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Princesas entre cuerdas (Capítulo XIII)

Hoy he madrugado sin quererlo, anoche se me olvidó bajar la persiana y amanece tan temprano que a las siete había un sol radiante que me golpeaba en los ojos y no me quedó otro remedio que levantarme. Fui la primera de todas y me puse a preparar café y té con unas tostadas de pan reciente que bajé a comprar en la panadería cercana a la casa de mi madre. Una vez que tenía todo dispuesto sobre la mesa de la cocina fui despertándolas una a una. Telefoneé al hospital para ver cómo estaba nuestro padre, pero seguía en la UCI aunque me aseguraron que lo trasladarían a planta al mediodía. Dejé que se arreglaran sin prisa, las animé a que se pintaran un poco, ‘que nos vea guapas, Cefe’ era la consigna que les di. Llamé a Sergio para ver si estaba todo en orden en nuestra casa. Me dijo que en cuanto pasaran a mi padre a la habitación quería llevar a los niños para que vieran aunque fuera un momento a su abuelo. Se lo agradecí, sin su ayuda no sé qué hubiera hecho estos días. Además él era quien se llevaba mejor con Cefe y habían mantenido largas conversaciones durante años sobre el sentido de la música. A veces he pensado que a papá le hubiera gustado tener un hijo varón como Sergio y además pianista. Es un tipo excelente e irreprochable, por eso cuando me entran dudas acerca de nuestra relación me siento peor; el amor no es eterno pero no puedo hacerle una faena a Sergio.

A media mañana salimos las cinco hacia el hospital, Marina no podía ocultar su inquietud, no paraba de removerse en el asiento de un coche  pequeño en el que a duras penas cabíamos las cinco.

Águeda iba conduciendo y de repente se volvió,

- por favor, mamá, ¿no puedes estarte quieta? Estás moviendo todo el tiempo la cabeza y me tapas el espejo retrovisor, ¿te pasa algo?,

- ¿te parece poco lo que me pasa?, respondió Marina algo malhumorada, ¿acaso no lo entiendes? a veces bien sabe Dios que he estado deseando este momento y ahora que lo veo cerca tengo una intranquilidad que no cesa. Pese a lo que tu padre me ha hecho sufrir, me da vértigo pensar en quedarme sola.

- no estarás sola, mamá, intervino Eugenia, sabes que nos tienes a nosotras,

- sí, ya lo sé, hija, pero vosotras tenéis vuestra vida organizada, el trabajo, los niños, y tú vives en Inglaterra. Es cierto que en los últimos años he hecho mi vida prácticamente sola, y tenéis razón, pero es distinto. ¿Y si tu padre mejora al verse al borde de la muerte y si las operaciones le cambian el carácter? Tal vez podría recuperar al Cefe de cuando éramos novios.

- ojala fuera verdad mamá, apuntó Violeta, porque no sólo ibas a recuperarlo tú sino también nosotras, yo lo he conocido así la mayor parte de mi vida.

Mi madre había entreabierto una puerta a la esperanza y ahora le tocaba a la ciencia y al azar decidir el futuro de nuestro padre, o quizá dependiera de él y desconocíamos cuáles eran en verdad sus pretensiones. Cefe solía decir que prefería morir antes que verse inútil o ser un estorbo para los demás, solo pedía que, cuando llegara ese momento, alguien le diera una pastilla que facilitara su decisión. Sin embargo cuando se acerca la ocasión la gente se agarra a un clavo ardiendo antes que dejarse caer en un vacío incierto. La enfermedad le había suavizado, pero  eran mayores las ganas que nosotras teníamos de que cambiara que la realidad de mi padre.

- Marina ya sabe que todavía es pronto para el diagnóstico definitivo, le repitió la jefa de la unidad de cuidados intensivos, el corazón de su marido está respondiendo   magníficamente y vamos a enviarle a planta. Pero, ya le dijimos que lo tenía muy tocado y por eso el sistema circulatorio no funciona bien, ¿usted me entiende, verdad? No quiero que se hagan ilusiones vanas aunque ya verán en un par de horas cómo su aspecto es estupendo.

Salimos  del despacho cabizbajas. Traté de darle ánimos aunque el tono de mi voz no debía de ser contundente,

 - gracias hija, no nos queda otro remedio que esperar y tal vez rezar, ya sé que piensas que rezar no sirve de nada pero para mí es un consuelo.

