el fin del mundo.

Sus padres tenían dinero, su padre era maestro de obras, y se construyeron uno de los mejores chalés de toda la colonia. Cuando empezamos a salir, Leandro era muy guapo, alto, de un pelo espeso y rizado que se continuaba en la barba oscura, y aunque vestía como los progres de entonces con una cazadora gris marengo, solía adornarse con algún toque de elegancia en las camisas o en los pañuelos que llevaba anudados al cuello. Todas mis amigas andaban locas por él y varias se lo tiraron, así que cuando yo entré en su vida lo primero que hice fue despejar el camino para evitar interferencias, pues Leandro era facilón con las mujeres y a la hora de echarse un polvo no hacía distingos, algo que tardé demasiados años en descubrir. No sé si las charlas del partido le servían de algo, yo creo que las echaba en saco roto, porque la gente del pecé que yo conocí era bastante estrecha en cuestiones sexuales, y en las reuniones a las que yo acudí, su preocupación básica era derrocar a Franco y la libido se les escapaba por entre los conciliábulos  interminables sobre  táctica y estrategia.

Cuando encontré trabajo como secretaria de dirección en una empresa informática y gracias a mi sueldo alquilamos un piso por El Rastro mientras Leandro reclutaba seguidores para su partido que lo escuchaban enfervorizados; aquello a mi me recordaba a una película de Pasolini donde se veía a los seguidores de Jesucristo boquiabiertos mientras éste les predicaba el sermón de la montaña. El era el líder y sus compañeros los seguidores.

En la Facultad se jactaba de echar pulsos a los profesores y conseguía cambiar o incluso anular las fechas de los exámenes si no había tenido tiempo, porque se había ido de juerga la noche anterior, para estudiar. Siempre contaba cómo amenazaba a los profesores con ponerles enfrente a los estudiantes de la clase, creando a su vez mala conciencia a unos profesores jóvenes que sostenían una forma de pensar más cercana a los estudiantes que al mundo de los viejos catedráticos de la universidad.

Es verdad que hizo esfuerzos para medrar en el partido sin éxito, él lo achacaba a la debilidad ideológica de sus colegas, pero de la noche a la mañana decidió que nos íbamos a Barcelona porque un amigo de su padre le había encontrado un trabajo como director de personal de una empresa de limpieza. Recuerdo que busqué la manera de forzar en mi empresa el traslado y afortunadamente lo conseguí aunque en un puesto de menor nivel al que tenía en Madrid, y con la mala suerte añadida de que hube de enfrentarme a mi jefe que en esos momentos no quería prescindir de mí.

Antes de irnos nos casamos y hubo de ser por la iglesia. Él decía que mi padre era un católico intransigente, recalcitrante, pero yo estaba decidida a enfrentarme a Cefe para evitar la boda por la iglesia y resulta que sus padres, muy religiosos igual que mi padre, no soportarían que no nos casáramos de blanco ante el altar y él, Leandro, no tenía valor para oponérseles, pues sus fuerzas las guardaba para la lucha política.

Al llegar a Barcelona se le volaron sus ideales de solidaridad y ayuda a los desfavorecidos como confeti de una fiesta infantil porque le perjudicaban en la carrera ejecutiva recién iniciada.

A los dos años aproximadamente de estar allí le nombraron Director Gerente y fue entonces cuando descubrió que las empresas de limpieza para ser competitivas despedían a las señoras en la cuarentena para contratar gente joven con salarios inferiores.

Cuando llegaba a casa su aliento desprendía un hedor a tabaco y alcohol que me justificaba en aras al trato con sus clientes, aunque la peste etílica era cada vez mayor y debía de estar ahogando los pocos ideales que le quedaban. Cada día debían crecer exponencialmente los clientes porque a diario llegaba un poco mas tarde, hasta que, tonta de mí, descubrí una noche que entre la hediondez destacaban algunos aromas a perfume caro de mujer. Un día, pese a mis ideas contrarias a espiar a la pareja, no pude evitar seguirle a la salida de la oficina y tras andar varios minutos llegó a una cafetería del Paseo de Gracia donde le esperaba una chica muy joven, bien vestida y con una melena peinada en la peluquería. Se dieron besos largos y abrazos continuados. Por la noche, al regreso a casa, fui directa al grano, le interpelé y trató de mentirme. Le dije que aquello había terminado y esa noche se fue a la cama borracho perdido, por supuesto que no se le ocurrió pedirme que me quedara.

