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Princesas entre cuerdas (Capítulo XV)

De repente nos dimos cuenta de que apenas quedaba media hora para preparar la despedida que solo un milagro podría evitar. Telefoneé a Sergio para comunicarle la noticia; en cuanto terminara el concierto, calculaba que hacia las ocho y media de la tarde, estaría en el hospital para tener esa conversación a la que Cefe había hecho referencia la víspera.

- no vamos a escenificar la despedida, no tiene sentido, ¿qué le gustaría que hiciéramos?, algo que le dejara buen sabor,

- ¿vosotras no llamaríais a un cura para que le confesara?, apuntó Marina,

- mamá tu sabes mejor que nosotras cómo andaba Cefe de religión en estos años, ayer comentó que su mejor amigo, Don Severino, el cura del ‘queji’, estaba postrado en cama y no salía de casa. Pero si tú crees que un cura puede consolarlo en estos momentos buscamos al del hospital, alguno habrá, y se lo traemos,

- ¿y si vamos a por nuestros instrumentos y le tocamos alguna de las piezas que le agrada?,

- y nos echan del hospital los familiares de los enfermos con cajas destempladas, Violeta, aunque tampoco nos iban a dejar pasar por la recepción con los instrumentos.

Callamos de nuevo inmovilizadas, sin iniciativa, mientras el reloj seguía la cuenta atrás. Se me ocurrió plantear que contáramos anécdotas del ‘queji’ y como trasfondo suave prenderíamos la radio para sintonizar música clásica. Hice rápida la maniobra giré el dial de la radio y no podía dar crédito a lo que escuchaba, sonó la sexta de Beethoven, la primera sinfonía que papá escuchó en el Real, mientras los enfermeros lo introdujeron en la camilla y desde la camilla lo traspasaron a la cama. Cefe traía el gesto descompuesto, la mirada clavada en un lugar remoto y a nuestros besos apenas respondió. Hicimos como que manteníamos una conversación anterior a su llegada y él siguió ausente, sin pensamientos ni fuerza para la charla.

- ¿os acordáis de Matías?, tenía un hermano mas pequeño Esteban que era de mi panda. El otro día leí en el periódico que lo había matado su mujer

- ¿quién ha puesto la radio? interrumpió papá, ¿es que no podéis dejarme morir tranquilo?

- he sido yo, había puesto la radio para escuchar mi programa y cuando oí que era la Sexta, la dejé porque sabía que era tu sinfonía favorita,

- seguid, seguid hablando, dijo abatido mi padre,

- en cuanto lo leí en el periódico llamé a Rosa para contárselo, pero llegué tarde pues ya lo sabía. Se lo tenía merecido,

“era un malnacido, ¿vosotras sabéis que en ‘el queji’ dejó embarazadas a Vicen y a Lourdes? Hay que ver lo guapo que era el tío, caía bien a las chicas pero solo era un chulo. ¿Recordáis?, moreno aceitunado, de ojos verdes, la camisa desabotonada, el típico conquistador. Usaba la guitarra como gancho para ligar junto con su hermano, cantando el repertorio del momento, Simon y Garfunkel, los Beatles, los Rolling. Vicen abortó sin pensar nunca en tener el hijo, pero Lourdes le pidió que lo reconociera y él se negó,

- le pregunté a Rosa que conocía a la familia y me contó que Matías era un calco del padre, un comisario al que todas las putas de la calle Ballesta conocían. Contaban que cuando llegaba al apeadero del ‘queji’ los fines de semana del verano, en el último tren, sacaba la pistola para evitar que le molestaran. Y Matías salió un putero como su padre. No se le conocía profesión ni cómo sacaba la pasta para alimentar a sus cuatro hijos,

- sacaría dinero como proxeneta, chulo de putas, perdón por la expresión, me ha salido sin querer, resulta gracioso pues hablo todo el día en inglés de manera automática, pero cuando me irrito y suelto algún taco siempre lo hago en castellano,

- menuda papeleta para su mujer, sería una santa,

- hasta que se cansó de aguantar y un día le clavó un cuchillo. Rosa me contó que Matías pasaba largas temporadas fuera de casa, se supone que iba de querida en querida, y regresaba a casa a su antojo, cuando se cansaba o cuando las queridas le ponían de patitas en la calle, al recordarlo se me ponen los pelos de punta. Nunca piensas que eso le pueda pasar a alguien que has conocido,

