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Princesas entre cuerdas (Capítulo XXI)

 

Llegué a la radio temprano y alterada, tenía que dejar grabado el programa de la tarde y me encontraba fuera de lugar. No sabía si quería volver a escuchar música clásica o debía pasar página y olvidarme para siempre de ella. El técnico de sonido me sacó de mis preocupaciones con un recordatorio escueto pero intimidatorio de que estábamos en el aire en cinco minutos. Eché en falta la grabadora.  Recordé que no la había recogido del hospital, la última imagen que tuve de ella era que yo la metía en el cajón de la mesilla de Cefe. No me preocupaba tanto por tener que comprar otra como por descubrir si mi padre finalmente había grabado algo sin que nos hubiéramos percatado.

Terminé el programa y dejé los bártulos desparramados por encima de la mesa. En la calle había un atasco gigantesco y me dediqué, como siempre en esos casos, a morderme las uñas de manera compulsiva. Sergio era diferente, en los atascos andaba cambiándose de carril cada dos por tres intentando adelantar diez metros en cada maniobra, aunque al final la ventaja era ridícula; yo, por el contrario, me quedaba quieta, con la espalda pegada al respaldo y mirando por el retrovisor a los pasajeros de los coches que venían por detrás.

Por fortuna encontré una plaza de aparcamiento en el parking del hospital y subí corriendo hacia el hall de entrada, pero me comí la prisa delante de los ascensores, y recordé que cuando Cefe estuvo ingresado teníamos que esperar una eternidad para subir a la séptima planta. Me desesperaba, era imposible que en el hospital cupiera tanta gente, salvo que los ascensores fueran antediluvianos. Cuando por fin pude montarme, confirmé ésta última consideración. Ya en la planta me precipité en dirección a la sala de enfermeras y les conté lo que buscaba; la que me atendió no se mostró atenta ni complaciente y me respondió con un ‘vaya usted a saber dónde estará’ categórico dando a entender que la grabadora podía estar en cualquier parte del hospital incluso en el vertedero, menos en la habitación.

Pese a la negativa puse proa hacia la que había sido la última habitación de mi padre. Al entrar vi de refilón un cuerpo parecido al suyo, me detuve en seco, y la angustia corrió desde el estómago hasta el corazón. Me contuve, las cenizas de Cefe habían quedado esparcidas por El Quejigal.  En efecto cuando me acerqué el señor que estaba en la cama no se parecía ni por asomo a mi padre.  Estaba quejumbroso, le pregunté si le dolía algo y contestó que le dolía el alma. No supe qué responder y le pedí permiso para abrir el cajón de la mesilla. La grabadora estaba debajo del suplemento dominical de un periódico. Le deseé lo mejor al señor doliente y partí con la misma urgencia con la que había llegado.   

Lo primero que hice una vez fuera del hospital fue pulsar el botón ‘play’, pero no se escuchaba nada salvo algunos ruidos durante unos segundos para después enmudecer. Cefe no había grabado nada, y me decepcionó, aunque no sé lo que esperaba, después de las conversaciones mantenidas con él, con mis hermanas y mi madre habíamos ventilado casi todo lo que se nos había quedado en el tintero durante tantos años.

Al llegar a casa Sergio estaba ensayando al piano y en cuanto me vio aparecer por el salón dejó de tocar y me llamó,

- Cecilia, quisiera hablar contigo, la muerte de tu padre me ha removido muchas cosas, unas afectan a mi vida profesional y otras tienen que ver con nosotros como pareja,

- si te soy sincera a mí me ha sucedido algo parecido.

No sabía si en realidad yo también quería hablar o era mejor dejar las cosas tal y como estaban y seguro que con el transcurso del tiempo esas cosas hablarían por sí mismas. Tuve que escuchar la versión de Sergio, pero coincidía en líneas generales con la mía. Había sin embargo una diferencia importante, yo antes vivía enamorada, siempre pensaba en él y me gustaba estar con él y hacer planes de vida en común, pero eso pertenecía al pasado y además me preocupaba porque para mí era importante sentirme enamorada para mantener una relación. Al llegar a ese punto agachó la cabeza y puso una mueca de tristeza, le había tocado una fibra sensible.

Él había renunciado a otras posibilidades profesionales que implicaban viajar con frecuencia por estar cerca de mí y de los niños, yo hice gala de haber renunciado a la orquesta municipal para que él se dedicara con exclusividad al piano, pero esa senda no llevaba a otro lugar que al reconocimiento de los méritos de cada uno, que los teníamos, pero no conducía a volver a enamorarnos otra vez suponiendo que eso fuera posible.

Avanzada la conversación, Sergio planteó si yo quería la separación o prefería darnos algún tiempo en solitario para pensar. Temía pero no esperaba esa propuesta porque si Cefe siguiera vivo no se me pasaría por la cabeza planteármela, pero ahora era como si se abriera un abismo a mis pies y comenzara a caer la tierra debajo de la suela de mis zapatos. Callé durante un rato largo y sólo se me ocurrió pedir tiempo. No tenía fuerzas para tolerar grandes movimientos en mi vida y lo ocurrido durante las semanas anteriores había sido un seísmo. Sergio lo entendió y me dijo que me tomara el tiempo que necesitara y para agradecerle su generosidad habitual le conté la anécdota de la grabadora pero el final de la historia no le cuadraba,

- has mirado bien, la última noche me pareció entenderle que había decidido grabar algo para vosotras, aunque había tenido problemas con el aparato,

Le pasé la grabadora, la estuvo manipulando un rato hasta que de repente se le iluminó la cara,

- ya lo tengo, hay algo grabado pero está en la pista 4, las otras están vacías, debió de andar toqueteando los botones hasta que consiguió grabar, no debe de ser largo porque sólo se han registrado dos minutos.

Le arrebaté la grabadora y aunque comenzaba con la frase

 - quién carajo me mandará hacer caso a mi hija si yo no sé usar estos chismes,

se me saltaron las lágrimas y se me debieron de taponar los oídos porque no entendía lo que decía, paré y rebobiné la grabación para escucharla de nuevo, me salté la primera frase,

- me diréis que lo he hecho mal como padre y como marido, pero lo he hecho como me enseñaron mis padres que vivían en un pueblo, en el campo, sin aviones, ni televisión, ni coches, ni lavadoras; en un mundo con grandes guerras y una espeluznante, la guerra civil.

Me agarré a la religión para tratar de entender lo que pasaba, pero nada de lo que sucedía tenía que ver con el evangelio, y un día le pregunté al cura, Don Heliodoro, que dónde estaba ese amor que predicaba y me respondió que no me preocupara que la solución la encontraría en el otro mundo.

Esa respuesta la conocía desde hacía mucho pero no me gustaba y busqué en la música. La música me pareció divina cuando la experimenté, pero tampoco la música daba respuestas al dolor humano, a la muerte, a la otra vida, a las guerras, al hambre, y también me decepcionó. Ahora me doy cuenta de que la música es una especie de partera que puede ayudarnos a encontrar la belleza en vida.

Y aquí me tenéis a las puertas del otro mundo sin saber si va a haber alguien al otro lado o si cuando abra la puerta me colaré por un agujero que lleva a ningún lado. Solo me queda confiar en que guardéis un mejor recuerdo y por eso os grabo estas palabras aunque dudo mucho de que podáis escucharlas porque estos endiablados aparatos modernos no hay quien los maneje.

Os quiero aunque a veces lo dudéis. Cefe.

Sergio fue a buscar la caja de los pañuelos porque yo no paraba de llorar.