Utilicé la habitación que usábamos cuando venía a vernos algún familiar. Las imágenes de aquella noche me parecían fruto de una alucinación. Mi  marido, joven y progre, con la libido contenida por los ideales revolucionarios, que había sido militante del pecé y había pretendido cambiar la sociedad acabando con las clases oprimidas, sucumbía ante los cantos de sirena de una jovencita mona y con dinero. No lo dudé, no vacilé ni siquiera un segundo. Las historias se rompen, el amor se esfuma, pero la vida sigue y cuanto antes se trate de rehacer, mejor para todos. Nada de esto comenté con mis hermanas.

Casi se me ha olvidado el momento cuando dejé de asistir a las reuniones del pecé. Creo que fue a los pocos días de pillar a Leandro con su chica. Yo todavía mantenía algún que otro ideal, pero entonces mi prioridad era resolver algunos problemas básicos de mi existencia, y comenzar una nueva etapa. Ahora pienso que tal vez aquella fuerza de voluntad me la inculcó Cefe desde pequeña, o quizá fue la disciplina de aprender solfeo, puede que incluso tenga que agradecérselo a la música. Llamé por teléfono a Marina y se lo conté, con la voz firme, sin soltar una lágrima.

Lo que de verdad me impresionó fue que al día siguiente mi madre tomara un avión en el puente aéreo y se presentara en mi casa para mostrar su apoyo y ayudarme a ejecutar la decisión que yo ya tenía tomada. Me echó una mano para hacer las maletas, después arreglamos a los niños y nos fuimos a una casa que yo había alquilado la víspera.

El cabrón de Leandro, que al principio me dijo que nos separábamos de mutuo acuerdo y que quería que nuestra amistad quedara intacta, contrató los servicios del mejor abogado matrimonialista de la ciudad y me denunció por abandono del domicilio conyugal y por arrebatarle sus hijos. Pero sus hijos le importaban poco, al menos por el tiempo que les dedicó en los meses siguientes a la separación hasta que el juez dictó sentencia, pero consiguió que éste determinara una pensión ridícula. Me sentí aliviada cuando dejé de verlo porque decía que yo malmetía a los niños en su contra. Fueron unos años muy duros, y mis hermanas poco hicieron por mí, quiero pensar que no podían porque eran todavía muy jóvenes. Eugenia ya estaba en Inglaterra, y se me hizo cuesta arriba aceptar esa situación, porque si no era en esos momentos ¿para que rayos servía la familia? Marina equilibró el descompensado balance familiar, por eso ella siempre me tendrá a su lado cuando me necesite, aunque sea por un simple dolor de cabeza.

Una vez pasado el conflicto, tras la sentencia del juez, viví una época bastante tranquila dedicándome en exclusiva al trabajo y a los niños e incluso saqué algún tiempo para estudiar. Sentirme relajada me abrió a conocer a otras personas, empecé de nuevo a salir con algunos compañeros hasta que un día, en mala hora, mi jefe me invitó a cenar para contarme que se había enamorado de mí. Era un buen jefe y en la oficina tenía un excelente cartel. Lo primero que me dijo es que en los últimos meses se había fijado especialmente en mí y que le encantaba la seriedad y la responsabilidad con la que desempeñaba mi trabajo y la manera de contestar al teléfono o cómo trataba a los empleados de la empresa, que siempre dejaba contentos a todos. Alabó mi facilidad de trato con la gente y de ahí pasó de forma gradual casi imperceptible a describir el color de mis ojos, la textura de mi pelo, o la manera de moverme. Me conmovió la descripción que hizo y después de aquella cena vinieron otras.

