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Princesas entre cuerdas (Capítulo XI)

Por la mañana la casa estaba vacía. Sergio y los chicos habían imitado mi comportamiento de anoche, de manera que no escuché ruido alguno durante la larga maniobra de levantarse, lavarse, vestirse y tomar el desayuno. Sergio habría llevado a los chicos al colegio y luego pasaría a recogerlos para dejarlos en casa de sus padres pues era día de concierto. Me vestí como un autómata y cuando llegué al portal me di cuenta de que me había puesto una camisa naranja escotada sobre una falda negra ceñida y con una abertura lateral, ropa nada apropiada para la ocasión. Vuelta al ascensor y esta vez la elección de camiseta blanca con vaquero negro me pareció adecuada.

Llegué al hospital y, como en anteriores ocasiones, estaba torpe a la hora de encontrar un hueco para aparcar por lo que tardé media hora larga tras repetidas maniobras de pequeños movimientos de acercamiento hacia delante y hacia atrás.

Cefe seguía sondado por todas partes con un amasijo de cables como una momia egipcia en la camilla del forense, sedado e inconsciente. Había que esperar de nuevo sin saber hasta cuándo; si odio algo son las esperas en los hospitales, me producen angustia, tedio, repites idénticos movimientos una y otra vez hasta la saciedad, todas las sillas resultan incómodas a los cinco minutos de estar sentada. Te levantas, avanzas diez metros por el pasillo y vuelves a la posición original. Los fumadores sienten unas ganas incontenibles de fumar y se juntan todos en la calle, junto a la puerta principal. Pese a todo, decidimos aguantar hasta que nos dejaran ver de nuevo a nuestro padre.

En la visita de la tarde Cefe se encontraba bastante despierto y en cuanto nos vio empezó a protestar,

- ¿os han dicho cómo estoy?, ¿me voy a morir ya?, nadie, ningún médico ha venido a informarme, salvo esa chiquita que está todo el rato dando vueltas por aquí.

Águeda saltó,

- esa chiquita como tu la llamas es la jefa de la UCI, así que lo que ella te diga va a misa y obedeces sin rechistar.

- está bien, mi sargento, no pensaba que esa joven con la pinta que lleva, sería la jefa. Os han contado, me han puesto dos puentes, dos baipases, llevo tanta chatarra que podría ser un robot.

- papá, intervino Eugenia, hay cientos, miles de personas en el mundo con baipás y viven un montón de años,  más de los que tú tienes ahora, así que lo que has de hacer es seguir las indicaciones de los médicos del hospital y ya verás cómo te recuperas y te pones bien de nuevo.

- quiero que me lleven a la planta, allí estoy menos incómodo y podréis acompañarme, si no es mucho pediros, total para lo que me queda.

Nadie quiso replicarle por si esta vez no era una bravuconada de nuestro padre sino un anticipo. Marina andaba apagada, disgustada por lo que sobreentendía de las conversaciones con los médicos. Preguntamos si tenía sentido que se quedara alguna de guardia por la noche aunque ya preveíamos la negativa, si la situación empeoraba nos telefonearían de inmediato.

La escena se repetía otra noche más, regresamos a casa, nos sentamos desmadejadas en el salón de mi madre sin saber qué hacer y ella nos preparó cafés y tés al gusto de cada una. Aquella reunión olía casi a velatorio no declarado, no nos mirábamos directamente al rostro sino a la pared de enfrente o si no podíamos porque la mirada de alguna de nosotras se cruzaba, nos removíamos ligeramente sobre el sofá para tomar un punto de fuga. Violeta se levantó para mirar unas fotografías que mi madre había enmarcado sobre la cómoda,

- Mamá, ¿donde está tomada esta foto? preguntó blandiendo uno de los marcos.

- Esa fotografía, respondió ella, nos la hizo el padre de Roberto. Estamos los cinco, tú no habías nacido aún, en el apeadero del ‘queji’. Qué manía le dio a vuestro padre cuando empezaron a parar los trenes en el apeadero, nos llevaba una hora antes de la prevista en el horario para que no lo perdiéramos cuando ningún tren llegaba a su hora, la mayoría llevaba por lo menos media hora de retraso, pero su argumento era que  ‘la Renfe es imprevisible y puede cambiar los horarios por razón de fuerza mayor’, vosotras os aburríais y yo tenía que llevar una cesta grande donde guardaba los bocadillos y las rebecas por si teníais frío. Y no había manera de convencerle para llegar con la hora ajustada, estando nuestra casa a un cuarto de hora escaso del apeadero.

