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Princesas entre cuerdas (Capítulo XII)

Ten calma, Violeta. Relájate. Decirlo es fácil pero me embalo. Me incomoda recordar determinadas épocas de mi vida, o tal vez no, aunque me fastidia que me lo recuerden mi madre o mis hermanas porque algo de razón llevan, pero parece como si ellas nunca hubieran sido adolescentes. En el ‘queji’ nos pasamos diez pueblos pero tendrán que reconocer que el alcohol y la droga corrían con fluidez. Jamás olvidaré el día que Sebas llegó a buscarme, transpuesto, con el rostro pálido, extremadamente  pálido, la boca  entreabierta y la mirada suspendida,

- ‘nena, un colega me ha pasado un poco de caballo, esto es fenómeno, qué sensaciones, mi cuerpo es distinto, tócalo, la vida tiene otro sentido, no puedes dejar de probarlo’

y así empezó a pincharse para tener nuevas experiencias, yo al principio le dije que tuviera cuidado con el caballo que era peligroso. Su respuesta fue tajante, el caballo le hacía volar por mundos sorprendentes y placenteros a los que no iba a renunciar, y terminó con la consabida frase, ‘no te preocupes, yo controlo, no pasa nada’.

Transmitía tanta fuerza en sus argumentos que acabó por convencerme y lo probé. Aquel día me sentí fatal como el culo del mundo, no sé si el caballo que me pinchó Sebas era malo porque no tuve aquellas sensaciones tan maravillosas como él aseguraba. Me reconcomía la vergüenza de pensar qué sucedería si mis padres se enteraban, el disgustazo que se iban a llevar, sobre todo Cefe. Mis hermanas mayores me llevaban demasiados años como para sincerarme y Cecilia andaba tan aplicada con su chelo que vivía en otra galaxia.

Además del caballo también probé la coca. No sé si fue Angelito, el hijo del frutero, el primero de nuestra cuadrilla que me la ofreció; yo no entendía cómo Sebas o él se mercaban las drogas con tanta facilidad porque los demás no teníamos un duro, hasta que descubrí que eran camellos que trapicheaban para pagar sus vicios y los de unos cuantos amigos. Así que los amiguetes de la pandilla empleábamos la poca pasta que conseguíamos  para pagar los cubatas con los que mezclábamos la droga que nos pasaban Sebas y Ángel.

Una noche me estaba esperando mi madre al llegar, sentada en el porche y me acerqué a darle un beso como otras veces,  me pidió que me sentara un momento que tenía que hablar conmigo. Le habían llegado rumores de que en nuestra peña tomábamos drogas, lo primero que me salió fue un no rotundo. Mamá insistió, las noticias habían llegado a oídos de Cefe pero él no quiso darles crédito y ella le tranquilizó diciendo que no se preocupara de las habladurías de la gente.

Pero Marina no dio el tema por zanjado, ‘no me mientas Violeta, te he estado observando durante semanas y tú no eres la misma, nunca te ríes, pareces retraída, evitas las conversaciones en la mesa, has dejado de hablar hasta con tus hermanas, adelgazas día a día, esos pantalones que llevas son de hace dos años y se te caen’.

Siguió dándome tantos detalles que me sentí acorralada y en un momento de la conversación admití que yo también había probado las drogas y de repente me pasó algo por dentro que ahora no sé explicar pero me puse furiosa contra mi madre diciéndole que no me entendía, que si me quisiera de verdad comprendería mi situación y si no quería tenerme en casa que no se preocupara que yo me marchaba. Mi madre se calló pero se le saltaron las lágrimas y se puso a llorar tratando al tiempo de contener el llanto. Me di cuenta de que me había pasado, no quería llegar tan lejos, pero algo impedía detenerme, no estaba dispuesta a ceder aunque quizá hubiera deseado en ese momento que mi madre me hubiera abrazado y me hubiera dado unos besos.

Estoy segura de que Marina no le dijo nada a Cefe sobre esa conversación pero él debió de enterarse por los comentarios que había en la colonia y un sábado antes de comer me llamó a gritos cuando yo estaba paseando con mi grupo de un modo que me subieron los  colores de vergüenza. Me separé de mis colegas y le acompañé a casa. Por el camino, antes de llegar me increpó requiriéndome que le dijera quiénes eran mis compañeros, y desde ahí pasó al insulto, ‘sois una chusma de sinvergüenzas, de inútiles, unos parásitos, eso es lo que sois,  que vivís de vuestros padres que tanto han luchado en la vida por vosotros y así nos lo pagáis’. Su irritación iba en aumento y en cierto punto le rogué que por favor no hablara así de mis amigos. Levantó la mano haciendo ademán de pegarme pero se contuvo, aunque sus ojos se tiñeron de odio. Marina que estaba dentro de la casa salió tratando de serenar los ánimos pero aquella trifulca parecía imparable, así que le espeté que me iba de casa y zanjé la charla.