Andrés comenzó a pasar algunas noches en mi casa, y en un momento trasladó parte de su ropa a mi armario, unas cuantas camisas, un traje para ir a la oficina y unas mudas de ropa interior; le dejé además un hueco en el cuarto de aseo para que pusiera su neceser, y cada semana dormía dos o tres noches en mi casa. A los niños les caía simpático y se llevaban bien con él.

Pero cuando pisé un poco el acelerador y me impliqué en la relación al ver que aquello funcionaba, Andrés me planteó las dificultades que le ponía su mujer para divorciarse. No me lo podía creer pero en realidad acepté la versión que me daba. El primer día que ella advirtió la gravedad de lo que sucedía le montó una trifulca de la que se enteraron todos los vecinos de la casa. Pero no quedó ahí el asunto, sino que de forma sistemática cada vez que iba a dormir a su casa, me contaba, su mujer insistía en la imposibilidad del divorcio pues ella no podía perder nivel de vida. El decía para sus adentros que no era justo y tampoco estaba dispuesto a darle a su mujer la mayor parte del dinero que cobraba después del esfuerzo que le había costado llegar a la posición conquistada. La carrera en aquella empresa la había realizado él, si bien tenía que reconocer el gran apoyo de su mujer y la parte mayor en las cargas del hogar y del cuidado de los hijos. Pero ella también podía trabajar, los chicos ya estaban casi criados y era muy cómodo quedarse en casa a esperar la pensión del marido.

Un día, en medio de aquellas grescas sentí un agobio terrible y llegué incluso a identificarme con ella, ahora lo veo nítido, estaba asistiendo a una separación con las peleas por el dinero, parecida a la que yo había mantenido con Leandro. Se me fundieron los cables y el relato que hacía Andrés me inclinaba a ponerme en la piel de su mujer; hasta que poco a poco pude irme despegando de la historia al tomar un cariz tragicómico. Cuando él salía de casa, la mujer le registraba los cajones a la busca del rastro de otras mujeres a sabiendas de que su marido estaba conmigo, o escribía notas que le dejaba escondidas en los bolsillos de la americana donde le decía que le quería, recordándole sus mejores momentos de recién casados o cómo le echaban de menos sus hijos.

Empecé  a preocuparme el día que noté que me había quedado embarazada, pues la presión de la mujer de Andrés llegaba a cotas impensables de estupidez que casi hacían que me sonrojara de la condición femenina, pero a él le afectaban sobremanera  y llegaba a casa ojeroso y demacrado, con la cabeza hundida entre los hombros. Volvió a estar más días en su casa por miedo a que ella le denunciara y cuando venía conmigo se mostraba obsesionado por los chantajes emocionales a los que su mujer le sometía. No sabía tomar distancia, ni era capaz de conversar de forma distendida con ella, porque en cuanto comenzaban a hablar se iniciaba la discusión, ella pasaba del grito al llanto desolado y  mostraba el culmen de su desesperación rompiendo platos o vasos, lo que tuviera a mano. Yo intentaba explicarle que su mujer era una histérica y que cuando una relación se acaba por el motivo que sea hay que saber poner punto final con dignidad y, eso sí, haciendo un reparto equitativo de las cargas.

Retrasé el anuncio de mi embarazo para no agobiarlo, pero estaba ya de cuatro meses y carecía de sentido no comentárselo. Así que una noche que se quedó a dormir en casa se lo conté y enmudeció; su cara de repente parecía poblada de borrascas como si fuera un mapa meteorológico; aquella relación hacía aguas. Después torció la cara con una mueca de contrariedad, casi de repugnancia, se echó hacia atrás junto al mismo borde de la cama sobre la que estaba sentado y sin preguntarme cómo estaba o cómo me sentía, lo primero que me planteó fue si pensaba abortar. Le solté un no directo y compacto como un disparo a bocajarro. Lo tenía claro, aunque todavía desconozco la razón. No era una cuestión religiosa o al menos yo no creía que lo fuera. Desde hace muchos años no pisaba una iglesia y había tomado la píldora cuando estaba convencida de que no quería tener hijos. A lo mejor hubiera abortado tras una noche loca follando sin protección, pero no era el caso de Andrés con el que me veía dentro y fuera del trabajo desde hacía un par de años, compartiendo muchas cosas, sin duda, mas de las que nunca compartí con Leandro. Nuestra relación era tierna, cariñosa, nos acostábamos porque nos gustaba, pero no era solo una cuestión de afinidad sexual la que había entre los dos y me apetecía tener el niño o la niña, me daba igual su sexo.