La primera frase de Cefe nos dejó noqueadas,

- ¡pero qué guapas están todas mis mujeres, os habéis puesto de tiros largos, aunque os recuerdo que a los funerales se va de negro y sin pintar!, e hicimos como si no le hubiéramos escuchado.

- Cefe, le replicó Eugenia con un cumplido, en vez de pasar por el quirófano pareces recién salido de una clínica de belleza, te han dejado estupendo, la barba no pincha como de costumbre, te han recortado las greñas que llevabas estos días, en fin que pareces un pimpollo”,

- ¿de qué greñas hablas?, gruñó mi padre, le dije a la doctora que aprovechando  que me iban a anestesiar, que me dieran un repasito para quitar desperfectos como hacen con los coches, y al parecer me ha escuchado,

- perdona hijo, insistió Eugenia, qué susceptible estás, se nota que te vas haciendo mayor; resumiendo tienes un aspecto fenomenal y cuando te recuperes nos vamos a ir tú y yo al ‘queji’ a dar una larga caminata como en los buenos tiempos,

- te tomo la palabra pero no te precipites, que los médicos han dicho que no me entusiasme, tengo que descansar como si estuviera haciendo una cura de reposo en un balneario. Fíjate que nunca he estado en un balneario ¿verdad Marina?

- conmigo desde luego que no; te recuerdo que no he conozco otro destino de vacaciones que el ‘queji’, le respondió mi madre en tono jocoso, 

- pues estos años he estado tentado alguna vez de que fuéramos a pasar un fin de semana en un buen balneario, de esos que tienen sauna, te masajean y te embadurnan todo el cuerpo con lodo, dicen que sales nuevo,

- cuando te recuperes, os pagamos nosotras el fin de semana en uno de esos balnearios,

- ojala, pero no las tengo todas conmigo, es como si se me agarraran mariposas al estómago, ¿se dice así?

- papá, eso lo dicen los actores cuando va a empezar la función, traté de dar un giro a la conversación que podía decaer en cualquier momento en una depresión compartida, tenemos una conversación pendiente, no nos has explicado tus andanzas con el piano.

- ya no me acuerdo bien dónde me había quedado, pero es igual. Mi gran sueño, el único que he tenido, fue formar con vosotras un quinteto y recorrer los auditorios del país recogiendo los aplausos de un público enfervorizado. Aunque pensándolo bien, a veces el público se comporta de una manera incomprensible, incluso la gente que tiene abono y que acude con frecuencia al auditorio es poco atenta con los intérpretes.

Nunca he soportado a los que tosían sin hacer ningún esfuerzo por contener la tos, y a esas toses un día empecé a llamarlas toses sinfónicas. Quizá haya aumentado el número de personas mayores que van a la música, o los que éramos jóvenes hace treinta años nos hicimos mayores; pero la gente no suele toser a causa de la edad ni porque no haya suficientes otorrinos en la seguridad social, ni porque compitan unos con otros a ver quien tose más fuerte,

- ¿y? coreamos las cinco,

- Llegué a distinguir varios tipos diferentes de toses, la tos dura por ejemplo es muy distinta del carraspeo, y se esforzaba en imitarnos las variaciones entre toses, la tos perruna de la tos convulsa, la tos del fumador tan distinta de la tos ferina de los niños, aunque en defensa de los fumadores, yo veía gente fumando en el descanso que cuando tomaba asiento en su butaca parecía que se le paraba la respiración durante el concierto.

También había distintos tipos de tosedores, los tímidos que esperaban el bramido de los metales para que no se notara su tos, los que se ponían el mundo por montera ni cortos ni perezosos y tosían a sus anchas en los pianísimos o en los adagios, y un tercer grupo, los aburridos, que emitían tosecillas nerviosas, incapaces de aguantar una obra que no les acababa de convencer o un momento de silencio en el que podía escucharse hasta un pelo que se cortara. Porque la gente preocupada por no molestar con su constipado hacía esfuerzos ímprobos por aguantarse la tos o, si se veían incapaces, salían de la sala evitando incomodar a sus vecinos.