Esa noche dormí en casa de mi amiga Chelo aunque los siguientes días volví a casa sobre todo porque Cefe regresó a Madrid. Yo había tomado ya la decisión de largarme, no podía seguir viviendo con una familia, que  me toleraba a regañadientes y me sentía incapaz de aguantar a mi padre por mas tiempo. Pero la situación no era excepcional sino que a la mayoría de la gente de mi pandilla le sucedía algo parecido. Buscamos una casa semi-abandonada de la colonia y nos trasladamos a vivir allí siete personas aunque el número aumentaba los fines de semana. Sobrevivíamos del trapicheo de nuestros camellos, Eugenia me pasaba comida, unas veces eran bocatas, otras latas, y los amigos también hacían aportaciones de fruta y embutido.

Estoy viendo el letrero que pintamos en la fachada ‘La comuna’, pero aquella casa se convirtió en la comidilla de la colonia, y aunque nosotros la bautizamos como la comuna, las malas lenguas del ‘queji’ le pusieron el mote de ‘el prosti’. Lo que para nosotros era amor libre para los mayores era depravación y un espectáculo nada edificante para los jóvenes que venían detrás. Mi padre, que siempre había sido una persona de orden y aceptaba lo que viniera de la autoridad por el hecho de serlo, al igual que iba a misa porque en su casa se lo enseñaron, era de los que abanderaban las posturas más intransigentes y se unió al grupo de padres que se dirigieron al cuartel de la guardia civil para pedirles que cerraran nuestra comuna a sabiendas de que una de sus componentes era su hija, la mimada según mi familia, la que había tenido más juguetes y regalos que las otras tres hermanas juntas.

Yo no me identifico con esos calificativos aunque si mi madre lo afirma será así, pero lo que me marcó fue la salida vergonzante del ‘queji’. Un sargento de la guardia civil se acercó un día a charlar con nosotros y nos dijo que con independencia de lo que hiciéramos dentro de los muros de la casa, éramos ocupas y los vecinos habían puesto varias denuncias para cortar de raíz aquella circunstancia. Nadie estaba dispuesto a pelear por seguir allí y le pedimos al sargento un plazo. Nos dio dos meses y aceptamos.

El día de la partida el ambiente se cortaba de rabia y de tristeza, casi todos habíamos pasado en aquel lugar los mejores momentos de nuestras vidas; la mayoría llevábamos viniendo por el verano desde que nacimos y nos dolía abandonarlo. En la despedida un solo tema de conversación seguido de una decisión, nunca, por mucho que nos doliera, nunca  regresaríamos a ‘El Quejigal’ y por primera vez en años usamos el nombre completo. Estábamos dispuestos a hacer lo que comentan que hizo Santa Teresa al marcharse de Ávila, quitarnos el polvo de las zapatillas para no llevarnos nada de aquel lugar, ni siquiera una mota.

Algunos, para seguir juntos, buscamos un piso en Madrid y encontramos un ático barato en Lavapiés, entonces me quedé embarazada de Lola. Sebas me proporcionó uno de los disgustos mayores de mi vida al no reconocerla legalmente ni darle sus apellidos porque según él los papeles no valían para nada, sólo para dar de comer a un puñado de chupatintas funcionarios del ayuntamiento. Nuestra vida en la ciudad resultó más difícil de lo que pensábamos y algunos comportamientos que se producían en el piso no eran un modelo para la niña. La relación con Sebas empeoró, se colgaba con frecuencia, diría que a diario, y aportaba menos dinero a la casa dificultando la supervivencia pues apenas podíamos llegar a fin de mes. El paso siguiente era robar comida en un supermercado y hasta ahí no estaba dispuesta a llegar, no quería traspasar esa raya.

Y  decidí emprender una nueva etapa de mi vida. Buscaría trabajo utilizando lo que había aprendido, tocando el contrabajo, el instrumento que me asignó Cefe para formar aquel quinteto que nunca vio la luz, eso sí, yo no volvería a tocar el bajo clásico. Lamentaba tener un padre casi un troglodita, yo creía que la música clásica movía montañas pero mi padre debía de ser puro basalto.

Un día le comuniqué a Sebas que me iba, casi no se enteró de lo enganchado que estaba. Le coloqué delante a Lola para que la viera y miró hacia otro lado, esa fue la última vez que se relacionó con su hija. A lo largo de estos años no he recibido ninguna llamada suya pidiéndome ver a la niña.

Unas amigas me admitieron a un piso que tenían alquilado en  Malasaña y le pedí por favor a Marina que se hiciera cargo de la pequeña durante unas semanas hasta que yo encontrara un trabajo. Me recorrí los baretos de la zona que ofrecían música en directo hasta que encontré uno donde necesitaban un bajista. Me costó hacerme al grupo porque mi formación era clásica pero luego noté que lo aprendido en el conservatorio me ayudaba a  improvisar en el jazz. La banda ha ido mejorando con los años e incluso hemos grabado un disco, y eso nos ha permitido tocar en bares de mejor reputación.