No pareció agradarle a Andrés una respuesta tan intrépida. Me dijo que mientras no resolviera de manera satisfactoria la separación de su mujer, no estaba dispuesto a implicarse con otra. Las peleas le estaban dejando heridas profundas y difíciles de cicatrizar que le causaban resquemor hacia las mujeres y por nada del mundo sería otra vez padre, al menos en aquel momento. Le dije que se fuera a tomar por culo, con esas palabras, que era un gilipollas y que sospechaba ahora no de que me quisiera lo cual estaba claro, sino de que en realidad me hubiera querido alguna vez, y le pedí por favor que se marchara de casa que ya me las arreglaría yo sola, que no lo necesitaba a mi lado y que si tenía un calentón ya buscaría algún hombre para una noche. Se marchó cabizbajo con la mirada perdida incapaz incluso de volver la cabeza y con la chaqueta doblada sobre el brazo.

Me resultaba inverosímil un segundo fracaso. Me sentí una estúpida, incapaz de aprender de la experiencia con Leandro. Menos mal que en la empresa le expliqué al gerente con el que me llevaba muy bien lo que había sucedido y le pedí que me cambiara de departamento, su respuesta fue, ‘no te preocupes, Águeda, te ayudaré’, además había hablado con él en buen momento pues la secretaria del director financiero se había marchado y si quería aquel puesto era mío. Lo acepté de inmediato. El gerente me animó para que aprovechara la ocasión e hiciera algunos cursos de formación que me permitieran pasar al área de desarrollo informático donde había buenas oportunidades. Durante los siguientes días Andrés me llamó en numerosas ocasiones pero no quise ponerme al teléfono.

Se lo conté a mamá y la estupenda Marina volvió a presentarse en Barcelona para quedarse con los niños mientras yo paría. Todavía estaba en la clínica cuando llamé a Andrés por si quería ver a su hija. La niña, Andrea le puse, era guapa, más que sus hermanos a pesar de que eran hijos del bellezón de Leandro. En cuanto le bajó la inflamación de los rasgos de la cara, típica del parto, su piel tomó un color sonrosado precioso. El pelo era de su padre y estaba muy bien formada con los casi tres quilos y medio que pesó, me pareció una monada con la cara sonrosada, como si en vez de pasar por un lugar estrecho y duro hubiera atravesado un mar de gasas y enseguida abrió los ojos tratando de enterarse de lo que sucedía a su alrededor. Parecía el fruto de un buen amor aunque tampoco esta vez fuera el caso.

Andrés se acercó enseguida por la clínica y estuvo cariñoso conmigo, le encantó el nombre que había puesto a la niña y me preguntó qué tal me iba en la vida. Expresó que quería reconocer a su hija y que por supuesto iba a ayudar a cuidarla no solo económicamente. Esa súbita comprensión y tanta cercanía como para tratar de ponerse en mi piel me resultaron sospechosas. Así que no me extrañó cuando a renglón seguido añadió que ya no vivía con su mujer, y que había alquilado un apartamento. Me hizo una pregunta a la que pocos meses antes habría respondido con un sí rotundo y sonriente sobre si estaría dispuesta a reconsiderar vivir juntos de nuevo. Pero yo lo tenía claro, meridiano y le respondí tranquila con una suave negativa envuelta en palabras agradables sobre todo por su disposición a compartir los cuidados de la niña.