Cefe terció:

- ¿no tenéis otro tema de conversación más ameno para un moribundo? No sé cómo os habéis codeado con esos tipejos en el ‘queji’, yo sólo conocí a buena gente, nuestros pequeños vicios eran tomar los domingos el aperitivo y recorrer los cinco bares que había y la partidita de mus después de comer mientras sorbíamos un carajillo que pagaba la pareja perdedora. Ahora, eso sí, todos íbamos los sábados por la tarde a la misa de Don Severino y escuchábamos un sermón breve porque el cura salía disparado para decir otra misa en la parroquia de Robledillo

- claro papá, pero tú y tu peña os aislasteis de los jóvenes, era imposible contaros nada de lo que nos pasaba porque no nos entendíais y tu amigo el cura era más chapado a la antigua que el Concilio de Trento,

- siempre recordamos a los mismos desalmados cuando nos juntamos con los amigos, pero mencionamos poco a la buena gente que pasó sus vacaciones en el ‘queji’; eran muchos, a unos les ha ido bien y otros han triunfado en su profesión, arquitectos, profesores, gente que ha sacado adelante sus negocios, deportistas e incluso artistas.

 - me estáis dando una gran alegría, hijas, pues se me está ocurriendo que hay hijos ilustres a los que se les podría dar la medalla al mérito de El Quejigal

- también podría haber hijas ilustres ¿no, Cefe?,

- quizá, aunque no recuerdo ninguna, vosotras lo podíais haber sido y no quisisteis.

 Todas callamos porque ninguna quería volver a entablar la eterna discusión en aquel momento tan delicado que permitió escuchar la flauta de la sinfonía de Beethoven,

- cuántas veces habré escuchado esta sinfonía, recordó nuestro padre sin insistir en el punto de polémica, nunca me canso de escucharla, siempre me parece nueva y a la vez es como si se activara un mecanismo dentro de mi que me facilita reconocerla y disfrutarla. Creo que ya os lo he contado pero es como si fuera paseando por el campo y las cuatro estaciones del año me salieran al encuentro en los pocos minutos que dura la sinfonía. Beethoven sí que fue un genio, acabó sordo pero con una gran vida interior como para componer la novena, esa sinfonía que hasta los jóvenes cantan en versión moderna,

- papá, ¿te gustaría que tocáramos de nuevo nuestros instrumentos? Alguna lo sugirió antes de que llegaras,

- nada me habría hecho más feliz hace unos años, contestó Cefe, pero poco espero ya de la música, y además  resultaría imposible, yo me empeñé, insistí durante años, pero no pudo ser,

Su voz se debilitó y Marina le pidió que descansara aunque de vez en cuando recuperaba su tono de voz,

 - no sé para que quieres que descanse ahora acá, si voy a disponer de todo el tiempo del mundo en el más allá.

Todavía tenía ganas de ironías pero esos comentarios los sentí con tanto dolor como cuando te descosen las grapas de la cicatriz de una operación, y la cara de mis hermanas era tan conmovedora que parecía les hubieran clavado un bisturí.    

- Marina, no quiero que se te olvide el encargo que voy a darte, cuando esto acabe me incineráis y ya sabéis donde tenéis que tirar mis cenizas, junto al quejigo que planté delante del porche, para que siga creciendo, ya que no he sabido ser un buen padre quizá sirva como nutriente de un árbol, y unas pocas pavesas las arrojáis al río.

Mi madre asintió con la cabeza, nos dijo que se iba a quedar allí para acompañar a Cefe por la noche. Le respondimos que nosotras la acompañaríamos pero ella se negó, nos pedía que la dejáramos sola. Sergio se había comprometido a acudir y les haría compañía durante un rato. Nos miramos sin estar convencidas del todo pero Eugenia expresó que Marina tenía derecho a que le respetáramos su deseo de estar a solas con Cefe. Les dijimos adiós, me acerqué hasta mi padre y le besé en la mejilla con mucho cariño, me hubiera gustado abrazarme a él y sentir el calor todavía de su piel pero hubiéramos montado una escena terrible de despedida y hube de conformarme con un ‘hasta la vista, Cefe’.