Así que deduje que mucha gente tosía para llamar la atención, lo que me resultaba extraño porque la atención había que centrarla sobre el escenario y no en el público asistente. Seguía rumiando el tema dentro mi cabeza y le sugerí al jefe de sala que pusiera caramelos a la entrada aunque si por mi hubiera sido habría exigido a los asistentes en la puerta al entrar, que me enseñaran la garganta y si alguno estaba constipado le habría proporcionado una mascarilla como la que usan los japoneses o directamente lo habría enviado de regreso a su casa para que acudiera a la consulta del médico. Pero ¿qué hacer con las toses rebeldes, resistentes, esas toses nerviosas que acaban poniendo histérico a todo el público de la sala? Os parecerá que soy un exagerado, pero lo he recapacitado tantas veces que os reiréis de la solución que imaginé.

Antes de empezar el concierto el director invitaría a todos los que quisieran toser a subir a escena delante de la orquesta para ofrecer un pequeño concierto de tos, bien solista o coral, a capella o incluso con algún pequeño acompañamiento por ejemplo de cuerda. Los ganadores se subirían al podio junto al director para saludar al sufrido público, y una vez terminada la ‘sinfonía de las toses’ los participantes regresarían satisfechos a sus localidades para escuchar ya en silencio monacal el programa del día y así todos disfrutarían de la actuación,

- te has pasado un montón Cefe, replicó Violeta, si tu estuvieras tocando en un café donde la gente come, bebe, charla y te echa el humo a la cara, verías lo que es bueno, y donde además a la mayoría le importa un bledo lo que tu tocas,

- si, pero la gente se gasta mucho dinero para acudir a un concierto y muchos sólo van cuando acuden orquestas extranjeras famosas y tocan piezas muy conocidas. Aunque pensándolo bien la gente no va solo a escuchar, sino a lucirse, y hay señoras que, haga frío o calor, en cuanto llega Noviembre las ves que sacan el visón porque la temporada es corta, y luego están los que se encuentran como por casualidad con su jefe para hacer méritos o los que para ligar invitan a la chica a un concierto, algo que suena a culto y selecto, y además la invitan a cava en el descanso.

- Ceferino, déjate de tanta disertación, y cuéntanos algo de tus lecciones de piano.

- calla, que no me dejáis explayarme, si no hablo malo y si lo hago también, ya me diréis la solución,

- no seas melodramático, los médicos han ordenado que no hables demasiado, que reposes,

- si quieres me echo una siestecita y seguimos luego, o ¿es que temes que no llegue al final de la historia?

Al ver cómo derivaba el tema desistí:

- perdona papá no he dicho nada, ya me callo y sigue como quieras.

- Eso me gusta, Cecilia, porque la gente que toca el chelo suele tener un carácter peculiar y harto difícil. Prosigo. Cuando llegó la siguiente temporada hablé con Alberto, el pianista de la orquesta, le conté mis ilusiones y también  mis temores, carecía de tiempo, ya era mayor y mi oído no era una tapia pero vamos tampoco era un canario. Alberto me animó, tocar el piano no era tan difícil como parecía pero requería perseverancia. A veces podías tener la impresión de que los avances eran lentos pero de repente te percatabas de los progresos y melodías que llevaba tiempo sacarlas, un día  parecía que la dificultad se había difuminado, había desaparecido, y podías escucharlas con un sonido agradable, incluso excelente diría.

Sus  palabras me evocaban la subida a una montaña y me dije que si había conseguido coronar todos los picos de la sierra de Guadarrama por qué no iba a suceder lo mismo con el piano. Él  me insistió en algo que yo apreciaba mucho, la oportunidad, y me contó aquello que ya sabéis, que el tren pasa sólo una vez por cada estación en su recorrido. Y yo no quería perder aquella ocasión, me dije ahora o nunca. Le pedí que me aconsejara con quién podía tomar clases y me recomendó a Doña Raquel que vivía en la calle de San Bernardo, cerca de nuestra primera casa; además ella, al trabajar en el Real, me haría un precio especial. Alberto se comprometió también a dejarme alguno de los pianos viejos de la orquesta para que practicara en los ratos libres.

A la semana siguiente, recuerdo que era un lunes por la tarde, llegué a casa de Doña Raquel; emocionado casi tanto como cuando me declaré a Marina, la saludé y la boca se me secó como un esparto y las palabras me salían con gran dificultad como si hubiera comido un kilo de polvorones. Alguna vez me había colocado delante de un piano para ver la sensación que experimentaba, pero en esa ocasión no pude hacer otra cosa que mirarlo enmudecido. Casi se me saltaron las lágrimas, ya sé que pensáis que vuestro padre es un sieso y nunca llora y decís bien.

