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Viaje a China


Hace más de dos décadas que estuve por primera vez en China, y mi impresión fue que se trataba de un país tremendamente subdesarrollado aunque no había miseria como en la India, sino una pobreza extrema. Las casas en la ciudad eran pequeñas, tenían los suelos de cemento y el mobiliario era escaso.

Las calles de Pekin estaban llenas de bicicletas y de vez en cuando aparecía algún que otro coche entre la nube de ciclistas que esperaban delante de cada semáforo, aguardando la luz verde.

Los domingos la famosa plaza de Tien an men se llenaba de familias que iban a pasar la tarde y merendaban sentadas en el suelo.

Por la noche debajo de cada farola podía verse un grupito de personas jugando animadamente a las cartas.

Los restaurantes o bien eran para extranjeros o tenían comedores reservados para los turistas y los chinos tampoco podían acudir a las tiendas exclusivas porque su moneda, aunque también se llamaba yuan, se emitía en unos billetes diferentes de los emitidos para los extranjeros que acudían en pequeño número para observar el experimento de Mao en el país más grande de la tierra.

El verano pasado cuando aterricé en Shanghai no reconocía absolutamente nada de lo que allí veía, salvando escasos monumentos como la ciudad perdida o el templo del cielo en Pekin, la gran muralla y la pagoda de Hang zhou, porque tanto el régimen como el posmaoismo se habían encargado de destruir multitud de monumentos del pasado que mostraban las raíces religiosas y filosóficas del milenario imperio chino. Incluso el partido comunista se había travestido en una dictadura de un capitalismo rampante y depredador del medio ambiente del país.

Miles de toneladas de hormigón inundaban las ciudades, pavimentando las calles y erigiendo grandes edificios de oficinas y viviendas, y uniendo las megalópolis con autopistas atravesando campos, montes y ríos. El urbanismo florecía por doquier en las ciudades, y los nuevos bloques de viviendas solían superar los veinte pisos.

El país subdesarrollado había pasado de la noche a la mañana a ser hiper-desarrollado y el skyline de Shanghai dejaba al de Nueva York reducido a un pequeño parque temático ejemplo de las ciudades occidentales del siglo pasado.

El esfuerzo había sido impresionante, el nivel de vida de la gente mejoraba progresivamente y de hecho el 90% del turismo era nacional y los extranjeros nos perdíamos por entre un mar de ciudadanos chinos que empezaban a moverse por el país para apreciar las riquezas de la naturaleza y monumentales reconstruidas con gran esfuerzo y fidelidad al pasado.

Solo por recordar algunos de los monumentos más significativos. Fuera de los que ya he mencionado, merece la pena señalar las cuevas budistas de Yungang con esculturas policromadas que se remontan al siglo V, el monasterio de Punin, el templo colgante Xuancong- si, el buda gigante de Le Shan o el paisaje cárstico del río Li. Todos esto monumentos cuentan son de fácil acceso y están arreglados para que las personas mayores no tengan dificultades.

Queda mucho por hacer y sobre todo un crecimiento ordenado, respetuoso con el medio ambiente, pues la contaminación está siendo peligrosa para la salud de los ciudadanos, los coches invaden las grandes urbes convirtiendo los desplazamientos en una odisea.    

Resultante interesante viajar para conocer la que pronto será la primera economía mundial cuando se está produciendo un claro viraje de la influencia global hacia el este asiático.