En esa época aunque aún no estaba embarazada de Violeta, Cefe se empeñó en agrandar la casa. Había ido ahorrando lo que ganaba con los pluses de antigüedad, lo metía en una libreta aparte y cuando pensó que tenía la cantidad de dinero necesaria, empezó a hablar de la ampliación. Razón no le faltaba pues dormíais las tres hermanas en una habitación que estaba a punto de reventar pese a las literas. Pero la mejora de aquella choza suponía la renuncia a tener unas vacaciones en otro lugar. Nuestra vida era un rosario de renuncias mayores a medida que crecía la familia y vuestro padre se hacía cada vez más especial y su comportamiento caprichoso. Lo mejor de aquella época es que a Cecilia parecía que se le daba bien la música, tenía buen oído y reproducía con facilidad las melodías que escuchaba por la radio. Vuestro padre le encontró un asiento en el gallinero del Real, junto al banco de los estudiantes, y era bien pequeña todavía cuando yo la llevaba a los conciertos y algunos jóvenes a los que les hacía gracia te regalaban caramelos y te sentaban entre ellos, ¿te acuerdas Cecilia?

- Inolvidable mamá, Cefe me hacía subir por las escaleras, no sé por qué pero no me dejaba montar en el ascensor. Desde el gallinero lo que mejor se veía era la gran lámpara central, mientras que el escenario parecía estar tan lejos como el monte Abantos del ‘queji’, y era imposible distinguir a ninguno de los músicos y eso que papá me había presentado a unos cuantos. A mi izquierda se sentaba una chica morenita con melena estilo paje que siempre vestía la misma falda escocesa a cuadros y de vez en cuando me agarraba de la mano y cerraba los ojos como si estuviera concentrada en la sinfonía, a mi derecha se repantigaba un muchacho alto de pelo negro que con frecuencia me miraba de reojo, supongo que para ver si seguía atenta y en el descanso me compraba caramelos.

- En cuanto creciste un poco, siguió Marina, compró un chelo; al principio te pusimos una banqueta de la cocina para que pudieras llegar con el arco de un lado al otro del instrumento y nos reíamos porque hacías jeribeques raros para no caerte. Cefe estaba loco de contento, contaba a los vecinos y a sus compañeros las gracias de su niña que iba camino de ser bien la heredera de Casals, bien la Yo-yo-ma española, y a ti te divertían las clases de chelo y ensayabas durante horas sin dar muestras de cansancio. Vuestro padre interiorizó que al menos el cuarteto estaba ya constituido, entretanto Violeta hizo su aparición, y de ahí a cosechar el aplauso del público había un paso pequeño.

Así que dentro de la ampliación de la casa, Cefe ideó un cuarto de varios usos, vosotras podríais ensayar con los instrumentos y él lo emplearía para guardar las herramientas que usaba para trabajar en el huerto. Derribó el muro del salón que daba al jardín y replanteó la casa en su totalidad. Fue entonces cuando comenzó a preocuparse por las compañías que frecuentaban Águeda y Eugenia. ¿Cómo se llamaba ese amigo vuestro, el hijo mayor de los Petas?

- ¿te refieres a Calixto, mamá?, respondió enseguida Eugenia.

