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Princesas entre cuerdas (Capítulo XX)

Cefe hubiera cumplido setenta y nueve años el dieciséis de agosto, pero decidimos hacer el concierto la víspera, el día de la Virgen, porque él lo hubiera preferido, y ‘el queji’ estaba en plenos festejos de verano.

Nada más aterrizar Eugenia podíamos haber intuido que algo iba a suceder pero nadie interpretó como un mal augurio cuando llegamos a Barajas que hubiera desaparecido la caja de plata que había comprado para colocar las cenizas de nuestro padre.

La bolsa de Eugenia salió rajada de la cinta de equipajes y ninguna prestó atención hasta que llegamos al aparcamiento y cuando la retiró del carro para introducirla en el maletero percibió el agujero de la bolsa; metió la mano y comprobó que la caja no estaba. Se le demudó la cara pero pronto se recuperó y nos dijo resuelta que compraría otra caja en Madrid. Eso sí, regresó a la Terminal para poner la denuncia ante el mostrador de objetos perdidos donde aguardó una larga espera y cuando le llegó el turno planteó una doble reclamación por la bolsa rajada y por el tiempo perdido en la cola para presentar una simple queja.

Águeda estaba todavía en Barcelona porque uno de los chicos había cogido una gastroenteritis. Así que sin tiempo casi para ensayar, estuvimos tentadas de anular el acto y si no lo hicimos fue por Marina. Pero no sólo  era un problema de tiempo, a Águeda y Eugenia les pareció una tarea enorme tocar los instrumentos abandonados hace años y que además sonaran bien, pese a la buena voluntad derrochada.  No había manera de ponerse de acuerdo cuando discrepábamos sobre la pieza y mis hermanas me pidieron que asumiera la coordinación del grupo. Sergio estaba de gira fuera de Madrid y se incorporaría al terminar su concierto. Me resultó difícil imponer mis criterios ante mis hermanas y eché de menos a Cefe, de lo bien que lo hubiera hecho dándonos unos gritos a tiempo.

El primer movimiento salió bordado y nos dio un subidón de optimismo pensando que el resto era pan comido. En el segundo tiempo empezamos a atascarnos, cada una iba por su lado, Violeta debió de creerse que estaba en su grupo de jazz porque no dejaba de dar saltitos acompañando a su instrumento y cuando parábamos ella seguía improvisando sin mirar la partitura.

Tratando de obviar la dificultad nos pusimos con el tercer movimiento, pero aquello sonaba descaradamente mal; empezamos a distribuir primero responsabilidades y luego culpas entre nosotras y tuvimos que hacer un alto para evitar tener que llegar a las manos. No tenía sentido tratar de cumplir el sueño de nuestro padre, cuando nunca habíamos tocado juntas. Sergio aportó sensatez, y sugirió la transformación de aquella tentativa de homenaje en otra cosa distinta. Mis hermanas al principio se cerraron en banda, aunque a medida que corría el tiempo, Eugenia y Violeta hablaron de desertar, y lo que es peor, empezaron a decir que tampoco Cefe se merecía aquel esfuerzo titánico.

Propuse que era suficiente con tocar un tiempo, el primero, que no salía tan mal. Tampoco teníamos que dar un concierto ni estábamos preparadas para ello. Los amigos de Violeta tocarían algo moderno y los asistentes, que no eran melómanos inveterados, quedarían más que satisfechos. Estas reflexiones no parecieron gustar a mis hermanas que insistieron en hacer un esfuerzo para ver si conseguíamos un segundo tiempo pasadero.

La víspera buscamos un garaje y estuvimos ensayando toda la noche. El primer movimiento de “La trucha” sonaba hasta bien y al acabarlo se nos veía contentas, la interpretación de Sergio al piano era magnífica y facilitaba que las demás fuéramos al ritmo que él marcaba. Pero cuando Eugenia sugirió seguir con el segundo para ver si lo lográbamos, la unidad del cuarteto volvió a resquebrajarse y de nuevo tuve que reconducir la pequeña crisis. O nos quedábamos en un buen primer movimiento o nos enfrentaríamos a un fracaso. No había lugar para los caminos intermedios.

Marina mientras tanto se encargó de llamar a la familia y a los amigos de Cefe, y avisó también a las “autoridades” del ‘queji’, al guarda, al alcalde, al cabo de la guardia civil y al cura que había sustituido a Don Severino.