Diez años después de dejar el ‘queji’ regresé un día pese al juramento que hicimos de no volver. Tenía tantos recuerdos mezclados de aquel lugar, buenos y malos, que me costaba una barbaridad renunciar a una parte tan importante de mi pasado, quizá estaba atravesando una mala racha, la verdad es que no tengo un recuerdo nítido de los motivos que me llevaron a volver, a lo mejor el ‘queji’ me parecía un lugar seguro comparado con la vida que entonces llevaba. No aspiraba a continuar viviendo en el piso con otras cuatro mujeres, estaba mal que lo dijera, que lo pasaban peor que yo, cuatro mujeres que no eran las mismas pues cambiaban con frecuencia, en una casa con grietas en las paredes, malos olores en las cañerías y decenas de cucarachas que salían a principios del verano corriendo como almas que lleva el diablo. Veía muy poco a Lola y llegué a dudar de mi papel de madre, daba la impresión de que mi hija era la quinta que Marina no tuvo porque Cefe se hubiera demenciado mas de lo que ya estaba. 

El ‘queji’ no había cambiado mucho, el paisaje seguía igual, puesto allí como en un cuadro, lo que habían cambiado eran sus habitantes. Las drogas habían dejado la colonia peor que si hubiera pasado por allí un huracán asolador. Bajé hasta el río, ya no quedaban tiendas de campaña, el que más y el que menos se había construido su casa, ya no había clases sociales, los que vivían en tiendas y los que vivían en casas o chalets, las diferencias se habían vuelto borrosas. Incluso los bares eran distintos, no me resistí a la tentación de entrar en El Hugolino que ahora tenía pintado un letrero que decía ‘Cumbres Nevadas’. Por dentro era casi idéntico al que nosotras frecuentábamos; allí seguían apiladas las cajas de botellines de Mahou, las bolsas de pipas Facundo y de caramelos Paco como en nuestra época. Pero mi sorpresa mayúscula fue encontrar a Tinín, un chico de la panda de Cecilia, en la misma posición que durante años lo habíamos visto un día tras otro todos los fines de semana del verano, acodado sobre la barra, mudo, mirando a no se sabe dónde, con un cubata en la mano y cuando lo vaciaba el señor que estaba detrás de la barra se aprestaba a rellenar el vaso con otro cubata. No hablaba con nadie, no se le conocía novia o chica con la que saliera. Me dio lástima verlo allí de nuevo pero inmutable, mi sentido maternal que no había ejercido con Lola me fluía con facilidad, como la regla. Me senté a su lado sin abrir la boca, me miró de reojo, me dio la impresión de que no me había reconocido y se me cayó el alma a los pies. Me alarmé pensando que yo debía de haber sufrido una profunda transformación  o me había estropeado una barbaridad, los excesos de los años locos me habrían pasado factura hasta en la piel. Pero unos minutos más tarde volvió a mirarme y me dijo ‘¿Violeta?’, pagó los seis cubatas que había consumido y nos fuimos juntos del bar.

En contadas ocasiones el azar juega buenas pasadas y descubrí poco a poco en Tinín una excelente persona, no era dicharachero pero aquella especie de armario con corazón que me acompañaba me proporcionaba seguridad y una estabilidad que pocas veces había encontrado en los últimos veinte años.  No puedo decir que fuera como un armario porque Tinín al principio se mostraba solícito, tenía detalles conmigo como regalarme  flores, chocolatinas o un colgante que había comprado en un rastrillo, buscando sorprenderme con los regalos. Lo más chocante para mi  fue que Tinín dejó de beber cubatas. Desde que comenzamos a salir solo tomaba cerveza sin alcohol y eso que encontró un trabajo como comercial de una marca importante de bebidas.

A una noticia beneficiosa le acompañó otra, parecía que entraba en racha favorable, me llamaron de una banda de jazz que se estaba formando con músicos conocidos, eso suponía que íbamos a tocar en salas buenas y que podríamos grabar en alguna disquera de cierto nivel.

Un buen día llamé a Marina y le dije que quería hablar con ella, prefería que no estuviera Cefe, pues si me lo encontraba y discutíamos me iba a dejar de mal cuerpo. Le conté a mi madre cómo había mejorado mi vida, estaba otra vez embarazada, que el padre era Tinín, pero había ido allí porque quería de nuevo hacerme cargo de Lola que ya era una jovencita. Cuando lo oyó mi madre dio un respingo, supuse que sintió como si alguien quisiera quitarle una hija. Dos lágrimas aparecieron en sus ojos, me dijo que lo entendía y que lo más seguro era que la chica quisiera vivir con su madre, ‘en todo caso, añadió, habrá que consultarlo con ella’. Lola se sorprendió al oír mi propuesta y se dio un tiempo para responderme pero al final dijo que sí, y me confesó que de pequeña había soñado con aquella situación infinidad de veces pero sin resultado. Era consciente de que su abuela había sido en realidad una madre adoptiva, pero ¿por qué no? le gustaría disfrutar también  de su madre pese a que ya se había resignado a no hacerlo nunca. Esa decisión marcó a mi madre, porque Lola le daba muchas alegrías y le ayudaba a sobrellevar la convivencia con Cefe, y sentía que era injusto que yo le quitara a la pequeña. Me dio la impresión de que mi madre estaba un pelín celosa.