- Si, Calixto, pero además tenía un mote que era el que vosotras usabais, el hormigonera, ¿no?, esa familia andaba mal de la cabeza aunque era un ejemplo de otras familias del ‘queji’. Mi amiga Ana decía que para los quejigaleños el ladrillo era una especie de terapia. El padre de Calixto cada año agrandaba un poco la casa, comenzó con una prefabricada hecha de conglomerado y el tejado de uralita, y cuando consiguió algo de dinero inició la construcción de otra casa, dentro de la parcela de mayores dimensiones. La casa nueva estaba escalonada en la ladera sobre el río, y cada año le añadía algo, primero fue un porche, luego una valla y mas tarde una terraza. Se trasladaron a la nueva y tiraron la caseta antigua; pero lo que me sacaba de mis casillas era que la casa estaba llena de animales que circulaban por todas las habitaciones, de manera que la casa era a la vez una granja. Pero no quedó ahí y a medida que fue haciendo dinero, siguió ampliando la superficie y los pisos de la vivienda con pretensiones de construirse un palacete, aunque sólo fuera por el tamaño, porque, en otro caso, no se entiende. Alguna vez me invitó la madre a pasar y conocer la casa por dentro, y no había habitación libre de las cagadas de los animales, tenían cerdos, patos, gallinas, conejos, perros, gatos, como un zoo en miniatura, ¡qué asco!, ¿acaso creéis posible vivir en una casa así? Los niños junto a los animales, no sé si aquella mujer limpiaba la casa pero es imposible que nada se mantuviera aseado con aquel animalaje. Y no me extraña que alguno de los hijos saliera revirado, lo raro era que fueran normales.

- Calixto era un chico majo y sus hermanas también, Eugenia rompió una lanza por su amigo, fíjate que sus padres se iban los lunes a Madrid y dejaban a los cuatro hermanos solos en la casa durante toda la semana con un plan de trabajo que seguían a pies juntillas, y a diario hacían una jornada de ocho horas poniendo ladrillos, nunca se saltaban el horario y si nosotros llegábamos algún día a buscarlos antes de la hora prevista para irnos a jugar, se negaban a venir

- El problema, continuó Marina, lo tenía el padre que, según las maledicencias de mi amiga Ana, concibió niños para no tener que pagar a una cuadrilla de obreros y resulta inverosímil ver a Queta la pequeña hacer cemento con una pala como si fuera un hombre. Seguro que la madre cuando le nacía un hijo le compraba en vez de un sonajero un pico o una pala de miniatura para que fueran aprendiendo desde la cuna.

- Es verdad mamá, apoyó Águeda.  

- Tú me dirás, agregué, qué chico o chica a los doce o a los trece años trabaja así y cumple sus horarios escrupulosamente como si estuvieran trabajando en una obra. Hay que reconocer, sin embargo, que tenían problemas, Calixto no acababa nunca las frases, le temblaba la voz y contestaba sólo con monosílabos. Una vez los mayores hicieron un cocimiento a base de estramonio y mandrágora y luego Mamen, la mayor, de madrugada iba caminando por las vías del tren diciendo que podía volar y Ángel tuvo que sacarla de allí.  Calixto no acabó el bachillerato pero hizo ‘efepé’ y se metió en un taller de automóviles como mecánico. Se compró un Renault de color azul metalizado y la primera vez que llevó el coche al ‘queji’ para presumir, al volver de la estación por la noche, atropelló a un burro con tan mala suerte que el burro saltó por los aires y cayó sobre el techo del coche haciéndole un abollón tremendo. Llegó donde estábamos nosotros impasible, como si nada hubiera pasado, se bebió unos cuantos vasos de canelada y comenzó a bailar girando sin parar como los derviches hasta que el pedo hizo su efecto y cayó al suelo donde durmió hasta el amanecer. Un poco raritos si eran.

Cuando empezó a ganar dinero, los sábados al llegar al bar de Hugolino, no hacía otra cosa que pedir cubatas y un día llegó con coca y la gente se dedicó a esnifar rayitas y ahí empezó a torcerse y unos cuantos que no tenían un duro se pegaban a él para beber y tomar coca de gorra,

- Al principio yo no entendía lo que sucedía, confesó Marina, tuve miedo de preguntaros a vosotras y le conté mis cuitas a Cefe, pero no hubo una ocurrencia peor,

- Exageras, Marina, estás sacando las cosas de quicio, las familias que veranean en el ‘queji’ son gente sana, la más saludable de España, esta colonia significa contacto directo con la naturaleza y aire puro. Ahí veranea la clase trabajadora de Madrid que hasta ahora nunca ha tenido posibles para salir del ambiente atosigante del verano de la capital y gracias a la etapa de desarrollo económico de los años sesenta podemos ir de veraneo, como la clase media que va a Benidorm o a Cullera.