La noche anterior nos reunimos de nuevo en casa de mi madre para ir todas en un solo coche, Sergio llevaría los instrumentos en el monovolumen. Pero Violeta telefoneó a última hora de la noche para avisar que no la esperáramos, iría al ‘queji’ en la furgoneta con el grupo de jazz. No sabíamos a ciencia cierta lo que le pasaba pero debía de haber discutido con Tinín. Estábamos nerviosas como si se tratara de una premier, y en realidad lo era, o mejor aún se trataba de un estreno en miniatura. Pero el nerviosismo también era resultado de la vuelta de todas nosotras juntas a ‘el queji’.

La mañana amaneció revuelta, las nubes todavía blancas en Madrid se arremolinaban y se hacían un amasijo formando ovillos, pero cuando llegamos a ‘el queji’ las nubes habían cambiado de color, ahora eran de un gris parduzco, sucio, ennegrecido. Pese a todo, el sol asomaba de vez en cuando por entre las nubes aunque nada bueno presagiaba y podría jugarnos una mala pasada.  

Recién traspasada la valla de la colonia, alguna señaló:

- Fijaos, chicas, en el monumento de la entrada, no puede ser mas kitsch, resultado de la fiebre de los alcaldes por levantar ‘monumentos’ que les permitan pasar a la posteridad.

Eran cuatro latas colocadas de forma escalonada imitando una fuente, pero sin agua, apoyadas sobre sacos terreros y con unos focos sin bombillas dirigidas hacia el nombre esculpido en una piedra ‘El Quejigal’. Un poco después empezaban las casas, la novedad no era que algunas estaban encaladas, sino que había otras pintadas de colores atrevidos, y unas pocas donde la osadía consistía en unos colores chillones y horteras que hacían daño a la vista. La decoración de las puertas de entrada y de los muros también quería ser ostentosa, no faltaban los blasones heráldicos de los apellidos, así como leones, perros, y osos, dando un toque cursi a las casas. Y de entre todas sobresalía la de Pablete con su escudo gigante del Real Madrid, visible desde varias leguas a la redonda, en lo alto de la fachada sin enfoscar. Y en honor a la verdad también había multitud de flores hermosas que adornaban y mejoraban la vista de la colonia.

Pasamos por delante de nuestra casa y entramos un momento para ver cómo estaba. Las malas hierbas habían crecido y tapaban la vista del romero, de los lilos y de las fresas que Cefe había cultivado con esmero. En el tejado podían verse algunas tejas rotas. Dentro, la sala estaba llena de muebles viejos y desvencijados, los techos rezumaban humedades que habían ennegrecido la pintura, y algunas de las baldosas se habían levantado. Era tal el estado de la casa que decidimos abandonarla echando los cerrojos de la puerta. Yo rompí a llorar mientras que Eugenia hacía esfuerzos para contener las lágrimas. Daba pena pensar que aquellos restos eran todo lo que quedaba de tantos buenos veranos pasados allí.

Llegamos al antiguo bar de Hugolino. Ya no era la cantina cutre que tanto nos gustaba de pequeñas, tenía aire de café de pueblo arreglado, aunque no faltaban las antiguas sillas de formica. Sin embargo persistía un tufillo del pasado, olía a una mezcolanza de panceta, morcilla, y entresijos que revolvían el estómago, y la cara de Eugenia mostraba bien a las claras que aquel olor la ponía a punto de vomitar. Clavado sobre la pared del bar había un pasquín de colores chillones, el cartel de las fiestas del verano que Cefe había organizado durante tantos años, con la diferencia de que los organizadores ahora tenían dinero y editaban la tirada en policromía. Las fiestas se habían sofisticado con concursos de disfraces, torneos deportivos, orquesta con animadoras y un sinfín de actividades que casi se salían del cartel.

Por fin llegó la furgoneta de Violeta y sus amigos, no le hicimos preguntas pero tenía unas ojeras de oreja a oreja que no presagiaban nada bueno. No nos habíamos puesto de acuerdo sobre cómo íbamos a ir vestidas, pero las cuatro íbamos de negro como si lleváramos luto por nuestro padre. Águeda llevaba una blusa negra de encaje con pantalón a juego que resaltaba su atractivo, yo saqué el vestido largo que me ponía cuando tocaba en la orquesta municipal, mientras que Eugenia vestía un traje negro de pantalón y una blusa blanca y Violeta llevaba camiseta negra y vaquero también de color negro.