Doña Raquel me habló de que tenía que estudiar solfeo, algo parecido a una asignatura dura y fea, como me ocurrió en el seminario con la Lengua, donde los resultados solo se veían al cabo de un tiempo. Lo estudiaría en casa por la noche después de cenar, mientras Marina cosía y vosotras dormíais. Acudí a todos los ensayos de los conciertos donde había alguna obra para piano y me fijaba en cómo los pianistas colocaban las manos y los pies y las posturas de su cuerpo. Me fascinaba ver cómo cruzaban una mano sobre la otra y la distinta intensidad que aplicaban a las teclas en los fortes o en los pianísimos. Y me resultaba una hazaña portentosa que los solistas aprendieran de cabeza una partitura que podría durar cuarenta minutos y a veces hasta una hora, en fin una eternidad sin pentagrama delante.

El primer año de clases lo pasé aporreando las teclas, Doña Raquel insistía en que estaba haciendo progresos, pero creo que lo decía para no desanimarme. Me costaba una barbaridad concentrarme en el solfeo y ponerme luego ante un piano que no producía sonidos armónicos sino chirridos. 

Para compensar busqué actividades físicas que me sirvieran para despejarme. Ya os habrá contado mamá cómo amplié la cabaña, abrí una cartilla para ir metiendo el dinero que me daban en concepto de antigüedad  y cuando calculé que ya tenía bastante saqué los ahorrillos. Además de agrandar la casa hice un porche y en una esquina de la parcela puse una huerta y llegué incluso a tener fresas, las mejores fresas del ‘queji’ aunque algunos amigos se metían conmigo porque decían que tenían tierra, pero nada más lejos de la realidad, aquellas fresas, mejor dicho aquellos fresones eran gordos y con un aroma que nada mas entrar en la cocina podías percibirlo. Y con las judías verdes, los calabacines y las alcachofas, guisaba  unas paellas de verduras de rechupete, aunque siempre poníais pegas, que si el arroz estaba un poco pasado, que si había echado demasiada sal, o cualquier otra excusa, pero nunca quedaba ni gota de arroz en la cazuela.

Reinicié las clases, pero los progresos llegaban despacito. Me apesadumbraba ver cómo vuestra madre se quedaba cosiendo hasta altas horas de la noche mientras yo me afanaba por un capricho. Rumiaba el tema una y otra vez en la cabeza, pero con el sueldo de la orquesta y las horas que echaba en la agencia de viajes cumplía con creces con la misión de ser el sustento principal de la familia. Ya tocaba canciones populares sencillas, pues Doña Raquel se cuidaba de que hiciera avances para evitar el desánimo, así que me sentía fenomenal cuando era capaz de tocar una canción que los demás tarareaban. En las bodas o en los bautizos a los que acudíamos, los amigos me pedían que tocara algo al piano y eso me  servía de acicate para seguir con las clases, aunque podéis imaginaros que cuando asistía a un concierto de un pianista famoso salía descompuesto, no había manera, me comparaba y en la comparación, claro, salía muy desfavorecido. Nunca llegaría a ser como aquellos intérpretes, peor aún, era imposible que llegara a tocar una pieza corta con técnica y sobre todo con corazón. Había algo dentro que impedía apasionarme. La música me suscitaba un cúmulo de emociones  pero cuando me sentaba al piano me ponía rígido, como si tuviera brazos y manos mecánicas, articuladas como una prótesis. Ahora mismo me pongo malo sólo de recordarlo.

Un día fuimos mamá y yo al cine para ver una película de un violinista muy famoso, Isaac Stern, a quien yo vi tocar en el Real,

- recuerdo que la película se titulaba De Mao a Mozart.

- eso es, y trataba de que a la muerte de Mao en la China comunista le pidieron al maestro Stern que diera unas clases a las orquestas de las principales ciudades chinas. Los violinistas chinos eran unos profesionales consumados que conocían al dedillo las partituras clásicas pero tocaban las notas de forma mecánica y sin alma. El  trabajo de Stern era insuflarles inspiración, pasión, que se emocionaran con la música y eso se mostraba incluso en la manera de agarrar el violín. Los instrumentistas chinos lo asían como quien toma una herramienta y Stern les trasmitía que lo más importante era agarrar el violín con cuidado, con mimo, compenetrándose con él, como si fuera un ser vivo que tuviera sentimientos.

