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Princesas entre cuerdas (Capítulo XIV)

Una música suave me despertó por la mañana, sonaba la Sinfonía Clásica de Prokofiev, presagio de un buen día. En el exterior hacía bochorno, una nube de calima impedía que el sol se mostrara al completo y los pronósticos del tiempo señalaban mucho calor con temperaturas superiores a las habituales en la época. Nos demoramos más de lo habitual en el desayuno charlando por los codos aunque el contenido fuera de poco interés hasta que llegó Marina inquieta y desasosegada pues se nos hacía tarde para ir al hospital. Pese a lo temprano que era, hube de encender el aire acondicionado del coche, pues nada mas subirnos comenzamos a sudar.

Al llegar a la planta nos entró el susto en el cuerpo, la cama de mi padre estaba vacía y corrimos hacia la sala de enfermeras. Cefe había empeorado y lo habían trasladado a la UCI, no dábamos crédito a lo sucedido cuando la víspera todo parecía estar en orden y mi padre en franca mejoría. La enfermera insistió en que esperáramos en la habitación pero Eugenia acudió al despacho del cirujano. Mi madre consternada, callada, daba la impresión de que iba a desfallecer en cualquier momento. Hablar por hablar era mejor que callar,

- mamá, recuerdo que un día llegó papá a casa y se encerró en la habitación sin hablarnos, no salió ni para cenar y al día siguiente cuando entró a la cocina para desayunar tenía buena cara como si nada hubiera sucedido, ¿qué pasó?

- tal vez ese fue el día en que dejó las clases de piano, no lo sé, aunque ese comportamiento lo reiteró otras cuantas veces después hasta que se quedó incrustado en él como un hábito que, dados los buenos resultados que le había proporcionado, podría continuar repitiendo hasta el infinito. Los primeros años se dedicó en cuerpo y alma al solfeo y al piano, como si quisiera hacer varios años en uno, ya no era un niño y tenía premura, vosotras ya practicabais los instrumentos y para hacer realidad la quimera del quinteto, él no podía demorarse. Después comenzó a hacérsele cuesta arriba, faltaba algunos días a las clases con Doña Raquel sin justificación alguna, durante las comidas hacía comentarios que yo no entendía y en los últimos meses había ya dejado de hablar de la compra de un piano aunque no teníamos dinero ni sitio en la casa donde ponerlo. Al mismo tiempo aflojó un poco la presión sobre vosotras. Cuando yo le preguntaba trataba de esquivarme y si no podía me daba como en los toros una larga cambiada. No insistí. Al año siguiente abandonó. El día al que tú te referías Violeta debió de ser, según nos contó ayer, cuando tomó la decisión. Mascullaba un nombre que no llegaba a descifrar, y ayer comprendí al fin que podía tratarse de Arrate, el director de orquesta.

Cefe aportó como excusa que ya no podía más, que había llegado a su punto máximo de resistencia, que no sólo no avanzaba sino que incluso retrocedía, y Doña Raquel apenas le hacía comentarios en las clases. Tuvo la fatalidad de que la poca agilidad que había ganado con las manos la perdió un día en que se cayó trotando por los senderos del ‘queji’ cuando se le rompieron dos dedos de la mano derecha. Se llegó a bloquear delante del piano, los músculos se le contrajeron y le dio un ataque de ciática. Fuimos al médico y le mandó unas inyecciones de vitaminas que le sentaron bien, el médico no le dio importancia y aunque Cefe no se atrevió a preguntarle si podía seguir sus clases de piano, estoy convencida de que la respuesta hubiera sido que si.

- pero ¿él te dio alguna explicación?

- nunca me dio razón del abandono, sino que lo fui deduciendo a partir de palabras inconexas, era como seguir la pista de un hilo enmarañado donde resulta imposible encontrar el otro cabo de la madeja. A partir de cierto momento dejó de preocuparle la renuncia a sus ilusiones y sus sueños, al fin y al cabo, empezó a decir abiertamente, era sólo un acomodador y  nunca conoció colega alguno que hubiera tocado un instrumento. Se intranquilizaba al acordarse de vosotras y mascullaba frases del tipo de qué pensarán, qué dirán, cómo reaccionarán al saberlo y cómo influirá en sus estudios de música.

Nada exteriorizó en su rostro esperando para contároslo una mejor ocasión que nunca llegó y cuando Águeda abandonó se quedó aturdido con una mirada neutra dirigida a ninguna parte como si no fuera con él. Era el temido colofón, si él había abandonado la nave, por qué no sus hijas también. No podía permitirlo, se puso rabioso, no aceptó la negativa de Águeda y entró en una bronca de años que terminaría al marcharse por la puerta Violeta,

La doctora les interrumpió,

- Ceferino está muy grave, vamos a traerle a la habitación, las posibilidades de que sobreviva son escasas, estará aquí dentro de media hora. El conoce su situación de manera bastante exacta por lo tanto no finjan.