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Princesas entre cuerdas (Capítulo XIX)

El médico de la planta se acercó para ver el encefalograma de Cefe y fue como si al chasquido de dedos del mago hubiéramos salido todas de un estado hipnótico. Nos dijo que había entrado en una fase letárgica de la que ya no saldría, había dejado de sentir o percibir lo que le decíamos y en resumen no sufría. Es como si se hubiera roto el espejo en el que nos habíamos estado todas mirando, deseando que se produjera el milagro. Nuestros ojos tenían lágrimas pero ninguna rompió a llorar, me costaba un esfuerzo ímprobo no sollozar pese a que lo había hecho de manera abundante antes de llegar al hospital y tuve la impresión de que a mis hermanas les ocurría algo semejante. Era cosa de segundos, de minutos o de horas, pero el final se tocaba con la punta de los dedos.

Cefe estaba asistiendo a las últimas secuencias de su vida, y me imaginaba que el proyector de cine iba a cámara lenta en las escenas buenas para que las saboreara como el buen vino y corría como un rayo por las malas.  Cefe pese a su genio y sus rabietas podía disfrutar mucho de algunas etapas de su vida, punteadas siempre por la buena música que tuvo oportunidad de escuchar a raudales, y cuando apareciera el letrero ‘the end’ como en las películas americanas, estaría dispuesto a pasar a mejor vida.

Un par de horas después certificaron el fallecimiento. Nos abrazamos las cinco, las mujeres de Cefe, dándonos un poco de consuelo. Mientras hacían los preparativos de cara al tanatorio, hicimos por enésima vez el camino a casa de mis padres para llevar a Marina y que pudiera asearse y cambiarse de ropa,

- ¿qué pasó anoche, mamá, te dijo algo cuando aún estaba consciente?

- tras la inyección y la partida de Sergio durmió varias horas y de madrugada despertó, entonces tuvo unos momentos estupendos, diría que brillantes, aunque en otros volvía a caer en una especie de somnolencia donde decía cosas inconexas, gemía o levantaba la voz, como si soñara o acaso como si tuviera pesadillas, de vez en cuando llamaba a Anselmo y le pedía perdón

- ¿y a ti qué te dijo?

- me llamó Marinita como hacía años, tantos que se me había olvidado por completo, vamos, creo que ninguna de vosotras recordáis que jamás me hubiera llamado así. Luego me habló de vosotras, Le indiqué que la grabadora estaba en el cajón de la mesilla por si quería dejaros algún mensaje, y me dio una contestación confusa que no entendí bien.

Pero no dejaba de ser él. Pasaba del exabrupto porque sus hijas no habían hecho su voluntad y así les había ido la vida de mal, a decir que si hubierais hecho, bla, bla, bla, y se repetía de nuevo,  irritándose progresivamente aunque no sé si el enfado era con vosotras o en realidad estaba molesto consigo mismo, con la vida o con el mundo.

No seguía ninguna lógica lo que me decía porque de repente estaba en ‘el queji’, contándome lo bien que lo había pasado caminando por la sierra, y al minuto me hablaba de su uniforme de acomodador o de un concierto de Mozart, para volver a los paseos con sus niñas por el monte. Poco a poco se iba cargando, como si la fiebre se adueñara de él, su desazón iba en aumento, se agitaba sobre la cama, no sabía qué posición tomar porque en ninguna se sentía cómodo.

Entonces se me ocurrió decirle que si quería que llamara a un cura para que le diera la extremaunción, y fue como un ensalmo, de repente se serenó y me respondió afirmativamente. Llamé al enfermero que estaba de guardia y enseguida se acercó hasta la habitación, ‘no se preocupe que enseguida le busco uno’.

Al rato llegó el cura y salí de la habitación para dejarlos solos. Debieron de estar hablando alrededor de media hora, no sé si hablaron los dos o solo el cura, pues no tenía suficiente confianza como para preguntárselo. Al regresar a la habitación, Cefe estaba plácido, sereno y balbuceó unas pocas frases,

- espero, Marina, que este cura lleve razón y Dios me perdone, después de hablar con él he entendido algo más de la vida, diles a nuestras hijas que las quiero. Tú cuídate durante este tiempo hasta que vengas a verme, pero dudo que quieras repetir conmigo en la otra vida.

Puso un dedo en los labios para indicar que no hablase ni le replicara, le tomé la mano y le di un beso y estuvimos así unos minutos hasta que se quedó como inconsciente y no volvió a dar señales de vida, su rostro se relajó, se le estiraron un poco las arrugas y las comisuras de los labios se le retrajeron para esbozar una sonrisa.

Ya sólo quedaba que cumpliéramos su última voluntad.

Águeda hizo una sugerencia que mis otras hermanas aplaudieron,

- podríamos honrar a papá con un funeral íntimo donde nosotras tocáramos algo juntas con los instrumentos que él nos adjudicó.

Yo apoyé la iniciativa, y aporté la búsqueda de las partituras necesarias. Además se me ocurrió que lo que deberíamos tocar era La trucha. Me dijeron que estaba loca, que era imposible aprender una pieza tan larga y que sobre todo faltaba el pianista, ¿quién iba a hacer de pianista? Cuando nombré a Sergio esbozando una risita burlona todas corearon ‘¡no se nos había ocurrido!’. Violeta había permanecido casi en silencio, seguro que a ella la música clásica se le había quedado ya algo rezagada, pero tenía la cara risueña como si le hiciera ilusión.

Marina contribuyó con su habitual dosis de cordura ante el exceso de voluntarismo puesto de manifiesto por nosotras,

- ¿no os dais cuenta de que en un par de días volvéis a vuestras ocupaciones cotidianas y no os vais a poder ver en unos cuantas semanas?

- tengo una idea, Cecilia ¿puedes conseguirnos las partituras en un par de días? En ese caso aprendemos nuestras partes cada una por separado y en un mes, que coincide casi con el cumpleaños de Cefe, nos juntamos y ensayamos durante dos o tres días, ¿te va bien el plan, Águeda?

- sí, creo que sí,

- voy a llamar a Sergio ahora mismo, para que me busque las partituras y de paso le contaré que hemos pensado que nos acompañe al piano

- ¿y quién se va a llevar un piano hasta allí?

- no te preocupes, Sergio tiene un teclado electrónico que suena de maravilla, y en ‘el queji’ no creo que nadie perciba la diferencia,

- puedo decírselo a mi grupo para tocar también alguna pieza de jazz, o arreglos de piezas clásicas tocadas en forma de jazz, ofreció Violeta.

La casa de mis padres era como una colmena de actividad febril donde cada una tenía un papel en el reparto general que habíamos hecho aunque Marina parecía dudar,

- yo creo que le hubiera gustado a vuestro padre, pero no sé donde vais a poder tocar porque no hay sitio, salvo al aire libre,

- ¿y si lo hacemos en la terraza del bar de Hugolino?, ahora han hecho un merendero grande y no será problema. Todas asentimos.

- Lo único que os pido, por favor, es que no me dejéis mucho tiempo aquí en esta casa las cenizas de vuestro padre, dijo Marina, espero que no haya retrasos.