- Vamos, todo un discurso en el mas puro estilo del régimen. Pero fue Violeta la que nos dio la puntilla. El día que se enteró tu padre se marchó al monte y no regresó hasta bien entrada la noche, debió de estar caminando sin parar durante ocho o diez horas. A la vuelta me contó que había tomado la decisión de abandonar el ‘queji’, de irse de aquel lugar que había sido la ilusión de su vida,

- fíjate bien, ni la música podrá enderezar a mis hijas, ni todo el oro del mundo, ni el cuidado y el cariño que he puesto en todas ellas, sentenció.

- Pasado algún tiempo Cefe empezó a desvariar un poco, decía que él no entendía la dirección que estaba tomando el mundo y su carácter se fue agriando, no salía ya con sus amigos y se iba solo en el Corsa. Su querido Corsa tenía casi veinte años y según él era el mejor coche del mundo, después del seiscientos, que ya lo habían dejado de fabricar. No nos alcanzaba el dinero para una plaza de garaje y lo estacionaba en la calle; al regreso por la noche, ya se había inaugurado el Auditorio de Príncipe de Vergara, si no tenía el coche tan bien aparcado como se merecía, buscaba para su auto un lugar protegido donde nada ni nadie lo dañara.

Por las mañanas bajaba temprano y sacaba un plumero que llevaba envuelto en un plástico transparente y limpiaba minuciosamente el polvo. Le hacía chapuzas, parcheaba los pequeños bollos de la carrocería, repintaba algunos rayajos que le dolían en el alma; lo ponía en marcha para cerciorarse de que funcionaba correctamente y escuchaba el ruido del motor como si fuera un entendido, y si no sonaba como él pretendía, salía fuera, abría el capó y lo sujetaba, toqueteaba por todas partes, aseguraba los cables uno por uno, como si entendiera de mecánica del automóvil, aunque no tenía ni remota idea.

Compró unas fundas para los asientos delanteros y un cojín con un gato bordado a ganchillo que situó ante el cristal trasero; del espejo retrovisor colgó un rosario de gruesas cuentas de madera y sujetando la guantera de su puerta tuvo que colocar un destornillador que, cuando la abría con fuerza, salía disparado y a veces tenía que arrastrarse por debajo del Corsa para alcanzarlo, menester para el que llevaba un cartón grande que desplegaba cuidadosamente sobre el asfalto para no mancharse de grasa. Por eso digo que le practicaba unos cuidados que ya me hubiera gustado a mi tenerlos en esa época.

Además el Corsa era la excusa perfecta para entablar conversación con el portero de la finca de enfrente, o con un vecino del primero que tenía otro coche igual al suyo, de manera que gracias a su auto hacía vida social, vida que terminaba cuando traspasaba  la puerta de nuestra casa. A mí nunca me interesaron los coches y salvo cuando íbamos al principio del verano al ‘queji’, en Madrid utilizaba el metro por lo general…

Bueno, se me ha ido el santo al cielo, no sé de qué estaba hablando antes, ya recuerdo, de las compañías que frecuentabais en el ‘queji’. No me refería a todos, algunos eran majos, responsables y trabajadores. Pero la época peor la pilló Violeta.

Violeta se sintió aludida y se dirigió a Marina tratando de evitar hablar de la época más espinosa y embrollada de su vida,

- ¿y cómo era yo de pequeña, mamá?

- A ti te tocaba parecerte a tu padre. Sacaste unos ojos claros como los suyos pero el resto de tu cara y el cabello eran morenos, el contraste te favorecía y la familia al unísono dijo que eras una monada. Así que guapa y la pequeña, era lo que te faltaba para que todos te mimáramos, y las primeras tus hermanas. Jugaban contigo como si fueras una muñeca, Águeda y Eugenia eran las mandonas que a diario te cambiaban de vestido, te vestían la ropa de sus muñecas favoritas, te peinaban de forma distinta y a veces a lo largo del mismo día te hacían diferentes peinados, de manera que era como si tuvieran una hermanita nueva cada día. Como había guardado ropa de todas vosotras, tú tenías un armario repleto como las artistas de cine. Y en el colegio también viviste de ser una Muro Robles.