Pues bien creo que a mi me sucedía algo parecido con el piano, no era capaz de guardar la distancia apropiada y la postura al sentarme era forzada, no sabía cómo llegar a los pedales y si prestaba mucha atención a los pies lo que me fallaba era la coordinación de las manos. Doña Raquel decía que olvidara mis preocupaciones, era cuestión de tiempo, y a todos los principiantes les pasaba igual, pero yo intuía que había algo más y me desmoralizaba. Seguía acudiendo a mis clases para daros ejemplo a vosotras, pues si yo abandonaba no podría evitar que hicierais lo mismo. Había grandes diferencias entre vosotras y yo pues habíais empezado desde niñas y procuré rodearos por todas partes de música para que os entrara por los poros como si fuera agua. El abandono de Águeda fue un aldabonazo pero la crisis me la desencadenó Arrate.

- ¿y ese quien era?

- un director de la orquesta nacional que me hundió en la miseria personal. En los ensayos generales yo preparaba el atril del director con las partituras del día. Hasta ese momento Arrate siempre me había tratado con afecto pese a que se llevaba mal con los músicos, cuando algo no sonaba como él quería, se encolerizaba y a veces si alguien desafinaba demasiado llegaba  incluso a insultarlo. Me preguntaba por mis avances con el piano y me animaba a continuar. Pero un día equivoqué la partitura de la sinfonía y puse la cuarta de Bruckner en vez de la de Brahms.

Pronunció mi nombre como un trueno “Ceferino, desde cuando Brahms se ha transmutado en el sacristán de Bruckner. Para llegar a tocar el piano hay que aprender primero el abecé de la música, hace falta una cultura de la que usted desde luego carece cuando confunde a un músico de la talla de Brahms con un Bruckner que pasó hambre por hacer música de iglesia.”

Los profesores de la orquesta me miraron mostrando solidaridad y compañerismo, yo me puse de color escarlata, le pedí perdón, cambié la partitura y me retiré de la sala. Me fui a la calle, me metí en el metro y aparecí en El Retiro, anduve dando vueltas sin rumbo fijo por el parque, me sentía abochornado, avergonzado, me había llamado botarate en público, delante de toda la orquesta, con qué cara iba a subir de nuevo al escenario a reponer una partitura.

Pero Arrate tenía razón. Había emprendido un sueño para el que no estaba preparado, nunca llegaría a ninguna parte, salvo a hacer el ridículo. No se lo dije ni a mamá, pero a partir de aquel día organicé las cosas para dar la impresión de que no tenía tiempo y de que tenía que abandonar aquella mi gran ilusión. Unas semanas después el maestro me llamó para decirme que se había excedido y que lo sentía.

Llegó la enfermera para echarnos y mi padre se quejó con amargura,

- enfermera me mandan a la planta para que esté con mi familia y tenga una recuperación rápida y en cuanto pasan un par de horas ya las están echando, ¿en qué quedamos? ¿quieren que me cure o prefieren que deje la cama libre para que corra la cola de espera?”

- no diga barbaridades por Dios, Ceferino, una cosa es que puedan verle y charlar un rato y otra que en cuanto le bajan a la habitación no suelte la hebra. Por hoy ya es bastante, le voy a poner un sedante para que se relaje y duerma bien,

- y comer ¿para cuando enfermera? Ustedes me van a matar de una forma u otra,

La enfermera miró a mi madre compadeciéndola:

- su marido ¿es así siempre o es un trastorno temporal producto del infarto?

mi madre dio una respuesta correcta para no crear problemas:

- a veces se incomoda pero a medida que se vaya recuperando ya verá cómo le mejora el carácter.

Nos despedimos y yo al darle un beso le dije que Sergio iba a pasar con los niños para verle,

- dile a tu marido que quiero tener una charla a solas con él, no quiero irme de este mundo sin saber un poco mas sobre el secreto de la música,

- qué pesado andas con la muerte, ya sabes que Sergio estará encantado de hablar contigo, en el fondo sois almas gemelas.

En el camino de vuelta, de nuevo, al montarnos en el coche nos sumimos en un denso silencio que nos permitía alejarnos un poco pese a que la distancia era muy corta. Eugenia rompió a hablar y todas manifestábamos sentimientos encontrados. Le  habíamos visto de buen aspecto, exultante a ratos, hablar le sentaba bien después del mutismo de los últimos años. Seguía teniendo respuestas y comentarios bordes pero cuando nos contaba su vida daba la impresión de ser otro, ese Cefe que mi madre aseguraba que un día existió.