Me alegra que después nos hayamos seguido viendo con alguna frecuencia para charlar sobre Andrea y la relación ahora es buena; lo gracioso es que él ha rehecho su vida con otra mujer de la oficina y está pensando en casarse. He meditado muchas veces sobre qué es lo que hice mal y no lo tengo claro, quizá le serví de revulsivo para que la siguiente vez lo hiciera mejor y eso parece ser lo que estaba ocurriendo. Andrés había aprendido pero ¿y yo? A veces me digo a mi misma que ya se me ha pasado el último tren y que me he quedado sola en el andén como Penélope, pero ¿quién va a querer vivir conmigo con tres hijos de dos padres diferentes? ¿Sería capaz de tener otro hijo de un nuevo padre que no saliera corriendo ante la papeleta?

Y en estas mi padre parece que quiere morirse, tengo una familia numerosa que resulta una carga más que una ayuda, tal vez  haya sido la distancia entre los lugares donde hemos vivido la que nos ha separado todavía más, pero  quizá es una excusa. Yo me fui de casa enojada con el universo, aunque el universo se llamara Ceferino. Marina es una madre como pocas que me ha ayudado en los momentos difíciles y siempre se lo reconoceré, pero él no se ha dignado saber nada sobre mi, salvo comentarios de pasada.

No entiendo una decepción tan grande como para no haberme tenido presente cuando de pequeña le acompañé en innumerables ocasiones. ¿Acaso alguien puede tener la cabeza tan dura y ser tan implacable ante una hija incapaz de tocar bien el violín? ¿O quizá fue que me casé con un comunista y he tenido varios hijos a los que no he bautizado y encima soy una divorciada? ¿o acaso la razón es que no retorné al hogar familiar tras el divorcio? No lo sé, he intentado preguntárselo algunas veces, le he pedido por favor a mamá que hablara con él, que intercediera, pero siempre sin éxito aunque también sin motivo aparente que yo pudiera entender.

La triste verdad es que no me encuentro bien en esta mediocridad de vida que llevo, aunque no puedo quejarme, y al llegar aquí me he sentido de nuevo extraña, ajena a esta familia. Porque sólo he mantenido un trato frecuente, por carta y por teléfono, con Eugenia, pero con Cecilia y con Violeta apenas nada, por eso no comprendo cuando la gente habla de la fuerza de la sangre, no es más que una burda mentira. La intimidad la hace el trato, un beso o un achuchón, la compañía, la ayuda en los malos momentos, los pequeños detalles, y todo esto nada tiene que ver con la sangre, ni la herencia, ni los genes, ni el ADN, ni  con nada que se le parezca. Me da rabia que no me guste la familia que me ha tocado en suerte pero sólo puedo esperar que en los próximos días mejoren algo nuestras relaciones, aunque el momento no sea idóneo.

 

                                   *          *          *          *

 

No paraba de dar vueltas pensando en la reacción de Águeda, sentía a ratos tristeza y dejé que las lágrimas corrieran despacio como una manera de liberar la tensión acumulada durante estos días, pero luego me irritaba ante una situación que yo no había provocado; fue una decisión de nuestro padre la que provocó la rivalidad, ¿acaso Cefe no se había dado cuenta de lo que había hecho?

Cuando Águeda se marchó a Barcelona yo era una adolescente y tenía la impresión de que mi hermana era feliz y de que se casaba con un guaperas impresionante como Leandro. Tampoco creo que en realidad hubiera rivalidad entre nosotras, si acaso yo debería de haber estado celosa de su belleza, no al revés. Pero lo que sucedió de hecho es que ella venía poco a Madrid y cada vez los contactos eran menos frecuentes, yo nunca me sentí animada a ir a Barcelona para estar con ella unos días, la música ocupaba casi todo mi tiempo, incluso los fines de semana, y a medida que se acercaba el momento de la oposición una ansiedad difusa recorría mi cuerpo y me impedía hacer algo distinto que no fuera ensayar con el chelo.    

He de reconocer que no le han salido bien las dos parejas que ha tenido y que sus relaciones amorosas han terminado en fracaso por razones que yo desconozco, pero nunca hemos conversado sobre estos temas ni yo me he interesado demasiado en saber de sus andanzas y sus experiencias. No puedo extrañarme de que prefiera estar sola.