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Princesas entre cuerdas (Capítulo VI)

A la mañana siguiente temprano, llamé por teléfono a la radio para explicar que mi padre seguía muy grave y pedir que me sustituyeran, había dejado mucho material enlatado y no le resultaría difícil a alguno de mis compañeros hacer el programa.

Los médicos habían hablado con mi madre para comentarle que pese al estado general positivo, las décimas no remitían y algunas constantes no terminaban de recuperarse por lo que se estaban planteando intervenir de nuevo, quizá tendrían que hacerle un ‘baipás’. Regresamos a la habitación, el aspecto de Cefe no era malo, estaba recién lavado y afeitado, nos miraba de frente, y aquella mañana había desayunado; así que parecía estar muy mejorado. Pero algo debía de barruntar cuando le preguntó con insistencia a mi madre acerca de lo que había dicho el doctor. Al escuchar la posibilidad del quirófano se le desencajó la cara y fue lacónico ‘total para lo que va a servir’. Le pregunté si había usado la grabadora y me respondió en el tono acostumbrado,

- anda hija, no seas tonta, a mi edad lo que no haya aprendido ya, resulta imposible, además he apretado la tecla de grabar y no salía la luz roja como me dijiste.

- ¿no acabas de decirme que ya es demasiado tarde y has pulsado el botón para grabar?, le repliqué como si estuviera reconviniendo a un niño tras una travesura,

- vamos a ver, antes has de apretar el botón de parada que pone stop y luego pulsas el otro, ¿ves? ¿te apetece que sigamos como ayer?

- podemos charlar un rato hasta que me lleven al quirófano porque me aburro y no sabes cómo me alteran  e incluso el miedo que me producen los pensamientos que me vienen a la cabeza. Y si me quedo dormido es peor, pues suelo despertarme con sueños angustiosos, en los que se me para el corazón y, fíjate, me doy cuenta de lo que está pasando y sin embargo no puedo hacer nada para impedirlo, de modo que intento pero no llego al interruptor para avisar a las enfermeras, el tiempo sigue transcurriendo y el corazón parado y entonces sin poder respirar me despierto gritando.

Muy mal debía de sentirse cuando tenía aquellos sueños y parecía razonable que prefiriera seguir charlando en vez de adormilarse o soñar. Así que le incité a que nos contara más cosas y Eugenia, hasta entonces espectadora pasiva, se sintió obligada a preguntar,

- siempre nos habéis contado que la casa del ‘queji’ que hemos conocido no fue la primera sino que antes tuvimos otra, una casita pequeña…

Cefe miró a la grabadora y me hizo un gesto como obsesionado,

 - ¿tú crees que sigue funcionando, que no se han agotado las pilas?

- pero si todavía no la hemos puesto a funcionar, papá. De todas formas no te preocupes que tengo todo controlado, y no te olvides de que trabajo en la radio, respondí con una convicción tan decidida que no osó volver a preguntarme por el funcionamiento del aparatito.

- Para explicaros cómo era la primera casa, os he de contar otras historias que sucedieron primero, he oído que la gente del cine lo llama una escena retrospectiva, ¿no? 

Pues bien, un día de concierto estaba manejando uno de los ascensores que subía al público a los pisos superiores del teatro cuando me avisaron de una llamada urgente desde el teléfono del guardarropa, dejé las puertas del ascensor abiertas y me acerqué al teléfono, era mi madre, la abuela Josefina, para decirme que mi padre estaba ingresado en un hospital de León con un problema pulmonar. Anselmo había fumado toda su vida como un carretero, siempre lo recuerdo con la colilla colgada de las comisuras y tosiendo como si se le fueran a salir los pulmones y, al igual que vosotras habéis hecho conmigo, tomé el primer tren que paraba en León, el expreso de Gijón.

Llegué de madrugada, con tan mala suerte que cuando subí a la planta del hospital donde habían ingresado a mi padre, me encontré con Josefina y mis hermanos llorando, sus pulmones dijeron hasta aquí hemos llegado y no salió del trance. Cuando entré a la habitación habían retirado su cadáver y sin tiempo de despedirme bajé a la morgue para darle al menos un abrazo aunque ya no me sintiera. Lo llevamos a enterrar al pueblo para que sus amigos y vecinos lo despidieran. Al día siguiente del entierro mi madre nos reunió a los hermanos para darnos a conocer la última voluntad de mi padre, no era un testamento formal sino una simple carta de su puño y letra. En la misiva había querido dejar constancia de su alegría porque esperaba que aunque fuera para conocer su última voluntad por fin nos había juntado a todos. Nunca había podido sacarse la terrible espina de que se sintió en la necesidad de mandar al seminario a los tres hijos varones porque en casa no había dinero para alimentar a cinco bocas aparte de mis padres. Siempre lo vivió como un fracaso personal, él como responsable de cuidar de la unidad familiar no fue capaz de hacer frente a su responsabilidad y eso que era el maestro de la escuela. Pero era maestro en un pueblo de mala muerte, y en la posguerra se pasaba hambre en el páramo leonés, y los paisanos no enviaban a sus hijos a la escuela porque apenas tenían con qué pagar a los maestros.