- es verdad, los maestros me trataban superbien cuando se enteraban a comienzo de curso de quiénes eran mis hermanas, y sin demasiado esfuerzo fui pasando los cursos gracias a los méritos ajenos pues ellas habían dejado muy alto el pabellón familiar.

- Tu padre te adjudicó como instrumento el contrabajo, le costó admitir un miembro más en la familia y durante una época casi ni me hablaba porque me hacía responsable del embarazo como si él no hubiera contribuido.

- Entonces ¿no queríais tenerme?, la voz de Violeta sonaba apesadumbrada.

- No es eso, hija, perdona que haya sido tan clara o tan brusca hablando de ese tema pero ya eres mayor para que puedas entenderlo, ¿acaso no pensaste nada cuando te quedaste embarazada de Lola? ¿Quisiste tener un hijo con Sebas? Una cosa es lo que piensas antes de embarazarte, cómo te apuras por los problemas económicos que trae un nuevo hijo o en mi caso por el enfado añadido de tu padre, pero una vez que naciste todos te quisimos mucho y te aceptamos tanto que ahora pienso que te malcriamos.  Tan indulgentes y permisivos que luego no tenías medida para apreciar el valor de las cosas. Queríamos una vida mejor para ti y nos equivocamos. No te pusimos límites y quizá lo interpretaste como que todo valía y que podías hacer las cosas a tu antojo sin tener en cuenta el mundo que te rodeaba.

- Puede que tengas razón mamá, replicó Violeta, a los trece o catorce años todo era fantástico, estábamos un poco fuera del mundo real, y la cabeza llena de fantasías como si lleváramos instalado en su interior un teatro de juguete. La panda de gente con la que me junté en el ‘queji’ nos llevábamos estupendamente. Pero en octavo de ‘egebé’ mucha gente repitió, comenzamos a sentirnos fatal, no entendíamos para qué nos habíais traído al mundo, los canutos empezaron a correr a la salida de clase y nos bajábamos al parque debajo de la piscina municipal para fumar. Isabel, una amiga que se sentaba en el pupitre delante del mío, trató de suicidarse tomando un frasco de pastillas contra la depresión que su madre guardaba en el armario del cuarto de baño y Javi tenía unas rachas de violencia tremendas en las que rompía todo lo que se le ponía por delante, se cargó uno por uno los columpios del parque y prendió fuego a las papeleras del colegio. Menos mal que la peña era lo primero y funcionaba fenomenal; nadie delataba a sus colegas en las pifias que hacíamos.

Ese verano en el ‘queji’ fue terrible, yo recuerdo que no quería estar con ninguna de vosotras porque no me sentía comprendida y procuraba ir por casa lo menos posible, por la noche retrasaba la llegada para que estuvierais ya dormidas, aunque mamá me esperaba junto a la puerta sentada, unas veces leyendo y otras echaba una cabezada, y yo me acercaba sin hacer ruido y le daba un beso suave para no despertarla.

- me pasaba los días angustiada, saltó Marina, porque siempre estabas malhumorada, enfadada, con mala cara, como si el mundo te maltratara. Para  pedir dinero no tenías reparos aunque  gastabas poco, pero hubiera sido feliz de haber notado esos besos que tú aseguras haberme dado, al menos hubieran aliviado la tristeza que no podía compartir con tu padre, que ignoraba que tu también formabas parte de la pandilla a la que calificaba de ‘depravada, perdida, que ensuciaba el honorable nombre de la colonia de El Quejigal creada por padres probos, intachables como yo mismo para crear y educar a sus hijos en contacto directo con la naturaleza’.

- eso no se puede negar, mamá, era fantástico, estábamos en contacto con la naturaleza de la mañana a la noche,

- ¿y de que os servía, salvo para violentarla, si además no hacíais más que maltrataros a vosotros mismos? respondió Marina casi gritando.

- Estábamos confundidos, mamá, explicó Violeta, no queríamos estudiar, ¿para qué? Y encima muchos habían cateado unas cuantas asignaturas, dejábamos el cole para ir al instituto sin saber para qué, sabíamos lo que no queríamos ser de mayores pero no intuíamos en qué íbamos a trabajar o de qué podríamos vivir.

Eugenia cortó aquella conversación que se estaba caldeando demasiado y Violeta que se iba poniendo peor por momentos se marchó a otra habitación.