Afinamos los instrumentos y pedimos a la gente que hiciera silencio. El cielo renegreaba por momentos haciendo peligrar el acontecimiento. Los truenos que cuando llegamos sonaban por detrás de La Atalaya, ahora lo hacían cada vez más cerca. Mis hermanas y mi madre me comisionaron para que fuera yo quien hablara al principio y no me quedó otro remedio que soltar el discursito de rigor para agradecer la asistencia, pedir benevolencia con el concierto que íbamos a ofrecer y por último pronunciar unas frases de referencia a Cefe.

Se me había secado la boca, el corazón me latía con fuerza, respiré hondo durante unos segundos, miré a Sergio para ver si estaba preparado y di la señal con el arco para comenzar. Me figuré un Cefe bondadoso, solícito y cariñoso, rodeado de sus cuatro hijas reclinadas sobre él, la imagen era bastante remilgada pero no me importaba, porque me hubiera gustado que fuera una realidad esa foto idílica que nunca llegamos a hacernos. Miré a mi madre de soslayo y la vi esbozar una sonrisa sentada a una mesa en primera fila. Cuando terminamos el primer movimiento la gente se puso a aplaudir al tiempo que los truenos se hicieron presentes como si Júpiter rompiera el velo del cielo y las nubes comenzaron a descargar un tremendo chaparrón.

Nos metimos dentro del bar y resguardamos los instrumentos mientras la gente pedía algunas bebidas esperando a que pasara la tormenta, pero el cielo parecía enfadado, como si estuviera enojado con nosotras. En pocos minutos las torrenteras bajaban anegadas y los alcorques ya colmados empezaron a rebosar. Media hora después no se veía el final de la tormenta, no cesaba de llover, ya no era lluvia torrencial, pero calaba, la terraza estaba encharcada, las mesas y las sillas empapadas y la temperatura había descendido repentinamente unos cuantos grados por lo que decidimos suspender el concierto. Nos acercamos por los diferentes corros de conocidos y amigos dándoles las gracias por habernos acompañado y sobre todo agradecimos al grupo de Violeta que se hubieran brindado a tocar aunque no hubieran tenido la oportunidad de hacerlo. Se nos cambió la cara a las cuatro, era una sensación un poco amarga, una mezcla de derrota y de tristeza, como si el homenaje fuera inmerecido y Cefe no tuviera derecho a descansar en paz.

Quedaba una tarea por realizar, esparcir las cenizas de nuestro padre por entre su huerta y el río. Eugenia sacó la urna de la nueva caja de plata comprada a última hora en una joyería de la calle Preciados, que tenía guardada en el maletero. Violeta decidió que lo mejor era bajar caminando hasta el puente del sauce y desde allí tirar parte de los restos de Cefe. La idea era buena pero el camino se había puesto resbaladizo, a punto de convertirse en un lodazal y bajamos a trompicones, mojándonos porque los paraguas no nos protegían lo suficiente. Al llegar al puente Eugenia trató de abrir la urna que al parecer se resistía, se le resbaló y estuvo en un tris de caérsele al suelo. Hicimos un movimiento de ir todas a agarrar la urna pero no hizo falta. La lluvia nos había empapado, estábamos caladas y la ropa se nos pegaba al cuerpo. Junto al río corría una brisa fuerte y cuando Eugenia comenzó a lanzar las cenizas, éstas se volvieron contra nosotras  y nos pusimos perdidas de polvo negro mojado como si Cefe quisiera quedarse adherido a nosotras. Marina nos pidió que rezáramos algo, cada una lo que quisiera, pero nosotras estábamos irritadas del fiasco, de cómo había terminado aquel pequeño homenaje a nuestro padre.

El regreso a Madrid fue tan rápido como pudimos. El coche estaba lleno de la humedad que rezumábamos, la tapicería se había mojado, los paraguas no cabían y nos sentimos incómodas y enojadas, llenas de indignación y ni nos acordamos de volver la vista atrás para despedirnos de ‘el queji’.