Sin embargo, en las últimas décadas, Anselmo había ahorrado un poquito de dinero que dejaba a su mujer, y el prado grande que lindaba por encima del ejido era para que nos lo repartiéramos entre los cinco hermanos siempre que mi madre lo autorizara. Había, además, una viña que Anselmo  no quería repartir sino que pedía que se la quedara el hermano o la hermana que estuviera dispuesto a trabajarla.

Por otra parte, nos rogaba que cuidáramos y amáramos los pocos libros que quedaban en los anaqueles de la sala junto a la cocina, pues aunque no nos pudo dar carrera a ninguno al menos imaginaba que podríamos disfrutar teniendo un buen libro a mano. Al final de la carta, incluía un párrafo que entonces ninguno entendimos y que nos dejó aturdidos ‘pido perdón al cielo por los males que haya podido ocasionar en esta vida, sobre todo a mi familia, pues a veces en nombre del amor se cometen tremendos crímenes’.

Pedí permiso a Josefina y a mis hermanos para ser depositario de aquel papel que mostraba, un poco furtivamente, la voluntad de mi padre y sus cavilaciones, deseando encontrar una explicación para lo que ese tremendo párrafo podría implicar. Anselmo se lamentaba de no haber sido un buen padre pero no explicaba los porqués. Si la respuesta suponía que debía de haber pasado más tiempo con sus hijos yo no era un ejemplo que hubiera mejorado en nada a mi padre, pues en los días de concierto, regresaba a casa pasada la medianoche cuando vosotras dormíais ya plácidamente. 

La tienda de campaña se había quedado pequeña para los cuatro que entonces ya éramos y necesitaba reparaciones importantes cuando vuestra madre se quedó encinta de Cecilia. Mientras tanto, mis hermanos y yo decidimos vender el prado y así pude llegar a disponer de un dinero con el que comprar un terrenito junto al de Benito, de unos doscientos metros cuadrados, menos de la mitad de lo que luego llegamos a tener, cerca del río y buscando que la inclinación no fuera excesiva para evitar las cuestas, considerando que erais pequeñas y que os podíais romper la crisma o magullaros si os topabais contra alguna de las innumerables rocas incrustadas en la ladera.

La parcela sólo contaba con un pino alto, tan alto como un tercer piso de una casa y un quejigo enano o al menos a mi me lo parecía, porque levantaba apenas un metro. Pero no me importaba, ya plantaríamos nosotros árboles y en una esquina del terreno cultivaría mi huerto y tendríamos tomates y patatas para las ensaladas y melones y fresas para el postre. 

Benito y otros campistas ya se habían puesto manos a la obra y durante el invierno levantaron unas cabañas sin los necesarios permisos del ayuntamiento, dándole una propina al guarda jurado del monte para que hiciese la vista gorda y no nos descubriera ante las autoridades municipales. Aquella primavera se edificaron unas treinta cabañas; el dueño de los terrenos construía la base y luego cada propietario elevaba las paredes y la techumbre. Nos ayudábamos unos a otros,  alguien conocía un almacén donde vendían baratos los materiales de construcción, uno sabía de fontanería, y a otro le vendían a un precio especial los cables para la electricidad de la que podríamos disponer más adelante cuando hubiera acometida.

Yo, debido al horario de los conciertos, solía ir entre semana y avanzaba con rapidez pese a mi impericia. Siempre había algún vecino que me ayudaba con el mortero o con la plomada para alinear los ladrillos de las paredes. Sentía una gran satisfacción al ver cómo iba creando con mis manos la casa en la que todos juntos pasaríamos los veranos con más comodidades e intimidad de las que hasta entonces habíamos tenido. En apenas un mes pusimos el tejado y cubrí aguas. Pese a que no había agua corriente, dejamos instalada una pila con un grifo en un hueco que serviría de cocina y, en lo que sería el baño, un agujero en el techo para la ducha y una salida para la taza del váter. También dejé puestas la toma de luz, a falta solo de los casquillos y las bombillas.

El dueño de los terrenos nos prometió que pronto podríamos enganchar los cables a un poste pero la promesa tardó cuatro o cinco años en cumplirse, y tuve que comprar una lámpara de carburo que encendíamos para cenar. En el mes de mayo hicimos la inauguración, os anuncié que os iba a dar una gran sorpresa, la mayor sorpresa de vuestra vida, aunque ahora pienso que era un estúpido y la sorpresa me la llevé yo al ver vuestra cara. Aproveché una gira de la orquesta por el norte de España para organizar el viaje en un domingo, la víspera me acerqué a los almacenes Sepu y compré un manojo de cazuelas, sartenes, cubiertos y una cocinilla de gas. Al día siguiente vuestra madre enganchó a Cecilia y yo iba con los paquetes vigilando estrechamente a Águeda y a Eugenia que ibais cogidas de la mano. Siempre os emocionaba tomar el tren y sobre todo a Eugenia le encantaba pegar el rostro, como una pegatina contra el cristal y si la ventanilla estaba bajada se subía sobre el asiento para recibir la brisa aunque al cabo del rato tenía la cara tiznada de la carbonilla arrastrada por el viento.

El día estaba radiante y el cielo parecía sacado de uno de los cuadros de Velázquez que había visto en El Prado, despejado sobre la sierra como un gran espejo de los que teníamos en el Real, como si alguien lo hubiera abrillantado aquella mañana, y las nubes, todavía blancas y estiradas, ilustraban el lienzo en sus extremos. Una vez que descendimos del tren, los cinco tomamos la senda paralela a la vía, teniendo mucho cuidado de que no os apartarais del sendero ni de que el petate que yo agarraba se desmoronara al chocar contra algunas de las zarzas que orillaban la vereda, desparramando la cacharrería que había comprado. La imaginación exuberante de Águeda parecía desbordarse y fantaseaba con el palacio o el castillo misterioso con el que se iba a encontrar, infinitamente mayor y mejor que la tienda de campaña o que nuestro piso en Madrid, según tú habías entendido a partir de mis explicaciones. Eugenia propuso acortar el nombre del lugar y desde entonces dejamos de hablar de El Quejigal y lo bautizamos con ‘el queji’, y expresó su convicción de que la nueva casa tendría al menos una habitación para cada hermana e incluso habría habitaciones para alojar a los abuelos. Mientras, yo vigilaba para que os mantuvierais dentro del camino.

Por fin llegamos ante la casa y vuestra cara de decepción fue más elocuente que un concierto de Mozart. Vuestras frases eran como piedras que yo sentía en el rostro, ‘esto es una choza’, ‘como la cabaña de los siete enanitos pero de ladrillo’ e incluso a Marina se le escapó ‘es como esas garitas donde los soldados se refugian cuando están de guardia’. No me gustaron nada los comentarios; tras ellos se produjo un viscoso silencio, roto solo por el graznido de las urracas que presagiaban un mal augurio.

Águeda no podía ocultar su chasco y las lágrimas que se le asomaron como hilillos que caían despacio por las mejillas, eran más reveladoras que miles de palabras. Mamá se recompuso y me dio las gracias por aquella nuestra casa donde vosotras disfrutaríais durante el verano. Se habían acabado el frío, las humedades y las estrecheces de la tienda de campaña que tanto odiaba, ¿verdad Marina?  Traté de animaros anunciando que en poco tiempo dejaríamos de bajar al río acarreando las garrafas del agua y que por las noches tendríais luz para leer cuentos en la cama antes de dormiros.

Mi madre se sintió en la obligación de hacer un comentario:

- no puedo ocultaros mi desencanto al ver el primer chamizo, intenté no mostrar mis pensamientos pues aquel verano Cecilia era pequeñita y quizá la tienda de campaña aportaba una mayor cercanía al río y al colmado, pero aunque aquella chabola estaba plantada sobre un paraje hermoso como lo es ‘el queji’ sin embargo la zona desprendía un tufillo a poblado americano donde se asentaban los buscadores de oro en condiciones deplorables. Las cabañas eran casi todas de tamaño parecido, salvo algunas que tenían incluso puertas formadas por troncos de madera. No todos los tejados eran de uralita como el nuestro, los había de tejas rojas y otros, muy pocos, lucían cubiertas de pizarra negra, eran chalés de verdad. Sin embargo la casa no resolvía el problema de la colada, pues sin agua corriente las mujeres seguiríamos bajando al río para lavar contra las piedras.

 - sí, ya sé que aquella casa no resolvía todos los problemas pero era un paso. Vosotras aquel día, enseguida os pusisteis a jugar afuera de la casa, aprovechando los restos de la obra: sacos de cemento, ladrillos rotos, tubos de plomo, cables,…,  tratando de imaginar que construíais una casa para las muñecas. Lo peor del siguiente verano fue el traslado de los enseres que teníamos en la tienda de campaña, la compra de los muebles esenciales para vestir la casa, pues la venta del prado no daba para más, y otra pejiguera era comprar la comida en un pueblo que no estaba lejos, pero que obligaba a cargar con las bolsas a lo largo de tres o cuatro kilómetros. Menos mal que los sábados se acercaban furgonetas que vendían fruta, verdura y pescado, e incluso, recordáis al melero que venía en burro con un cargamento de miel desde un pueblo cercano de la provincia de Toledo.

Al final de aquel verano vuestra madre y yo, quedamos agotados pensando que acaso no compensaba el contacto con la naturaleza la vida tan aperreada que llevábamos, teniendo en cuenta que además cada año aumentaba el número de veraneantes y domingueros que llenaban el paraje de desperdicios y los ganaderos de los pueblos colindantes vertían cada vez más residuos al río. En mi descargo, habíamos mejorado nuestra posición social pues atrás quedaban las tiendas de campaña y ya éramos dueños de una casa con terreno.

Su voz se había ido apagando poco a poco y parecía que a ratos se quedaba amodorrado, bajamos el volumen de algunos comentarios hasta callarnos para poder escuchar aquel hilillo de voz dudando de si seguía hablando consciente o estaba medio soñando. Mamá nos pidió que le dejáramos descansar.